Hay algo muy hermoso en el código entre hermanos que tenemos
Luis y yo con los nuestros. Y digo nuestros, porque cuando pienso en cualquiera
de los cuatro; los suyos y los míos, pienso en “mis hermanos”.
Ése algo es la
perfecta armonía en la que entran en nuestra dinámica cuando nos visitan. Los
engranes encajan perfecto, y nuestro reloj pareciera incluso marchar mejor.
Tenerlos cerca todo el tiempo es un privilegio del que carecemos, que se
compensa con la inmensa recarga de energía que nos dejan cuando nos visitan.
Este fin alimentamos nuestro lobo bueno con tutio Alan. Que hizo escala en su
roadtrip por la Baja Sur para estar con nosotros y retomar lo que dejamos
congelado la última vez que nos vimos, en la boda de Aldo.
Cenamos en familia el sábado por la noche y el domingo temprano
nos fuimos a la playa a disfrutar de un clima perfecto y de un día que como
muchos otros, pasará a nuestro álbum de recuerdos llevando como pie de página
la leyenda “somos privilegiados”.
Luis no es precisamente el hombre más expresivo del mundo,
pero cuando está con sus hermanos su poker
face se quiebra y su sonrisa lo dice todo.
Sentada a sus espaldas los veía y lo único que no parecía
perfecto en este cuadro era que nos faltaba uno. Tutio Aldo, nos la debes.
Dicen que la sangre llama y debe de ser así, porque cuando
Nico está cerca de sus tíos, su relación es tan natural y tan “parecería que
los ve diario”, que no me queda más que
sentarme a disfrutarlo.
Hoy ya es martes, martes de juntas y de estudiar para más
exámenes. Pero también es martes de una semana que se terminará trayéndonos a
Alan de regreso, sólo por un ratito más. Nuestro lobo ya se saborea su próximo
manjar.
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