domingo, 10 de septiembre de 2017

Diez



Llegó un diez de Septiembre, despacito y tanteando terreno durante doce largas horas mientras a mí se me partía la cadera, y de paso, la vida que hasta ese momento conocía. Nació rompiendo el molde de mi vientre para siempre, coronándose de manera exclusiva como rey de mi corazón, soberano de mis sonrisas y heredero único de mi barbilla, de mis gestos y de mi amor por las letras. 

Nicolás nació sabiendo. Vino cargado de los secretos que algunos reciben en las estrellas antes de ser catapultados a esta dimensión. Llegó triunfante y con esa gracia ligera que lo envuelve a uno como la brisa salada que él tanto ama y con la que se funde como con magia. 

Nico no le avisó a nadie que venía. Decidió por su cuenta llegar en el momento más oportunamente inoportuno, acabando con algunas de mis finas ambiciones; y deteniéndome en seco en el momento que clavó esos ojos aceituna en mis pupilas. 

Alma vieja que, a veces con un gesto, me calla mis altaneras intenciones de querer demostrarle que yo sé más y mejor. Llegó para enseñarme lo que yo desconocía a muchos niveles, con su sonrisa eterna como el azul del cielo y esos códigos que su espíritu me va soltando de a poquito. 

Hijo del mar, de su inmensidad y sus misterios. Hijo de un Ser Supremo que por alguna razón que todavía me cuesta comprender, decidió que yo era digna del privilegio que es amarlo. Que era digna del lujo de tenerlo entre mis brazos desde hace una década, y de despertar cada mañana para verlo andar por esta vida con una pulcritud que yo en mis 35 años no he logrado alcanzar.

Será que algunos nacen estrellas, otros estrellados y otros más, deciden bajarlas con ellos al llegar, como mi Nicolás. Que brilla con una luz que calma, que enamora y que sana. Que nació sabiendo su valor con humildad y por eso regala lo mejor de él a quien se tope. Que vino desde su universo hasta este punto del planeta a enamorarme para siempre. 

Nicolás nació sabiendo. Sabiendo que lo esperaba y que era nuestro el privado privilegio de amarnos sin mesura, como le dije hace un par de días. ¿Y qué es sin mesura, mami? - me preguntó. 

Que nos amamos sin límites, sin medida- le contesté yo con voz experta. 

¿Pues es que hay otra manera de amar, mami?- 

Ay Nicolás, diez años de tu feroz sabiduría. Feliz cumpleaños, amor de mi vida. Cada quien elige sus milagros, mi milagro eres tú. 


sábado, 10 de septiembre de 2016

Nueve



Querido Nico,

Me tengo que concentrar para entender que han pasado nueve años desde aquel 10 de Septiembre en el que llegaste a nuestras vidas. 

Entonces eras una personita de 4 kilos y 52 cm. Hoy, eres un niño de 38.5 kilos y 1.40 cm de estatura. El agua sigue siendo tu lugar. Ahora no sólo nadas, también surfeas. Estás en cuarto de primaria, aprendiendo multiplicaciones y la geografía de México. Sigues cantando todo el tiempo, y las enchiladas son tus favoritas. Sigues diciéndole “minalesas” a las milanesas, y secretamente, pido al Universo que conserve esa palabra de bebé en ti por mucho tiempo más. 

Ha llegado el punto en el que tu pie y el mío miden lo mismo, y en el que Elsa confunde tus playeras con las mías. Te encanta jugar con imanes y con tu Wii U. Tu sonrisa sigue siendo permanente. Eres genuinamente una persona feliz. Te encanta comer. Tienes dos trabajos por el que ganas dinero cada fin de semana: $70 pesos por regar el jardín y $30 pesos por barrer la terraza. Esos montos fueron recientemente renegociados a tu favor. Viajar te emociona, y este verano pasaste 6 meses fuera de casa conociendo y explorando lugares, con y sin papá y yo. 

El tema de ir a la Universidad te pone nervioso y dices que quieres quedarte para siempre en esta casa. Yo te digo que te lo recordaré cuando seas más grande. Elsa sigue siendo tu adoración y los lunes son particularmente emocionantes al llegar de la escuela y verla, después de haber pasado el fin de semana sin ella. 

Eres ese niño al que es difícil regañar o decir que “se porta mal”. Obedeces la mayor parte del tiempo y cuando no lo haces, reconoces tus errores. Te refieres a mí como “bonito mami”, buscas acurrucarte todas las noches a mi lado y sigues dándome besos todo el tiempo. Hueles mi almohada y sonríes al hacerlo, y las palabras “te amo” son una melodía en tu voz. Todavía te cuesta trabajo aceptar que tu primo Santi es ahora una constante en nuestras vidas, principalmente porque extrañas ser el centro del mundo de tutia Flor. Todavía le dices tutia

A veces lees mucho, a veces lees poco, pero es una constante en tu vida que me hace feliz. Tu relación con Bibi es un tesoro de tu niñez que agradezco todos los días a la vida. Tu playa favorita es Balandra y tu sabor de nieve es el chocolate. El aguacate juega un papel crucial en tu vida diaria y Cojín y Timón siguen durmiendo contigo todas las noches. Tu uniforme es talla 14 y tus cejas todavía se enarcan de la misma manera que lo hacían cuando eras un bebé. Tu color favorito es el azul, y después el amarillo. 

