Son siempre los sábados. Bendito Dios, porque si no, sería
un poco complicado poder estar ahí. Son siempre los sábados. ¡¿Por qué Dios?! Después
de una semana larga y estresante.
Esto de tener un atleta en nuestra pequeña familia es algo todavía
nuevo y que estamos aprendiendo a manejar. Yo lo único que sé, es que hay que
estar ahí siempre gritándoles cosas motivacionales. Y que hay que ayudarles a
levantarse de sus fracasos. Y repetirles una y otra que no se rindan cuando se
quieren rendir. Y darles un buen masaje cuando se lastiman y cuando están
muertos después de un largo entrenamiento o una competencia.
También he aprendido que implica levantarse muy temprano
algunos sábados. Aquellos en los que hay que competir, y hay que llegar a
tiempo a encontrar estacionamiento y asientos, para aguantar las 3 horas que
dura el evento. Ah sí, y también porque el competidor tiene que ubicarse y hacer
calentamiento.
Este sábado fue uno de esos
sábados, en los que una mezcla de cansancio, nervios y expectativa despiertan
al sonar la alarma. Nos levantamos torpes y lagañosos a darnos un baño,
preparar agua, ropa y lunch. Una rutina que con los años, se vuelve cada vez
más familiar. Veo a Nico buscar su licra y ponérsela, sus ojitos con ese brillo
especial que esconde miedo, emoción, deseos e incertidumbre.
Llegamos al club, ya con más seguridad que al principio de
nuestros tiempos y nos sentamos a esperar que el murmullo vaya creciendo. Llega
Raúl y es hora de despedirse. Siempre con un “mucha suerte, diviértete, te amo”. Y a esperar su categoría.
Mientras tanto, a veces se arma la chorcha y a veces somos sólo
Luis y yo. Sudando la gota gorda y preparando la cámara para estar listos
cuando el micrófono nombre un “Nicolás Galindo” que siempre acelera mi corazón
y encoje mi estómago.
Las categorías a veces son más difíciles y a veces más
fáciles. Hay categorías donde la competencia es muy fuerte, mientras en otras es
menos. Siempre es una moneda al aire, cuando los veo formados en su carril.
Esta ocasión, Nico logró lo que quería. Oro en nado libre (crol) y oro en
dorso.
Nadó increíble. Y rápido. Y con ritmo de pez en el agua. 150
pequeñas almas en una mini-olimpiada que da éxitos a unos y áreas de oportunidad
a otros. Esta vez, a nosotros nos dio éxitos y eso se siente bien. Pero me
gusta recordarle a Nico que como todo en la vida, las competencias tienen su
ciclo; que hay que disfrutar el pódium y estar conscientes que hay que seguir
entrenando y que a veces, no habrá medalla que saborear.
Su sonrisa de orgullo lo reemplaza todo. La flojera de la
mañana, el sudor de los entrenamientos, los sacrificios para estar ahí. En esos
52 segundos, se resume el esfuerzo de muchas semanas. Pienso en todos esos
deportistas de juegos olímpicos, panamericanos, y aunque sé que las humildes
competencias de mi hijo son incomparables; puedo entender de manera lejana
cuantos sentimientos pasan por sus sistemas en esos momentos.
El sábado nos llevamos otras dos medallas a casa; celebramos
con tacos de pescado al terminar la competencia y caímos rendidos al final del
día. Sabiendo que esta semana, la gloria del fin de semana se queda ahí y que
hay que volver al principio. Entrenar, bracear, patalear y seguir trabajando;
en la alberca y en la vida misma.