jueves, 29 de mayo de 2014

Un día (afortunado) de competencia



Son siempre los sábados. Bendito Dios, porque si no, sería un poco complicado poder estar ahí. Son siempre los sábados. ¡¿Por qué Dios?! Después de una semana larga y estresante.



Esto de tener un atleta en nuestra pequeña familia es algo todavía nuevo y que estamos aprendiendo a manejar. Yo lo único que sé, es que hay que estar ahí siempre gritándoles cosas motivacionales. Y que hay que ayudarles a levantarse de sus fracasos. Y repetirles una y otra que no se rindan cuando se quieren rendir. Y darles un buen masaje cuando se lastiman y cuando están muertos después de un largo entrenamiento o una competencia. 





También he aprendido que implica levantarse muy temprano algunos sábados. Aquellos en los que hay que competir, y hay que llegar a tiempo a encontrar estacionamiento y asientos, para aguantar las 3 horas que dura el evento. Ah sí, y también porque el competidor tiene que ubicarse y hacer calentamiento. 









Este sábado fue uno de esos sábados, en los que una mezcla de cansancio, nervios y expectativa despiertan al sonar la alarma. Nos levantamos torpes y lagañosos a darnos un baño, preparar agua, ropa y lunch. Una rutina que con los años, se vuelve cada vez más familiar. Veo a Nico buscar su licra y ponérsela, sus ojitos con ese brillo especial que esconde miedo, emoción, deseos e incertidumbre. 

Le tomé esta foto justo al salir del agua después de su hit de crol. Sonreía y buscaba mi mirada hasta que nos encontramos. Me encantan los momentos en los que podemos decirnos todo con la mirada. La telepatía existe.




Llegamos al club, ya con más seguridad que al principio de nuestros tiempos y nos sentamos a esperar que el murmullo vaya creciendo. Llega Raúl y es hora de despedirse. Siempre con un “mucha suerte, diviértete, te amo”. Y a esperar su categoría. 






Mientras tanto, a veces se arma la chorcha y a veces somos sólo Luis y yo. Sudando la gota gorda y preparando la cámara para estar listos cuando el micrófono nombre un “Nicolás Galindo” que siempre acelera mi corazón y encoje mi estómago. 





Las categorías a veces son más difíciles y a veces más fáciles. Hay categorías donde la competencia es muy fuerte, mientras en otras es menos. Siempre es una moneda al aire, cuando los veo formados en su carril. Esta ocasión, Nico logró lo que quería. Oro en nado libre (crol) y oro en dorso. 












Nadó increíble. Y rápido. Y con ritmo de pez en el agua. 150 pequeñas almas en una mini-olimpiada que da éxitos a unos y áreas de oportunidad a otros. Esta vez, a nosotros nos dio éxitos y eso se siente bien. Pero me gusta recordarle a Nico que como todo en la vida, las competencias tienen su ciclo; que hay que disfrutar el pódium y estar conscientes que hay que seguir entrenando y que a veces, no habrá medalla que saborear. 






Su sonrisa de orgullo lo reemplaza todo. La flojera de la mañana, el sudor de los entrenamientos, los sacrificios para estar ahí. En esos 52 segundos, se resume el esfuerzo de muchas semanas. Pienso en todos esos deportistas de juegos olímpicos, panamericanos, y aunque sé que las humildes competencias de mi hijo son incomparables; puedo entender de manera lejana cuantos sentimientos pasan por sus sistemas en esos momentos. 





El sábado nos llevamos otras dos medallas a casa; celebramos con tacos de pescado al terminar la competencia y caímos rendidos al final del día. Sabiendo que esta semana, la gloria del fin de semana se queda ahí y que hay que volver al principio. Entrenar, bracear, patalear y seguir trabajando; en la alberca y en la vida misma. 



miércoles, 28 de mayo de 2014

Día de entrenamiento



Nico empieza a entrenar por ahí de Abril de cada año, cuando el clima lo permite y mi cerebro no soporta un “¿ya voy a nadar otra vez? ¿ya es verano?” más. Que Nico retome los entrenamientos significan dos cosas: que voy a sudar mucho y que el verano está cerca. 



Esta rutina que nos dura unos 8 meses del año, me acomoda un poco en mi centro. Me obliga a estar presente sólo ahí y dejar por un rato cualquier otro asunto pendiente por dos razones: la primera, es porque me niego a no vigilar a mi hijo en una alberca aunque nade un millón de veces mejor que yo y la segunda, y más importante, es porque quiero ser parte de esto que tanto ama. 



Sus entrenamientos son generalmente privados y llenos de risas, excepto cuando una competencia está cerca y entonces, el entrenamiento se vuelve más serio, más largo y en equipo. La semana pasada, entrenó para su competencia del sábado casi todos los días. El viernes, el reloj marcaba las 8 de la noche y él seguía ahí; brazada tras brazada, patada tras patada. 





A veces lo veo y quiero salir corriendo. Cuando empiezo a ver su carita ya exhausta, quiero arrebatárselo a Raúl. Pero me aguanto. Y entiendo que tal vez, de todas las buenas razones que existen de que sea nadador, esta sea la que más lo enriquece. No es fácil tener disciplina. Y lo veo renunciar a tardes en el parque jugando con los amigos, a fiestas de cumpleaños o incluso a veces, al simple placer de pasarse una tarde en casa sin hacer gran cosa, por cumplir con sus entrenamientos y estar en la mejor forma posible para competir; y es cuando entiendo que es una enseñanza que le quedará para toda la vida. Trabajar duro tiene sus recompensas. 





Va y viene en esa alberca, 25 metros al norte, 25 metros al sur, una y otra vez. Pataleando más duro, dominando su respiración, alcanzando tiempos. Llegan las vísperas de las competencias y me entran los nervios. ¿Si gana o pierde? Da igual, para mi él es un campeón. Pero soy testigo de todo lo que trabaja durante tantas semanas y estoy consciente de que todo es una moneda al aire al momento de competir. Un millón de circunstancias definen quien gana o pierde. Y perder decepciona. Hay demasiado equipaje atrás de esos 25 metros que recorren en unos cuantos segundos. 





Lo veo nadar y me pierdo maravillada en sus movimientos. A veces, lo veo gigante, y otras tantas, cuando veo asomar sus deditos entre brazada y brazada lo veo pequeñito. 



Los días de entrenamiento son siempre especiales. Son siempre cansados. Nutren su alma, su carácter y su determinación. Despiertan su hambre y cansan sus músculos. Llega rendido, suplicando un masaje que recibe con todo el amor del mundo de manos de su papá o mías. Pienso y recuerdo acariciar mi vientre cuando todavía él era parte de mi cuerpo y me parece increíble verlo así. Un niño de 6 años, fuerte como roble y labrando su pasión. Lo imagino dentro de mí, en su primera piscina, tal vez ya seguro desde entonces que esto era lo suyo y entonces, inevitablemente la piel se me eriza.  Tanto como cuando suena el silbato en una competencia. 



lunes, 26 de mayo de 2014

Agua pasa por mi casa



Tuvimos un fin de semana lleno de agua. 



Ya empezamos a palomear el bucket list de este verano. 



Hay fotos que compartir y relatos por contar… pero no hoy. Hoy es lunes y hay que trabajarle duro.