Escribo esto para ti, o tal vez más para mí. Porque no quiero olvidar jamás cómo eres hoy, a tus 9. 

Hace algunos años concluí que a todos nos llega la luz en distintas formas. A algunos poco a poco, en dosis más pequeñas. A otros nos llega de una. Yo hace 9 años que recibí toda mi luz de un solo jalón. Feliz cumpleaños al amor de mi vida. A ese espíritu libre que nació en tierra pero que pertenece al agua. A ese corazoncito único, especial, valiente y arriesgado que creyó en mí para ser su mamita. Feliz cumpleaños a este maravilloso ser humano que me recuerda todos los días que la vida no siempre nos da segundas oportunidades y que por eso, hay que vivirla con pasión siempre. Encontrando la belleza siempre. Sonriendo como él, siempre. Que privilegio es poder amarte y celebrarte. Feliz cumpleaños, pececito. 


lunes, 1 de agosto de 2016

Día Uno en CDMX



Escribo mientras afuera cae un aguacero. De esos que me encantan. Que refrescan el ambiente y el alma, y que por alguna razón me hacen sentir más agradecida que de costumbre. Estoy sentada con una copa de vino a mi izquierda y mis pies en agua caliente con sal, mitigando la caminata larga de hoy y escuchando las algarabías de los 5 niños que comparten techo desde ayer en algún lugar de la CDMX.



Salimos del aeropuerto de nuestro paraíso, dispuestos a crear historias de un verano diferente, divertido e inolvidable en las mentes de 6 adultos y 5 niños con 11 días por delante. Con planes que seguramente no irán al pie de la letra pero que intentamos abarcar de una u otra manera durante las vacaciones que planeamos desde hace varios meses ya. 



 No es fácil viajar con niños. Mucho menos, mantenerlos motivados cuando les muestras la ciudad más grande del mundo. Pero aunque se quejen y por momentos no quieran caminar más, en nuestro esfuerzo por enseñarles lo que hay más allá de su entorno; logramos abrir un poquito su zoom. 




Es mi parte favorita de ser mamá, poder guiar sus ojos hacia donde está la belleza y la riqueza de la vida. Aprender sobre nuestra cultura, nuestra historia y sobre todo, sobre el privilegio de hacer viajes como éste. En el que pueden compartir más allá de un juguete o una comida, este es un viaje en el que están compartiendo lo mejor… VIVIR. 





Hoy empezamos en el Ángel de la Independencia y le seguimos a pie dos kilómetros hasta el Palacio de Bellas Artes. El zócalo, y el centro de una ciudad que no tiene parecido alguno con el pueblito donde vivimos; y que nos permite ver los contraste de nuestras carencias y abundancias de manera tan evidente. 






Buena comida, buena cerveza y buena compañía, son el algoritmo perfecto para inmortalizar momentos inolvidables para todos. 




Mañana nos espera otro día largo y seguramente lleno de altibajos como el de hoy. En el que de las carcajadas pasamos a los regaños y de los regaños a la foto perfecta. Porque los viajes en familia son así, llenos de mucho, pero sobre todo, de recuerdos perfectos. 
















jueves, 28 de julio de 2016

Verano a la mitad



Terminaron los exámenes finales y poco a poco el ritmo de las actividades disminuyó en contraste con el aumento de temperatura en nuestro paraíso. 

Llegó Julio y con ello el fin de clases. Un ciclo escolar más terminado con éxito y con la oportunidad de recordarle a mi pececito que su valor como persona va más allá de una calificación. Que un número no lo definirá jamás, ni en la escuela ni en la vida. Que lo amamos igual con sietes que con dieces, y que lo maravilloso de ir a la escuela, además de aprender cosas nuevas, es crecer como persona y descubrir maravillas en los demás.



Nico regresa hoy. Tres semanas lejos de casa, creando nuevos recuerdos de sus años de niño en Mazatlán. Una oportunidad única que la vida nos ha presentado en los últimos veranos, de construir una relación espectacular e inquebrantable con su Bibi. 



Yo he estado absorbiendo estos días. Refugiándome en los placeres a los que invita la libertad de un viernes por la noche sin mayor responsabilidad inmediata que consentirse a uno mismo. 



Estos ejercicios de separación, siempre serán agridulces, pero ahora hasta necesarios. Sus pequeñas alitas empiezan a querer desentumirse con más frecuencia. 


 Llevamos el verano a la mitad, mi pececito duerme bajo mi techo esta noche y no es algo que haya dado por sentado un solo día desde que nació. Pero especialmente ahora, que siento que crece a velocidad acelerada, bendigo cada noche que estoy cerca para decirle “Ya sabes, eres especial, nunca lo olvides…” 

Ahora nos toca a los tres, disfrutar del resto del verano juntos y con aventuras fuera de la rutina por venir. No puedo esperar a besarlo, abrazarlo y decirle adiós a estos días sin él. Esta noche, vuelvo a verlo en mi baño lavándose los dientes, seguramente más alto, más desenvuelto, más gracioso y más mío.