Hace un par de domingos abrí la puerta de la casa y me
recibió un silencio que pocas veces, o tal vez nunca, había experimentado
antes. Un silencio lleno de paz y de oportunidad. De cierta libertad, cierta
incertidumbre, cierto nerviosismo.
Esa mañana, llevé a Luis y a Nico al aeropuerto. Besé su
pequeña frente y me despedí de él por una semana. El momento había llegado. Lo
que ya habíamos platicado antes, sobre la posibilidad de mandar a Nico a pasar
sus vacaciones a Mazatlán, se concretó.
Desde un par de días antes preparamos su maleta. Entre los
dos. Él escogiendo que quería llevar, yo asegurándome que tuviera sentido.
Guardábamos la ropa en su maleta y observaba su sonrisa de emoción y pensaba
que tal vez esto era un regalo aún más espectacular de lo que yo misma
imaginaba. La posibilidad de a sus 6 añitos vivir la experiencia de ser
relativamente independiente.
Y es que, eso quiero para él. Que conozca el mundo conmigo y
sin mí. Darle la oportunidad de conocer la versión de otras personas sobre un
lugar, sobre mi Mazatlán, sobre todo. Así que el domingo de Pascua, me mordí
los labios, apreté la sonrisa y dejé volar a mi pajarito, en un entrenamiento
que fue para ambos.
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Por supuesto, sus vacaciones fueron perfectas. Su sugerencia
de que podía llamarle “solamente una vez al día”, fue indicativo suficiente
para saber que las cosas marchaban sobre ruedas. Y cómo no, cuándo Bibi está
involucrada, aceptémoslo, la vida es mucho mejor.
Todos los días recibía fotos sobre sus aventuras, hablábamos
(más de una vez, su sugerencia fue desechada) y me contaba lo que había hecho,
lo rico que había comido, lo padrísimo que la había pasado.
Yo por mi parte, aproveché mi semana como pude. Recordé lo
que era llegar a casa sin que nadie esperara por mí en la puerta, con una
sonrisa que abarca todo el marco y que hace que los días de trabajo extenuantes
valgan la pena. Pero también disfruté la libertad que implicó tenerlo lejos.
Luis y yo salimos a cenar en un día random entre semana como en los viejos tiempos.
Celebramos 14 años juntos sin el remordimiento de dejarlo fuera de los planes un sábado por la tarde. Los juguetes y las chanclas ocuparon sus lugares ideales durante 8 días, que
parecieron los más largos del mundo y que a la vez, se esfumaron como humo.
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Aunque el verano pasado Nico estuvo con Bibi en Mazatlán durante
tres días sin nosotros; fue definitivamente esta semana de Pascua la que marcó
el principio de lo que con suerte será parte de su vida de hoy en adelante.
Confío en Mazatlán, y en su capacidad de crear recuerdos maravillosos para mi
hijo. Agradezco la fortuna de tener a mi mamá allá, lista, entusiasmada y
preparada para recibirlo. “Mando mi vida,
por favor cuídenmelo mucho…” – le dije a mi mamá por teléfono mientras
manejaba de regreso del aeropuerto. Diciéndolo porque tenía que sacarlo de mi
sistema, pero por supuesto, confiando con ojos cerrados en sus brazos.
Apuesto en estas aventuras como parte de su formación indispensable.
Como ingrediente fundamental en la receta mágica de convertirlo en lo que deseo
que sea; un hijo del mundo, que sepa valorar la protección y comodidad de su
casa pero que entienda que el mundo es mucho más grande, diverso e increíble
que éste pequeño pueblito paradisíaco en la punta de una península. Que aprenda
a manifestar, a pedir, a recibir, a agradecer, a probar, a valerse por sí
mismo. A confiar en otros que no seamos sus padres, a aprovechar la oportunidad
de ver la vida a través de las experiencias de personas diferentes a él.
Su vuelo es inevitable e inminente. Y mientras mi celo
egoísta de madre me dice que lo retenga conmigo el mayor tiempo posible, mi
amor por él gana y me convence de que estos ejercicios son absolutamente
maravillosos. Un día el vuelo no será experimental. Un día mi pajarito abrirá
sus alas por completo y se irá volando a vivir su vida. Y para entonces, quiero
que esté preparado. Que la vida no lo agarre desprevenido y sin las
herramientas necesarias. Ese es mi trabajo. Es mi más noble misión. Y el día
que suceda, espero estar ahí, feliz de verlo despegar; confiando en quién es y
en que sabe cómo hay que moverse. Seguimos entrenando, orando y aprendiendo a
soltar.
| ¡Regresó! (iPhone pic) |
El vuelo del águila nos toca a todos. Un día me tocó a mí.
Hoy, entreno las alitas de mi águila como un día entrenaron las mías. Su vuelo
será espectacular.


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