El martes por la noche, en medio de nuestra
rutina; una en la que realmente mi única participación es el constante “¡ya es hora!”, “¡los dientes!”, “¡a ponerse la pijama!”, algo en el aire se sentía
diferente. Ésa electricidad que nos envuelve a los tres, en vísperas del
cumpleaños de Nico. Cada año pasa y se va, y cada año la incredulidad de Luis y
mía crece. Es difícil procesar que el 2007 pasó hace ya 7 calendarios.
Me pregunto si seguiré teniendo esta misma
sensación cuando él cumpla mi edad. ¿32? Tal vez para entonces habré entendido
que el tiempo no tiene modales.
Me surge la necesidad inevitable de fotografiar
y memorizar su carita en las últimas horas antes de cumplir un año más. Así se
veía Nico en su última noche con 6 años. Evidentemente, la mañana siguiente su
sonrisa seguía siendo la misma.
| 32 y 6 |
Traté de conseguirle un pastel justo esa noche,
la anterior, fracasando totalmente. Y entonces, hice lo que cualquier madre
haría por su hijo… sacrificarse. Así que caída la noche, y ya segura de que él
dormía profundamente, puse manos a la obra para prepararle un pay de queso. De
esos que son parte de la tradición que Bibi nos ha heredado y que es uno de sus
postres favoritos.
Esa noche me preguntó si en la mañana, lo
despertaríamos cantando y con su desayuno en la cama. Sonreí sabiendo que esta
rutina anual ha cobrado vida en él, y ahora, es parte de una tradición que lo
emociona. Por supuesto- le contesté.
Y así pasó.
Sopló su velita, comió su lunch y se apuró a
ponerse el uniforme para tener tiempo de jugar con su zombie antes de irse a la
escuela.
Pasé toda la mañana pensando en él, un poquito
más que de costumbre, preguntándome si la estaría pasando bien. Si sus amigos
lo habrán hecho sentir especial. Si habría cambiado su vale de cumpleaños escolar
en la cafetería.
Lo vi salir disparado a la salida, con esa
sonrisa que alegra hasta mis días más oscuros. Feliz y orgulloso, con su corona
de papel bien puesta, firmada por todos sus compañeros.
En casa, Elsa lo esperaba con el platillo de su
elección: milanesas con puré de papa. Y tutia Flor, lo esperaba con una
serenata en violín y un desplegado de cartas y regalos que llegaron desde Mazatlán
y Seattle, sólo para él.
Terminamos de comer, interrumpiendo nuestros
bocados con sus historias del día. De cómo durante la ceremonia de la mañana,
tuvo pena cuando nombraron su cumpleaños y tooooda la escuela empezó a cantarle
Las Mañanitas. Y los dos hot-dogs que se compró, y las galletas. Nos compartió
emocionado que no tenía tarea de las materias en inglés, pues ese era su regalo
de cumpleaños de parte de su Miss. No corrió con tanta suerte con las clases en
español.
Llegó la
hora de partir el pay desvelado de la noche anterior. Y ahí estábamos, tres de
las cuatro mujeres más importantes de su vida para verlo apagar su velita una
vez más. Para sonreír entre nosotras mientras él cerraba sus ojitos concentrado
pidiendo su deseo.
| 32 y 7 |
Así lo
enseñé a celebrar. Con la boca abierta y los ojos titilando. Ha aprendido bien.
Ahora más bien, yo tomo su ejemplo de entusiasmo todos los días.
Llegamos a
casa después de varias negociaciones de salirse de la alberca. Todavía
recibiendo llamadas de la familia y contándoles las aventuras del día. Se fue a
dormir rendido y feliz. Sabiéndose especial y dando inicio a sus 7 añitos con
la misma energía que nos transmitió aquel 10 de Septiembre de 2007 pasadas las
2 de la tarde; cuando lo conocimos por primera vez y no teníamos ni idea de que lo
mejor de nuestras vidas había llegado en un paquete de 4 kilos y cejitas
prominentes.