Nico fue finalista en el primer concurso de matemáticas de
su escuela. La semana pasada me dijo que había calificado en la competencia
entre sus compañeros y entonces los nervios empezaron.
Le iban y venían de repente, empezó a comportarse extraño y
sentirse inseguro por cosas que generalmente ni le van ni le vienen. Platicamos
al respecto. Le repetí que papá y yo estábamos muy orgullosos de él por haber
logrado estar en el concurso y que cualquiera que fuese el resultado eso no
cambiaría. Siempre le repito lo mismo: “Te amamos por ser tú. No hay nada que
puedas hacer que nos haga amarte más, o menos. Sé tú mismo, siempre haz tu
mejor esfuerzo y eso es lo más valioso. No me importa que no seas el mejor de
tu clase, ni la calificación que saques. Me importa que aprendas, que
disfrutes, que hagas lo mejor que esté en ti. Que seas bueno, que defiendas a
tus amigos, que compartas.”
Pero a mi pequeño perfeccionista no le parecía suficiente.
Le propuse hacer oración cada vez que sintiera que los niervios regresaban. Hice más oraciones está semana que en los últimos
18 meses de mi vida.
Nos fuimos a la playa. Quiso hacer yoga. Respiraciones.
Sacar los niervios. Funcionaba a ratos pero regresaban.
Por momentos, pensé en decirle que no tenía que participar
si no quería. Pero cada vez que lo pensaba, yo misma me contestaba que eso
sería un error. No puedo proteger a mi hijo del mundo. Por el contrario, debo
prepararlo para enfrentarlo. Al mundo increíble, aventurero y maravilloso. Al
mundo hostil y peligroso. Y también al mundo en el que aprender a dominar sus
nervios puede ser la diferencia entre su bienestar y su fracaso. Estas
experiencias son pequeños ensayos. Perfectas oportunidades que se nos presentan
en el camino para moldear su carácter, su fortaleza, su temple.
Este miércoles finalmente fue el tan esperado concurso. Luis
y yo llegamos tempranito a estar en primera fila para él. Para que nos sintiera
cerca. Para que supiera que desde nuestra trinchera, lo estaremos siempre
observando, siempre apoyando, siempre empujando hacia adelante.
Verlo entre los finalistas fue un sentimiento espectacular.
Ni el orgullo propio se compara con el orgullo que uno puede sentir por sus hijos.
Lo vimos pararse y resolver sus operaciones frente a un grupo
de papás y sus “contrincantes” como si los días anteriores los niervios no hubieran existido. Dominó su
ansiedad e hizo su mejor esfuerzo. Fue eliminado en la tercera ronda. Y poco a
poco, su habitual vibra fue tomando sus espacios.
Al final del concurso, recibió su diploma. Y entonces
celebramos lo bien que lo hizo. Yo, en silencio, agradecí a Dios su protección
y la oportunidad que nos dio, como en tantas otras ocasiones, de seguir
construyendo en su corazón. Su seguridad, su amor propio, el dominio de sus
emociones.
Sigue así, solecito.
Aprende, estudia, investiga, atrévete. Sigue abriendo tus alitas. Un vuelo
increíble te espera más adelante.



