Esta canción
tan popular de ‘Coincidir’ (Autor: Alberto Escobar, según el poderoso Google.);
ya sabes “tantos siglos, tantos mundos,
tanto espaciooooooooooo y coincidir…” que han interpretado tantos artistas
y que puede parecer tan profunda o tan cursi dependiendo del humor con que te
agarre; tiene fundamentos absolutamente ciertos.
Dicen que
las coincidencias son los milagros en los que Dios no firma con su nombre. Yo
he llegado a pensar, que las coincidencias no existen realmente. Y que por el
contrario, Dios firma con su nombre cada uno de los eventos de nuestra vida.
Sea como sea, o llámese como se le quiera llamar; siempre agradeceré la coincidencia que me hizo tener las
amigas que tengo.
Estar en Mazatlán,
significa básicamente recibir una sobredosis de melancolía y recuerdos. Por que
ya no es como antes, por lo que existió y ya no existe más, por la imagen
congelada que dejé ahí hace 7 años y medio y que se perdió en el movimiento del
tiempo. Esta ocasión, no fue la excepción. Mi tierra me cala hondo. Tal vez, porque
muy dentro mí, me duele haberla abandonado. Y aunque no me imagino regresando a
vivir ahí, cada verano al visitarlo; es como visitar a un amigo ciertamente
traicionado.
La
coincidencia estuvo a mi favor la semana pasada. Y suavizó la usual melancolía que
me provoca ese peculiar olor a sal. Mis estrellas se alinearon y pude ver más
caras queridas de las que pensé. Caras que usualmente solo puedo ver en
facebook o sentir a través de un mensaje por whatsapp. Conocí por primera vez,
a personitas que ya quería desde su nacimiento, por la simple razón de venir de
quien vienen. Una cosa si les digo, la cámara y el facebook no hacen justicia a
la personalidad y la belleza de estos bebés.
Un café por
la tarde con amigas de la infancia. Poniéndonos al corriente de lo que un
status en una red social no nos dice. Dándonos una a otra seguridad en nuestras
inseguridades. “No te hartas a veces?”-
preguntaba una tímidamente, volteando a ver a nuestros retoños. “Más veces de lo que te imaginas… AL DIA”- la
tranquilizaba otra.
Que como le
ha ido a una en su nuevo matrimonio, que como estuvo la mudanza hasta Monterrey,
que si el doctorado empieza la próxima semana; que si no podemos vernos al día
siguiente para desayunar porque hay que cubrir vacaciones de empleados en el
negocio familiar. Que si estoy harta de trabajar en la oficina, que si la otra
esta más harta de lavar y lavar todo el día – el cesto de la ropa sucia está
embrujado. Que si el más sabio consejo que dar a las solteras o sin hijos es:
no te cases! DUERME! Disfruta mientras puedas!
Los cafés
iban y venían, junto con las carcajadas, las conversaciones serias y las actualizaciones (o chismes, pues). Y vi
con alegría como Nico se sentía en familia. Natural. Llamando por su nombre a
sus tías, como si las viera diario. A pesar, de que lamentablemente, tengamos
que llamar a la foto de la pose, la “foto anual”.
Foto anual
con tutia Carola.
Foto anual
con tutia Peque.
Pero la
aventura no se limitó al cafecito. Con entusiasmo y valentía, mi amiga Anna y yo, llevamos a Luca y a Nico al Acuario…
a las DOCE del día. Y no sólo sobrevivimos, sino que además, lo disfrutamos.
Jugaron, se
pelearon, se reconciliaron, compartieron y nos dijimos solo hasta luego. Con un
poco de suerte, y muy pronto, los tendremos más cerca que nunca.
.
Cada que
regreso a Mazatlán, estoy consciente de que me expongo al escrutinio público y
a la misma pregunta de siempre “y para cuándo el otro?”. Esta vez
no fue la excepción. Pero definitivamente si
fue diferente. Y mucho mejor. Pues después de tanto tiempo, encontré en mi
interior la valentía necesaria para responder con la verdad, sin riesgo de
desmoronarme en ese preciso instante… ni después. La primera que me lo preguntó,
fue mi amiga Eliza mientras comíamos en su sushi favorito.
No nos
vemos tan seguido y aunque estamos en constante comunicación, trato de que
nuestras conversaciones siempre sean positivas. Poco nos vemos y encima vernos
y contarle penurias? No me late mucho. Por lo tanto, ella no está muy bien
enterada de cómo son las cosas (lo sé, es su culpa por no leer mi maravilloso
blog). Cargaba yo a la hermosísima Julieta… los dejo que corroboren el ‘hermosísima’
con esta foto:
Y entonces
-probablemente porque me derretía yo abrazando a su hija y deleitándome con su
olorcito a bebé nuevo- fue con su característica
sonrisa que me preguntó: ‘Amiga, y tú?
Para cuándo el otro?’ –
SILENCIO
SEPULCRAL. Seguramente durante un segundo que a mí me pareció eterno. Y en ese
momento, sentí la mirada fuerte y aprobadora de mi querida Suelen. Quien no es
solo brújula sino también paño de lágrimas. Y literalmente, me transmitió todo
el poder y la fuerza que necesitaba para responder con la verdad. “No amiga… no hay
otro.” – le respondí. Tranquila y serena, sintiendo el mismo alivio que se
siente al salir a la superficie después de haber estado minutos bajo el agua.
La conversación
cambió de rumbo después de una corta explicación. Nos disfrutamos, nos reímos,
nos pusimos al corriente y cuando llegó la hora de despedirnos, como siempre,
me entristecí un poco. Pero verlas me rejuveneció. Daría muchas cosas por
tenerlas cerca siempre. Por ver crecer a Julieta junto a Nico.
Ese fue un
buen día. No solo por las horas felices y el sushi delicioso. También por lo
que logré. Los días consecutivos la pregunta me siguió acechando en un par de
ocasiones más, por personas diferentes. Y entonces, sacaba de mi memoria la
mirada de mi amiga Suelen. Y la sentía junto a mí, alentándome. “No, ya no voy a tener otro. Será solo Nico.”
– respondí en ambas ocasiones, segura de mi misma y ciertamente… satisfecha.
Antes,
nunca me hubiera atrevido a dar esa respuesta. Tal vez, porque escucharlo en
voz alta me aterraba más que el mismo infierno. Ya no. Y soy la más sorprendida. Poco a poco, mi herida cicatriza. I’m healing. Y tal vez sea muy pronto
para hacer el baile de celebración y triunfo. Pero lo haré, oh si, haré ese
baile un día.
Por lo
pronto, no tener que mentir, no tener que esconder mi verdad como si fuera un pecado o algo de que avergonzarse, lo
considero… un logro olímpico, aprovechando la ocasión. Medalla de oro, si me
permiten.
Eso es lo
que hacen los amigos. Nos sostienen la espalda y nos empujan, cuando
necesitamos el empujón. Nos transmiten con su mirada la fortaleza que a veces carecemos.
Los amigos nos ayudan a sanar. A ser mejores. Y eso, es algo que recuerdo cada
que tengo la oportunidad de estar cerca de mis amigos. De mis amigas, sobre
todo.
Me traje
conmigo esa mirada de mi amiga Suelen. Pues todavía no me siento lista para
soltarla. Todavía la necesito. Y sé que a ella no le importa, y que me la prestará
el tiempo que sea necesario. Y mientras tanto, cuando escuche la pregunta nuevamente,
la jalaré desde un rincón de mi memoria y responderé sin titubeos.
Ah, mis
amigas. Cerca o lejos, son una bendición. Una bendita coincidencia. “Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio… y coincidir”.
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