Llegó un diez de Septiembre, despacito y
tanteando terreno durante doce largas horas mientras a mí se me partía la
cadera, y de paso, la vida que hasta ese momento conocía. Nació rompiendo el
molde de mi vientre para siempre, coronándose de manera exclusiva como rey de
mi corazón, soberano de mis sonrisas y heredero único de mi barbilla, de mis
gestos y de mi amor por las letras.
Nicolás nació sabiendo. Vino cargado de
los secretos que algunos reciben en las estrellas antes de ser catapultados a
esta dimensión. Llegó triunfante y con esa gracia ligera que lo envuelve a uno
como la brisa salada que él tanto ama y con la que se funde como con magia.
Nico no le avisó a nadie que venía.
Decidió por su cuenta llegar en el momento más oportunamente inoportuno,
acabando con algunas de mis finas ambiciones; y deteniéndome en seco en el
momento que clavó esos ojos aceituna en mis pupilas.
Alma vieja que, a veces con un gesto, me
calla mis altaneras intenciones de querer demostrarle que yo sé más y mejor.
Llegó para enseñarme lo que yo desconocía a muchos niveles, con su sonrisa
eterna como el azul del cielo y esos códigos que su espíritu me va soltando de
a poquito.
Hijo del mar, de su inmensidad y sus
misterios. Hijo de un Ser Supremo que por alguna razón que todavía me cuesta
comprender, decidió que yo era digna del privilegio que es amarlo. Que era digna
del lujo de tenerlo entre mis brazos desde hace una década, y de despertar cada
mañana para verlo andar por esta vida con una pulcritud que yo en mis 35 años
no he logrado alcanzar.
Será que algunos nacen estrellas, otros
estrellados y otros más, deciden bajarlas con ellos al llegar, como mi Nicolás.
Que brilla con una luz que calma, que enamora y que sana. Que nació sabiendo su
valor con humildad y por eso regala lo mejor de él a quien se tope. Que vino
desde su universo hasta este punto del planeta a enamorarme para siempre.
Nicolás nació sabiendo. Sabiendo que lo
esperaba y que era nuestro el privado privilegio de amarnos sin mesura, como le
dije hace un par de días. ¿Y qué es sin mesura, mami? - me preguntó.
Que nos amamos sin límites, sin medida-
le contesté yo con voz experta.
¿Pues es que hay otra manera de amar,
mami?-
Ay Nicolás, diez años de tu feroz
sabiduría. Feliz cumpleaños, amor de mi vida. Cada quien elige sus milagros, mi
milagro eres tú.

