miércoles, 27 de marzo de 2013

Deseo

Deseo muchas cosas para Nico. Grandes y pequeñas. Como cualquier madre. Como cualquier ser humano que ama a otro por encima del bien y el mal. He deseado cosas para él, incluso desde antes de conocerlo. Cuando era pequeña, deseaba para él un padre que se pareciera mucho al mío en algunas cosas, y que fuera absolutamente diferente en otras. También deseaba otras cosas de menos importancia, como que sólo tuviera un nombre, para ahorrarle tiempo y esfuerzo cuando en la primaria, lo obligaran a escribir su nombre completo en todas y cada una de las tareas que tuviera que hacer.
 
Cuando me casé con Luis, y acariciaba la posibilidad de tener un hijo de manera más concreta, deseé secretamente que heredara su nobleza más no su característico silencio. Por supuesto, siempre deseé que si tenía que heredar cosas de mí, heredara aquellas que considero mis virtudes. Deseaba que heredara mi buen ritmo, mi nariz, mi gusto por los libros, mi buena memoria (la que empieza a estar en tela de juicio) y mi pasión. En mis confesiones, le pedía a Dios que por favor, no lo contagiara con mi síndrome de obsesiva-compulsiva, ni mi manía por sobre-analizarlo todo o la debilidad en mis huesos y articulaciones. Entre otras muchas cosas.
 
Sigo deseando muchas cosas para Nico. Grandes y pequeñas. A corto, a mediano y a largo plazo. Deseo que los sábados, despierte después de las 8 de la mañana (aunque técnicamente, eso lo deseo por mí, no por él). Deseo conseguir ese libro mágico que contenga todas las respuestas a las preguntas que me hace: ¿qué piensan los bichos? ¿por qué no podemos vivir en dos lugares al mismo tiempo? ¿hace realmente cuanto tiempo que nos conocemos? ¿cuándo voy a llevarlo a ver un volcán en erupción? ¿por qué no puede usar el iPad todo el día? ¿qué significa votar? ¿dónde se puede comprar un ‘life saver’ como los de Star Wars? ¿Cuándo vamos a comer milanesas otra vez?... En fin. Si algo abunda en mi casa, son las preguntas.
 
Deseo que se libere de los mocos diarios y de la tos de perro que lo acecha desde hace más de un mes. Deseo que nunca sufra de dengue. Mejor dicho, deseo que nunca sufra, punto. Deseo que un día, pronto, aprenda el arte de bajar la tasa del baño y no salpicarla. Deseo, que jamás le aflore su lado rupestre y practique eructar el abecedario hasta conseguirlo. Pero también deseo, que viva su masculinidad en todos los sentidos; y no estoy segura, pero mi experiencia me dice que los eructos grotescos son simplemente parte de la naturaleza masculina.
 
Deseo muchas cosas para Nico. Que aprenda a amar su entorno y su país. Que logre valorar la libertad y que jamás la convierta en libertinaje. Deseo que aprenda a defender sus derechos y los de aquellos que no se puedan defender solos. Deseo que sea valiente. Valiente de verdad. Que sea un hombre que se apega a sus convicciones aun cuando la tentación parezca ser más fuerte que él. Deseo que sea justo y humilde. Deseo que su sensibilidad se mantenga siempre en equilibrio, para que nadie pueda aprovecharse de él ni él de otros.
 
Deseo que su letra mejore. Y que pronto, deje de dibujar únicamente Angry Birds. Pero si tengo que escoger entre esos dibujos y ninguno más, entonces, deseo que dibuje Angry Birds para mí el resto de su vida. Deseo que aprenda a andar en bici sin llantitas y que se deje cortar las uñas de los pies sin llorar como si lo estuvieran llevando a la guillotina.
 
