Nuestro avión tocó tierra. Nuestro reloj biológico estaba
perdido entre el día y la noche, pero el reloj de Paris marcaba alrededor de
las 9 de la mañana. Recogimos nuestro equipaje y después de averiguar nuestra
ruta hacia el hotel, nos subimos al tren.
La sonrisa curiosa de Nico ya se dejaba asomar. Pegado a su
ventana, viendo pasar casas y edificios con una arquitectura diferente. Un
cielo que podrá ser el mismo en todos lados pero que para nosotros, marcaba un
azul diferente al de casa. El cielo de Paris, el clima de Paris, el olor de
Paris.
Finalmente llegamos al hotel después de tomar una o dos
rutas más de metro de las necesarias y desempolvando el francés, recibimos
instrucciones y las llaves a nuestra habitación. Descansamos por unos minutos y
después, empezamos a caminar rumbo a la torre Eiffel.
Desde lejos la veíamos, Nico brincaba en uno y dos pies
hacia ella. Señalando un puente, un diminuto carrito europeo o cualquier cosa
que veía a su paso. Las calles ya nos recordaban a Luis y a mí lo que hace
algunos años eran cosa de todos los días. El estilo propio europeo en cada
rincón y en cada esquina, y Paris nos recibía con un cielo nublado y olor a
tierra mojada. Ése que por acá extrañamos tanto y celebramos cada que tenemos.
Finalmente llegamos, Nico se topó con la torre Eiffel de
frente y a todo color y la primera foto histórica de nuestro viaje se hacía
posible.
Nota: Este es el segundo de una serie de posts que cubrirá
los relatos de nuestras vacaciones en Europa. Mezcla imágenes de Nikon D3000,
GoPro camera y iPhone. Estos posts estarán mezclados con los de nuestra rutina
normal, ya de regreso en casa.