He lidiado con una lesión de rodilla los
últimos 17 años de mi vida. No cualquier lesión, una grande. Una que durante
mucho tiempo me impidió hacer cosas mundanas y comunes, como usar un par de
tacones o ponerme en cunclillas.
Cuando una parte de tu cuerpo no funciona
correctamente, todo se desequilibra. Lo aprendí a la corta edad de 15 años.
Esta lesión marcó mi vida para siempre. O por lo menos, eso me hice creer a mí
misma durante casi dos décadas.
Hace unos tres años, empecé a usar la caminadora.
Quería correr. Poco a poco, primero caminando con velocidad y después con
extremos cuidados, a trotar. En silencio, después de pasar por todo tipo de
terapias, medicamentos, rodilleras y remedios caseros, decidí que iba a hacer
esto a mi modo.
Empecé a reencontrarme con mi cuerpo. Justo al
mismo tiempo que decidí perdonarlo por no poder hacer otro bebé. Decidí
escucharlo detenidamente y presionarlo poco a poco. Entre a mis 30 decidida a
cambiar mi relación con mi templo en este mundo, ese templo que cargara mi
espíritu hasta mi último aliento y que me pedía a gritos ser escuchado.
Mi cuerpo y yo, hemos pasado por bastante.
Nuestro último reto fue esa infección en los riñones hace casi un año que me
tumbó por dos semanas y que me castigó con el dolor que merecía por haber
descuidado esa relación que con tanto trabajo hemos logrado construir.
Los últimos tres años, han sido diferentes.
Dejar atrás cargas emocionales tan pesadas me ha permitido enfocarme en mí y en
mi presente. Poco a poco, he alcanzado un equilibrio que creí que jamás
recuperaría. Parte de ese equilibrio, ha sido la sanación de mi rodilla.
El mes pasado, la cervecería fue invitada a
participar como patrocinador en el Medio Maratón Los Cabos de este año. Jordan
está entrenando para correr el maratón de Londres este próximo Abril, y mi rol
es ser su porrista. Su aliada en la alimentación y la desintoxicación. “I’m running the 5k. What you think? Wanna
try?” – me preguntó.
El “sí” me salió desde el estómago. Sin
saberlo, había esperado esta oportunidad desde hace tiempo. Y es que no era
tanto la distancia; corro más de 5 kilómetros en la caminadora casi diario.
Pero hacerlo en asfalto, como la gente común y corriente nuevamente, es algo
que por mucho tiempo simplemente vi como algo imposible, inalcanzable.
Estuve nerviosa. Sabía que tenía mucho que
perder. Lesionarme nuevamente implicaría simplemente detener todas mis rutinas
de ejercicio. Pesas, caminadora, todo. Pero algo dentro de mí me dijo que
confiara. Que entrenara y que confiara. Que fuera cautelosa y que confiara.
Nico, por otro lado, empezó a entrenar para su
temporada de natación este Enero. Y el minimaratón parecía simplemente ideal
para reforzar su entrenamiento. “¡Vamos a
correr juntos, mami!”- y su entusiasmo fue lo que detonó mi determinación.
Ayer fue el gran día y lo logré. Sonó mi
despertador a las 5:20 de la mañana y sabía que estaba por hacer algo muy
especial para mí misma. Corrimos juntos, este grupo de personas lleno de
energía con las que trabajo que te contagia de manera inevitable y yo.
Fui despacio. Tratando de controlar el ritmo de
mis piernas, acostumbradas a más velocidad, para que se movieran al ritmo que
mi rodilla marcaba. 35 minutos después, crucé la meta donde me esperaban mi
hijo, mi esposo, mi mejor amigo y muchos desconocidos que de alguna manera
valoran tu esfuerzo y parecen entender que detrás de cada corredor hay una
historia.
Crucé la meta y empecé a cojear. Y mi rodilla
soltó en un suspiro todo ese dolor que contuvo por mí durante 5 kilómetros.
Pero estoy bien. Me duele de una manera en la que sé que voy a recuperarme. Una
comunicación interna que me mantiene confiada en que en un par de días más,
podré volver a empezar en la caminadora nuevamente.
Nico corrió su minimaratón conmigo a su lado
animándolo todo el tiempo. “La próxima
vez quiero hacer el largo, ¿lo haces conmigo, mami?” – Con confianza le
contesté que sí. Tal vez no pueda volver a correr en concreto el resto del año,
o hasta dentro de 6 meses. Pero haber cruzado esta barrera que me impuse desde
hace tanto tiempo me hizo entender que mis límites los determino yo.
Que estoy en control de mi cuerpo y no al
revés. Que la comunicación interior depende de que tan bien o tan mal lo trate.
Y eso es lo que quiero enseñarle a mi hijo. Quiero ser esa mamá que predica con
el ejemplo y que lo acompaña a correr. Y a nadar. Y a hacer cualquier actividad
física que se nos plazca.
Mientras yo crecía, el deporte en mi casa
siempre fue algo opcional, nunca una prioridad. Cuando tuve a Nico, decidí que
en esta casa, el deporte iba a hacer algo no negociable. No importa cuál, pero
no es opcional. Afortunadamente, Nico lo traía en sus venas. Y el deporte no es
sólo algo importante para él, sino algo que necesita para sentirse en
equilibrio. Algo que lo hace feliz.
Febrero es un mes difícil para mí. Muy difícil.
Es el mes que siempre me recordará que fracasé en algo sumamente importante
para mí. Que cambió mi vida para siempre. Haber podido hacer esto ayer, en la
revolución emocional que representa para mí este mes, fue alimento puro para mi
alma y mi autoestima.
Puedo con esto. Puedo con más. Retar sanamente
a mi cuerpo y nutrirlo para ello es un cambio de vida que me propuse para mis
treintas. Y me alegra estar cumpliéndolo. En poco menos de un mes llegaré a mis
33 y eso me recuerda que esto apenas es el inicio de lo que quiero para mí el
resto de la vida. Esta es la mujer que quiero que mi hijo tenga como mamá. Es
el ejemplo y mensaje que quiero transmitirle.
Ayer, el mensaje fue claro y maravilloso. Nico, podemos hacer cosas difíciles. Podemos
hacer cosas maravillosas. Y las podemos hacer juntos. Que suerte la nuestra.