Deseo que nunca pierda esa mirada experta con la que observa el mundo; como recordando lo que vivió justo ahí, en una época pasada. Deseo que esos musculitos bien torneados que hoy tiene, se conviertan en una espalda ancha y unos brazos fuertes; que impongan y lo protejan de quien quiera agredirlo. Pero que también sirvan de apoyo y consuelo para quien necesite un buen hombro para llorar. Y ¿por qué no? Que sea una musculatura que lo haga sexy entre las chicas. Deseo que siempre canalice su fuerza física como es debido. Que respete su cuerpo y el de los demás.
 
Deseo muchas cosas para Nico. Deseo que nunca le rompan el corazón, pero al ser inevitable, deseo que aprenda lo mejor de su experiencia y que trate, por todos los medios, de jamás romper él el corazón de nadie. Deseo que se enamore muchas veces. Y que trate con dulzura y respeto a todas las mujeres que se crucen en su camino. Deseo que sea de esos novios chapados a la antigua, que tocan a la puerta de la casa al ir a buscar a su chica y le abren la puerta del carro siempre. Que cuando caminen por la acera, sea él quien lo haga del lado del tráfico. Y que siempre ponga en práctica la frase “un caballero no tiene memoria”.
 
Deseo que nunca se vea involucrado en una pelea. Pero si lo hace, deseo que sea el otro quien quede peor. Deseo que tenga un mejor amigo que esté en mi casa todo el tiempo, y que juntos, desmantelen mi refrigerador a pocas horas de haber hecho el súper. Que después, desvanezcan mi enojo con besos y abrazos. Deseo que tenga el equilibrio perfecto entre la fiesta y el estudio. Que nunca deje de ir a una fiesta por quedarse a estudiar, y que nunca deje de estudiar por irse a una fiesta.
 
Deseo que no me lo cuente todo, pero si lo suficiente. Que comprenda que no somos amigos, pero que si podemos ser cómplices como lo somos hoy, por el resto de su vida. Deseo que aprenda a distinguir entre el buen alcohol y el adulterado. Y que explore y conozca sus límites en la bebida. Que aprenda que la cruda física puede ser menos dolorosa que la cruda mural, y que por eso, es mejor tomar con cuidado. Deseo que utilice siempre condón. Que su primera vez sea inolvidable. Y que haga inolvidable la primera vez de quien le permita el privilegio.
 
Deseo que siempre me llene de besos. Sin importar su edad, ni los testigos. Deseo que siempre me dé el lugar que me corresponde en su vida, y que cuando deje de ser la mujer más importante para él; a quien escoja, lo merezca. Que su corazón nos dé el espacio justo a cada una; pues nadie puede ocupar el lugar de nadie.
 
Deseo muchas cosas para Nico. Deseo que la primaria le siente bien. Que sienta esa emoción por el olor a nuevo de sus útiles escolares. Deseo que este verano nade muy rápido en sus competencias y gane más medallas. Deseo que respete todas las religiones y creencias, y que aprenda a una etapa más temprana que yo, a no juzgar a los demás a simple vista. Deseo que viaje por el mundo, que conozca otras culturas, que haga amigos en lugares lejanos a los que pueda visitar muchos años después; cuando las circunstancias de su vida sean absolutamente diferentes. 
 
Deseo que se sienta incomprendido el menor número de veces posible. Y que en sus años de adolescencia, cuando piense que soy la madre más injusta e insensata, no olvide que aun así, soy su mamá y que lo amo con todo mi corazón. Deseo que cuando discutamos (y oh si, claro que lo haremos), incluso si de repente sale azotando la puerta; vuelva después más calmado, y se acerque a mi cama a darme un beso de buenas noches.
 
Deseo que si decide tener hijos con la mujer que ame, Dios los bendiga con el privilegio de ser padres sin ninguna agonía. Deseo que me permita estar cerca de ellos y ser una verdadera abuela. De esas que cuentan cuentos, hacen cosquillas y deja ver la tele hasta tarde. Deseo escucharlos decirle: “¡Papito, te amo!” y ver el orgullo brillar en sus ojos.
 
