Me molesta ver a mi hijo en el iPad. Me molesta
que le guste tanto. A decir verdad, nuestra vida era mucho más armoniosa antes
de tomar la decisión de comprar una. Y aunque jamás tuvo como propósito
servirle a él como juguete, al final, es inevitable la interacción.
El fin de semana pasado, tuvimos una fuerte
discusión al respecto. Y es que, cuando se trata de videojuegos, Netflix y
cosas parecidas, la realidad es que pueden llegar a absorberte tanto al grado
de convertirse en una droga peligrosa. Y esto aplica para todas las edades.
En mi casa, los videojuegos no existen. Y
pienso estirar esa inexistencia hasta el punto en el que sea simplemente
imposible. Tengo la firme convicción de que un niño de 7 años no necesita una
consola de videojuegos. Ni tampoco un iPad. Pero la tecnología nos ha alcanzado
y rebasado sin control. Y en ese deseo de pertenecer,
hemos permitido que esto se convierta en algo más poderoso que nosotros mismos.
Por esto y muchas razones, para este verano en
esta familia hemos llegado a un acuerdo. Quiero que mi hijo aprenda a valorarlo
todo. Pero sobre todo, el tiempo. Yo sigo aprendiendo a hacerlo. Y me niego a
pensar que pasará el poco o mucho tiempo libre que tenga durante estas semanas
de vacaciones, pegado a un aparato jugando Minecraft o cualquier otra cosa, que
en mi opinión, no le ofrecen más que una manera de matar el tiempo.
No quiero que Nico mate el tiempo. Quiero que
lo viva.
Nico ha tenido sus responsabilidades en casa
desde hace ya algunos años. Regar el jardín y tender su cama, son obligaciones
no negociables todos los fines de semana. Y este año, durante las vacaciones de
verano, hemos agregado otras tareas diarias a la lista. Tender la cama, barrer
el patio y lavar los platos de plástico, serán sus obligaciones diariamente.
Después de tener con él una conversación
profunda sobre la importancia de saber aprovechar el tiempo y cuidar nuestra
mente y nuestro cuerpo, le ayudé a preparar un contrato. El primero de muchos
en su vida; “El contrato del iPad”.
Las condiciones son claras y precisas. Tres
días de iPad a la semana (30 minutos por la mañana, 30 por la tarde). Y mi
objetivo principal, además de reducir su tiempo conectado a la pantalla, es
reforzar su escritura.
Sé que mi hijo no es como yo. Soy muy
afortunada de que así sea. Yo a los 7 años, era el mismo ratón de biblioteca
que soy hoy. Él empieza su campamento de surf y stand-up paddle la semana que
entra. Way cooler than me, people. No es mi intención que ame las letras de la
misma manera en la que a mí me apasionan, pero saber expresar sus ideas y
emociones en papel es importante. Es liberador para el alma y necesario para
aprender a sobrevivir en este mundo.
No pretendo que su letra se haga perfecta de la
noche a la mañana, la herencia de su papá se impuso desde sus primeros trazos.
Pero sé que la práctica ayuda a perfeccionarlo todo. Por lo que este verano,
nuestro contrato se basará en eso. La palabra escrita.
Quiero que Nico conserve esa magia de
maravillarse con las pequeñas cosas por siempre. Me niego a perderlo frente a
una pantalla. Y si tengo que luchar contra ello todos los días, así lo haré. El
mundo está lleno de colores maravillosos, mejores que los de una realidad
virtual. Es mi responsabilidad seguírselo enseñando. Ese es MI contrato. No
sólo de este verano, sino del resto de mi vida.