Deseo estar ahí en todas sus graduaciones. En la de prepri en un par de meses y en las demás dentro de unos años. Deseo que nunca deje de cantar en la regadera y al bajar las escaleras. Deseo que conozca su lugar en el mundo. Que entienda lo pequeño que es comparado con el Universo, con el vasto mar y la lejana luna. Pero que sepa la grandeza que pueden tener sus acciones si así se lo propone. Deseo que encuentre sus pasiones, las defienda, las desarrolle y las comparta.
 
Deseo muchas cosas para Nico. Deseo que ría y llore de felicidad y no de pena. Pero si ha de tener penas, deseo que siempre tenga con quien compartirlas. Deseo que su agenda en el celular guarde un amigo de la A a la Z. Deseo que ceda su asiento a las personas de la tercera edad en el metro de Paris con una sonrisa. Deseo verlo hacer angelitos de arena en Balandra cada verano. Deseo verlo hacer angelitos de nieve en algún lugar, en algún momento. Deseo que se encuentre con el discernimiento y el sentido común, y los haga parte de su vida a partir de ese momento.
 
Deseo que respete las reglas, pero también que las rompa de vez en cuando. Que sea agente de cambio cuando deba serlo, y mantenga el status quo cuando sea lo prudente. Deseo que Dios vigile siempre su camino y que cuando lo deje caerse, él aprenda a levantarse. Deseo también estar cerca para curarle las heridas físicas con árnica y con abrazos las del alma.
 
Deseo que siga conociendo su independencia y que los miedos no lo paralicen. Deseo no cometer errores que lo marquen de por vida. Y por alguna razón, deseo estar cerca para escucharlo decir su primera grosería. Deseo que un día, me pregunte sobre la historia entre su papá y yo. Deseo contarle las veces que buscamos monedas entre los sillones para completar la entrada del cine. Deseo platicarle sobre aquella noche que tuve que dormir en una banqueta bajo el frío y una tormenta de nieve, en un lejano pueblito de Grecia. Deseo que sepa que valió la pena, pues al día siguiente conocí uno de los lugares más bellos en este mundo. Deseo llevarlo ahí. A Nafplio.
 
Deseo que un sábado le apetezca cancelar sus planes con amigos y nos vayamos juntos a cumplir esa promesa de tirarnos de paracaídas. Deseo verlo surfear las olas, aunque mi corazón se acelere al sentir que corre peligro. Deseo que sea más atrabancado que yo, pero menos contingente. Deseo que le cause risa recordar como decía palabras como “rrande” y “etisorio”. Deseo tomarle una foto cuando maneje por primera vez. Aunque en realidad, deseo tomarle una foto cada que respira.
 
Deseo que aprenda a administrar su dinero y que se ofrezca a lavar mi carro sin pedírselo. Deseo verlo bajar con la almohada marcada un domingo a las 3 de la tarde y que sonría al ver que la comida está servida y esperándolo. Deseo siempre tener maneras creativas de demostrarle que lo amo. Deseo que aprenda a cambiar una llanta, a arreglar una fuga de agua y a siempre cumplir lo que prometa.
 
Deseo que aprenda YA a abrocharse las agujetas. Y no me caería mal que supiera hacerse las quesadillas. Especialmente en domingo a las 6.45 de la mañana. Deseo que nuestros picnics en la playa sean una tradición que nos dure muchos años y que siga ofreciéndose a ayudarme a cargar la canasta y las bolsas del súper. Deseo que poco a poco, desarrolle el placer de comer todas las verduras y llegue a compartir mi gusto por el sushi.
 
Deseo que aprenda a dominar algún instrumento y que pueda tocar las melodías de Star Wars como me prometió la semana pasada. Y si no lo logra, deseo que nos riamos juntos de ello. Y que no me culpe a mí por haberle heredado mi torpeza musical. Deseo poder cumplir su sueño para este próximo cumpleaños. Y para el que sigue y para todos los demás. 
 
Deseo muchas cosas para Nico. Grandes y pequeñas. Deseo que siempre use el cinturón de seguridad y que maneje con prudencia. Deseo regalarle su propio carro cuando cumpla la mayoría de edad y que sea uno de los mejores regalos de su vida. Deseo que tenga el gusto por hacer las cosas bien. Deseo que sea un amigo leal y que nadie lo traicione. Deseo que termine su obsesión por “las colitas” antes de que lo meta en algún problema. Deseo que siempre haga deporte y lo disfrute.
 
Deseo que se convierta en un hombre que comprende a las mujeres. O por lo menos, uno de los que hace el intento. Que no sea indiferente a lo que pasa a su alrededor, y que su familia, siempre sea su prioridad. Deseo que nunca pierda de vista las cosas importantes. Que siempre espere la Navidad con ilusión y que pasemos juntos el resto de las mías. Deseo que se salve de la miopía, de los exámenes con preguntas que no haya estudiado y de los malos maestros.
 
Deseo que sea culto, que aprenda historia del arte y que no pierda su gusto por la música clásica. Deseo que siempre se emocione al escuchar la palabra “Mazatlán”. Que el tutia y tutio sean para siempre. Y que mi fe le ayude a fortalecer la suya. Deseo que aprenda a deshacerse de sus defectos y que sepa enaltecer sus virtudes. Deseo que sea bueno contando chistes e historias. Pero sobre todo, que sepa escuchar.
 
Deseo que haga sus sueños realidad, incluso los más locos. Deseo que el sabor del éxito le entre por la garganta y lo disfrute. Deseo que le cierre la puerta a la arrogancia y a la prepotencia. Deseo que conozca personajes fascinantes de los que pueda aprender, de los que se pueda inspirar. Deseo que los recuerdos de su niñez estén siempre acompañados de mi amor. Deseo que algún olor le recuerde a mí.
 
Deseo que la electricidad le recorra todo el cuerpo cuando dé su primer beso. Que comparta un helado con su primera novia. Que nunca olvide la primera película que vieron juntos. Deseo que siga encontrando en la playa, la tranquilidad que ha encontrado ahí desde pequeño. Y si no es así, deseo que encuentre otro lugar que le dé paz cuando la necesite. Deseo que nunca pierda la capacidad de asombro. Que siempre encuentre divertido volar un papalote y que nunca pierda su buen apetito.
 
Deseo que aprenda a perder como un ganador. Deseo que nunca necesite que le saquen una muela o frenos. Deseo que le toque ser testigos de momentos históricos liberadores y fascinantes. Que su generación aporte a este mundo más de lo que le arrebate la mía. Deseo que su corazón tenga un toque vintage como el mío. Y que sea un hombre de buen gusto, en todos los sentidos. Deseo que lleve a Dios siempre cerca de su corazón, de sus pensamientos y de sus decisiones.
 
Deseo muchas cosas para Nico. Grandes y pequeñas. Deseo que hoy duerma una buena siesta. Y que sea una persona sin vicios que atenten contra su salud. Deseo que aprenda a manejar estándar y reírse de las ironías de la vida. Deseo que siempre sea amable, cariñoso y educado. Y que por favor, sea un adolescente lo menos pestilente posible. Deseo que tenga un concepto sano de la muerte.
 
Deseo que un día, su curiosidad lo pasee por las repisas llenas de mis libros, que tomé uno y me pregunte: “¿Mamá, me recomiendas éste?”. Deseo que le guste mi recomendación. Deseo que mis consejos le sean siempre útiles y que piense que soy una buena madre. Deseo que no cometa con sus hijos aquellos errores que yo cometa con él.  Ni con su mujer aquellos errores que ha cometido su padre conmigo y yo con él.
 
Deseo tantas cosas para Nico. Que podría pasarme la vida escribiéndolas. Deseo que viva, que huela, que toque, que vea, que escuche tantas cosas que me emociona el simple pensamiento. Deseo muchas cosas para Nico. Grandes y pequeñas. Grandes, como que sea feliz. Pequeñas, como que sea feliz.

martes, 26 de marzo de 2013

De ortografía, choques y crónica de una muerte anunciada

No es rumor, amado lector. Mi querida computadora, colgó los tennis. O mejor dicho, el sistema operativo, el día de ayer. Entró en su fase terminal hace aproximadamente un mes, pero como guerrera, hizo sus últimos esfuerzos y aguantó. Noté el cambio en su comportamiento durante estos días, y finalmente, sucedió lo que ya venía tratando de decirme con sus múltiples avisos y señales.
 
En este momento, se encuentra en un coma profundo, del que mi amigo el técnico se aferra a sacarla. Con un poco de suerte, superará el mal que la aqueja y la volveré a tener entre mis brazos, o entre mis dedos muy pronto. Pero la vida sigue, gente. Nada se detiene. Y por ello, ayer me dirigí hacia Office Depot con mi jefe, para encontrar un reemplazo urgente e inmediato.
 
Aunque lo sabía, ayer comprobé que mi vida laboral no es nada sin mi computadora. Así que pasé todo el día, rezando por recuperar todos mis archivos e instalando programas y tarugada y media en mi nueva compañera. Escribo este post, estrenando mi nuevo teclado en español (al que sigo sin encontrarle el @) y mi nuevo Windows 8 (que no termino de entender).
 
---------------------------------------------------------------------
 
Nico salió de vacaciones el viernes, al igual que miles de suertudos estudiantes. La que no tuvo tanta suerte fue mi camioneta. Quien por tercera vez en la historia de su vida, fue agredida por un automovilista distraído mientras estaba estacionada. Así es, es la tercera vez que me chocan estacionada. Justo a la salida del colegio, sin más ni más.
 
Afortunadamente, no pasó de un dolor de cuello, un buen susto, un buen pleito con Luis por no contestarme el celular durante mi emergencia y próximamente por tres días a pie mientras la reparan. Debe haber muchas maneras de arruinar un viernes, pero estoy segura, de que te choquen estacionada está en el top 3.
 
---------------------------------------------------------------------
 
El fin de semana nos dedicamos a adornar la casa para recibir las Pascuas. Algunas nuevas adquisiciones le pusieron colorido a nuestro hogar (fotos próximamente). Entre adorno y adorno, la vida me sonrió con éstas dos joyas de la mala ortografía:
 
"Mami, ¿te ayudo a hacer el menú de la semana? Aquí lo voy a escribir." Sopita de sanaoria. Es como la de zanahoria, pero más cremosa.
 
"Mami, quiero ver videos de Angry Birds, pero no me salen... ¿por qué?"

Nunca pensé que la mala ortografía un día me fuera a causar ternura y gracia. Resulta que así fue. Pero no se preocupen. Aunque lo encuentro adorable, entiendo la importancia de corregir sus errores. Pues la ortografía impecable es uno de los atributos más difíciles de encontrar en una persona. Lamentablemente. Espero que mi hijo sea una de esas personas. Cuando el momento llegue.
 
La semana será corta. El fin de semana será largo. Mi casa huele a comida sinaloense. Escucho los pasos de Nico al despertar hacia otra dirección. Eso significa que mamá ya está aquí. También significa que subiré unos dos o tres kilos, que no me tengo que levantar a darle de desayunar a Nico, que existe la grandiosa posibilidad de tener una cita romántica con mi esposo (o sea, ir a cine) y que estoy sumamente feliz. No hay nada mejor que tener a mi mamita cerca.

jueves, 21 de marzo de 2013

Si pudiera cambiarlo

Hay dos cosas en mi vida, que si pudiera, cambiaría sin pensarlo. Está bien… hay más de dos cosas en mi vida, que si pudiera, cambiaría sin pensarlo. Pero en este momento, puedo pensar en dos cosas en particular:
 
Número uno: Mi aberración hacia los huevos.
 
Por obvias razones. Mis opciones de desayuno se ven reducidas a hot cakes y chilaquiles en cualquier lugar. (No, la fruta no cuenta como desayuno) Veo a la gente disfrutar tanto de sus huevos rancheros, sus huevos con jamón, sus huevos con chorrizo (dijera Nico), sus omelettes y la larga lista y variada de los huevos en todas sus presentaciones y verdaderamente pienso que es una desgracia que me provoquen tanto asco. Resulta verdaderamente poco conveniente.
 
 
Si, aunque no lo creas, acabo de dedicar la mitad de este post a mi asco por los huevos.
 
Y número dos: La inagotable fuente de desorden de dos especificas áreas de mi casa…
 
El extremo derecho de la barra de la cocina.
 
 
Y el extremo izquierdo de la mesa del comedor.
 
 
Señores, lo he intentado todo. Mantener esos dos espacios libres de escombro es simplemente imposible. Estoy convencida de que existe una fuerza oculta e invisible en esos dos lugares que atrae papeles, libros, empaques de galletas, medicinas, controles, pegamentos, tickets del súper, recibos de luz-agua-teléfono… la lista es interminable.
 
No importa cuántas horas me dedique a ordenarlo. No importa cuán vigilante esté de que NADIE vuelva a poner NADA ahí. Sólo necesito descuidarme un segundo y pareciera que nunca los he limpiado. Es un misterio. Nada funciona. Cinco años y medio de intentos fallidos me respaldan.
 
Y ahí lo tienen. Dos cosas en mi vida que me gustaría cambiar, y que por jugarretas del destino no podré hacer. Tendré que aprender a vivir con ello por el resto de mis días.
 
Y tu… ¿Qué cambiarías si pudieras?
 
 
Nota aclaratoria: Estoy consciente de que el mundo tiene problemas importantes. Y que mis situaciones mundanas son irrelevantes. Pero es mi blog. Gracias.

martes, 19 de marzo de 2013

Iron-weekend

Hay fines de semana que pasan casi desapercibidos. Digo casi, porque pasar por alto la belleza de un fin de semana (incluso cuando no es espectacular); es como negar que un chocolate es rico, aunque nos cause celulitis.
 
Pero éste, no fue uno de esos fines de semana blandos. Por el contrario, fue uno de esos bien torneados. Uno de Ironman. El Iron-weekend.
 
 
La armonía del pueblo empezó a sentirse alterada desde principios de la semana pasada. Cuando al transitar por la carretera, te topabas con la velocidad de atletas entrenando para su maratón del domingo; con más autos de renta de lo regular y por supuesto, con la locura temporal del montaje por las fiestas del pueblo. Ya ha pasado un año. La feria está aquí nuevamente.
 
 
Pero empecemos por el principio. Todo comenzó con el pie derecho, cuando el viernes por la mañana; mi querido amigo JR me avisó que el día había llegado. Las contracciones se agudizaron y el pequeño Alan decidió que él, sería hijo de quincena. Les presento al integrante más pequeño de mi familia cabeña. 3,450 kilos de salud y bendiciones.
 
 
Mi cabeza perdió toda concentración hasta que supe que había dado su primer grito terrenal. Y me cayó un veinte más. Mi amigo no únicamente empieza a mostrar algunas canas, empieza también a ser padre. Mi amigo Juan Ramón… PADRE. ¿Qué no fue ayer cuando me recogía en su moto a escondidas de mi mamá, para que no le diera un ataque? Tiempos pasados, que a veces todavía se sienten tan presentes.
 
 
Por la noche, nos dimos cita en la feria con los amigos del colegio. Los sub-pubertos. Pude verlos perfectamente de 15 años. Divirtiéndose en los juegos, como yo lo hizo algún día en la feria del Carnaval de Mazatlán. Por ahora, solo tienen 5, pero igual se divirtieron de lo lindo.
 
 


Sigo pendiente con mi bolsa de churros. Solo para mí. Sin compartirla. Ese día había demasiados piecitos inquietos que cuidar, y las distracciones tuvieron que quedarse a un lado. Los churros distraen, créanmelo.
 
 
El avioncito, los caballitos.
 

 
 
Atracciones con cinturones de seguridad de última tecnología.
 
 
Tecnología aterradora, al punto tal, que para subirse al teleférico es necesario ser lo suficientemente rápido; pues las sillitas no paran. Estos dos, por supuesto, no le encontraron el peligro. Yo abajo me comía las uñas. Y Deb, se carcajeaba a mis costillas. ¿O acaso era risa nerviosa?
 


 
Y no se preocupen, que aunque no tenga foto para probarlo, los carritos chocones y yo tuvimos nuestro encuentro también en esta ocasión. Saldo prácticamente blanco.  Solo dos pequeños, casi imperceptibles hematomas en mis rodillas.
 
 
Un poco de pesca deportiva. Un pequeño roller coaster. Y una cartera asaltada por las taquillas de la feria. Que me digan lo que quieran, pero quien dijo que las ferias eran baratas, evidentemente no ha venido a la de las fiestas de San José.

 
 
Pero lo reconozco, estas caritas lo compensan todo. La sola idea de ir a la feria – o a cualquier lugar- con un puñado de niños, puede sentirse como un acto de suicidio. Hay veces, que me pregunto por qué tuve la brillante idea de salir de mi casa, cuando quedarme en ella hubiera sido mucho menos caótico. El viernes fue caótico, si. Pero un caos armonioso. Uno que hemos construido en comunidad durante los últimos años, estos papás y yo.  Con el mero propósito de crear momentos inolvidables para nuestros hijos, y sus amigos.
 

 

Cansados, empolvados y felices; terminamos la semana e iniciamos el fin largo que nos tocaba la puerta. Abrimos los ojos para despertar a un sábado de clima perfecto. Y solo hay un lugar donde se disfrutan los sábados de clima perfecto como se debe. Claro, el jardín de los sueños.
 

 
Especialmente, si el paquete incluye deliciosos ravioles de espinaca.
 
 
Y helado nieve de chocolate.
 

 
Yo colecciono solo dos cosas en la vida: imanes y momentos. Pero si coleccionara tatuajes, seguro, haría uno como estos parte de mi colección.
 
 
¿La historia de El Principito tatuada en el brazo? ¡Súper!. Soy fan de El Principito. Entiéndase como fan, que me puse a llorar en el momento mismo que visité el mural de Antoine Saint Exupery cuando viví en Lyon. Él era de Lyon. Y yo caminaba por los mismos lugares que él. Fue demasiado.
 
 
Recorremos todo el mercado, para siempre terminar en el mismo puesto. El de los libros. Para tener siempre la misma conversación. “¿Mami, me compras éste?” – “No, Nico. Ya los tienes todos. Es la misma historia, solo los dibujos son diferentes” – “Aja… por eso, misma historia, dibujos DIFERENTES.” – No aprendo a tener cuidado con mis palabras.
 
 
Del mercado, terminamos en las nieves de yogurt.
 
 
Jugando conecta-4.
 

 
Escribiendo postales que ya están en el buzón.
 
 
Y hablando de escribir, el viernes tuve entrevista de evaluación con las maestras de Nico. Hace un par de meses, fue hecho de mi conocimiento cierta confusión que tenia Nico con algunos números. Era importante tomar cartas en el asunto. Yo, en lugar de cartas, tomé carritos. Compré 20 carritos de Hot Wheels y escribí con plumón los números de 1 al 20 por atrás. “Los carritos son tuyos – le dije- pero vas a poder abrirlos cuando sepas sin confusión todos los números. Hablados, escritos, revueltos, en secuencia, numero y letra, inglés y español.” El viernes al ver sus exámenes, sonreí. Los números del 1 al 50.  Sin errores. Al derecho y al revés. El sábado, llegó la hora de disfrutar de su éxito.
 

 
Y por la noche, a seguir con los banquetes. Delicioso sashimi, seguido de nuestros rollos favoritos en nuestro sushi de siempre. Sentados al aire libre, disfrutando de la paz del lugar, gracias a que todo el mundo estaba en la feria. Y así, mientras la brisa fresca nos ponía de repente la carne gallina y movía los palillos y la mandíbula; recapitulaba nuestro día y recordaba mi conversación con Luis unas horas antes.
 
 
“Estas particularmente de buen humor hoy, ¿no?” –
“¿Y por qué no habría de estarlo? Es sábado, el lunes no trabajamos, estamos juntos y todo está bien… pero pregúntame por ahí del miércoles a las 3 de la tarde en plena corredera, a ver de qué humor voy a estar.” –
 
Pero tal vez incluso entonces, mañana por ahí de las 3 de la tarde. También esté de buen humor.
 
Finalmente, dieron las 10 de la noche del sábado. Nico perfectamente dormido y soñando. Las cervezas bien heladas. Y el iPad de frente. Hemos inventado estas citas nocturnas cada tantos sábados. Seattle y Cabo se ven únicamente separados por una pantalla. Y por las siguientes muchas horas hablamos de todo y de nada, con dos de mis personas favoritas. Compadres, como siempre, su compañía es un agasajo.  
 
 
El problema de estas noches de risa y alcohol, son las mañanas del domingo. Cuando los cadáveres de algunas botellas y la puntual petición de desayuno de Nico a las 7 de la mañana, nos recuerda cuan buenos eran esos viejos tiempos en los que el sol nos rechifabla hasta el mediodía tirados en la cama. (Si lo tienes, acarícialo, atesóralo, vívelo, aprécialo, disfrútalo, siéntelo!)
 
El primer helado de la temporada.

Los incansables piecitos se fueron por un rato al borde de la carretera a alentar a los deportistas del Ironman. Empezaron a las 6 de la mañana.
 
 
Salimos a las 5 de la tarde a caminar por la ruta, y ellos seguían en su disciplinada carrera.
 
 
La meta les quedaba cada vez más cerca. Y la vibra que se sentía alrededor era verdaderamente mágica.
 
 
Gente de todas las edades, de diferentes nacionalidades, de diferentes lugares; reunidos en un mismo lugar siendo testigos de este inconcebible maratón. Si no lo hubiera visto con mis propios ojos, no lo hubiera creído.  Y los aplausos subían de tono, cuando un corredor más se acercaba a la meta y el narrador decía: “¡Tu… ya… eres… un… IRONMAN!”
 
Para esta hora ya llevaban mas de 11 horas!
 
226 kilómetros recorridos entre bicicleta, natación y carrera. DOSCIENTOS VEINTISEIS KILOMETROS. Hombres de acero, sin duda alguna.
 
 
Y el lunes. Oh, bendito y festivo lunes. Nada sabe mejor que un lunes en la playa.
 
 
Escuchando las olas desvanecerse en ese azul turquesa fluorescente.
 
 
Entre gaviotas, cheetos y bloqueador.
 
Saluden a Juan Salvador Gaviota.
 
Jugando a explorar, a correr y a llegar primero.
 
 

A disfrutar del presente y de la mejor compañía.
 
 
De los rayos del sol que se amortiguan con el viento fresquecito que nos durará un par de meses antes de entrar de lleno con las altas temperaturas.
 
 
Un fin de semana, de esos que son perfectos. Perfectos en todos sentidos. En los que terminas de leer un libro entre tus sábanas.
 
 
En los que empiezas otro teniendo como escenario el mar y una cerveza fría.
 
 
Un fin de semana, de esos que son perfectos porque el clima da para jugar sin playera.
 
 
Y porque le añadimos a nuestras paredes más detalles que nos hacen feliz.
 

 
Un fin de semana, de esos perfectos, porque el “superere” y su energía inagotable nos mantiene en movimiento y sin parar.
 
 
Un fin de semana, de esos perfectos, porque estamos juntos, sanos y felices.