Estaba
lista para hacer uso de las maravillas tecnológicas de este siglo ayer por la
tarde al tomar el autobús de Guadalajara a Mazatlán. Autobús con corriente eléctrica
Y
con internet. Me saboreaba teclear sobre esta pantalla en blanco las historias
de los últimos 3 días en los que no me reporté con este consentido espacio.
Pero al
arrancar por la carretera, y voltear hacia la ventana, fue tal mi fascinación por
el paisaje que fui distraída durante 6 horas con las imponentes y silenciosas
montanas llenas de pinos (casi casi podía olerlos), el verde de los campos
abiertos y las nubes negras que se instalaban sobre ellos y que no titubeaban
en empapar la hierba ni el asfalto de nuestro recorrido. (BB photo)
No recuerdo
la última vez que hice ese recorrido. Pero definitivamente fue hace mucho
tiempo. Cuando los camiones eran austeros, el espacio entre los asientes
reducido y SIN INTERNET. Lo siento, pero no puedo dejar de maravillarme. Para
Nico fue su primera vez, llegamos a la central y la recorría con sus ojitos
emocionados, registrando cada espacio, cada movimiento. Gracias a mi brillante
idea de darle su buena dosis de Dramamine,
duró despierto como media hora; y cuando abrió los ojos nuevamente, fue para bajarse
del autobús y pisar tierra mazatleca. (BB photo)
Yo ocupé
mis 6 horas de viaje leyendo un rato, y recordando mis días de antaño recorriendo
esa carretera cada verano, con mis hermanos y mis papás; ansiosa por llegar a
Guadalajara y empezar las vacaciones. Fue en esta carretera donde perdí a mi Gigio. Fue en esta misma carretera que recogí recuerdos memorables para
siempre.
Nuestra
aventura comenzó el viernes por la mañana. Nico ansioso hasta las puntas de los
pies por empezar el viaje. Listo para treparse en un avión y agregar escenas
nuevas a su álbum de recuerdos.
Llegamos a
Guadalajara a reencontrarnos con mi hermano. Y después de medio año de separación,
volvimos a estar todos juntos nuevamente.
No sé que
clase de hechizo cae sobre mi cada que voy a Guadalajara, que inevitablemente
termino cargando en mi maleta más zapatos nuevos de los que originalmente
planeaba. Debería ser ilegal esto. Tan ilegal, que me niego a compartir el número.
Probablemente tan ilegal como comer de la manera en la que come uno estando de
vacaciones. Especialmente, en un lugar de tantas delicias culinarias como la
perla tapatía.
Los
highlights del fin de semana:
Menos face y más book.
Sip. Eso decía
una de las playeras en venta dentro de la librería Ghandi. Uno de mis lugares
favoritos en el mundo. Entrar ahí y respirar ese olor a libro es energizante. Nico
compartía mi emoción cuando íbamos en el carro rumbo a la librería. ‘Ya vamos a
llegar a la librería, mamiiiiii’ y aplaudía. Mi hermano dice que lo he
convertido en un freak. Yo digo que lo he convertido en un hombre niño de excelente
gusto.
Recorrimos
pasillos. Seguimos las huellitas hasta llegar al rincón de los niños. Respiré
ese maravilloso olor hasta hiperventilar.
Mami, crees que este libro sea interesante?-
Una hora, muchas
negociaciones (Nico queria TODOS), tres mil pesos y 10 kilos de libros después, salimos de ahí sabiendo
que nuestro viaje ya había valido la pena. Nico ha ampliado su biblioteca y yo también.
Ahora, habrá que ver cómo hacerlos volar hasta casa.
Ghandi, te
queremos.
Placeres del mall.
Había 3 puntos
importantes en nuestra lista de vacaciones que teníamos que cubrir dentro de
una plaza. Antes que cualquier otra cosa, mi nieve de yogurt. Dios bendiga la
nieve de yogurt con chocolate duro. Amén.
Una visita
a una verdadera juguetería. Creo que disfruto esta actividad tanto como Nico.
Excepto cuando llegamos a la caja. Aunque esta vez, gozamos de patrocinio. Mi
mamaa y mi hermana le compraron a Nico su primera colección de figuras de acción:
The Avengers.
Acto
seguido, Nico brincó y brincó de emoción mientras esperábamos en la estación del tren. Yo tuve que
contener mis lágrimas. El simpático trenecito es el artefacto más claustrofóbico
y ruidoso que existe sobre la faz de los malls. Ese recorrido doloroso, en el
que la gente del exterior saluda a los niños y se mofa internamente de los
padres trepados y encorvados en los vagones micrométricos, sintiendo pena y agradeciéndole
a Dios no estar ahí encarcelado. Los quince minutos más largos de mis
vacaciones, so far. Su carita y el recuerdo que deja en su memoria valen la
pena. Casi.
El parque Ávila
Camacho.
La
absolutamente más grandiosa y mejor parte de nuestras vacaciones anuales a
Guadalajara en los late 80’s y principios de los 90’s era sin duda el día que pasábamos
dentro del maravilloso, único y mágico parque Ávila Camacho. Era un lugar
hermoso, lleno de juegos mecánicos y otras diversiones únicas en el mundo. Los
paseos en lanchita por el estanque y la ruta de los carritos eléctricos eran
mis favoritos.
Quería que
Nico tuviera la oportunidad de conocer esta maravilla. El parque sigue ahí. Fue
rescatado por el Ayuntamiento después de muchos años de abandono. Lamentablemente,
muy poco queda de aquel concepto de parque que un día fue. Los grandes pinos y
el olor a bosque siguen intactos, no tanto así las atracciones. Ahora es un
simple parque con jueguitos tradicionales. Aun así, fue bueno regresar.
Tuve que
ponerme creativa para entretener a Nico. Me inventé el tradicional avión.
Jugamos al
gato en la tierra.
Y por
supuesto, a las escondidas.
Nico ama
jugar a las escondidas. Y yo amo ver como baila y se retuerce aguantándose la pipí
cuando está escondido. Debe ser un hecho científico. Cuando estas escondido, te
dan ganas de hacer pipí. Punto.
Fue una
tarde linda.
A pesar de extrañar
horriblemente a Luis, debo confesar que han sido unos días atesorables. Nico y
yo de vacaciones solos. Nuestras
vacaciones. Hemos estado juntos e inseparables las últimas 96 horas. Literalmente.
Sin separarnos ni un momento. Espero que recuerde estas vacaciones siempre. Y
si no, me aseguraré de tomar suficientes fotos para ayudarle a recordarlas.
Anoche, ya
tarde caímos rendidos. Estamos en casa. Mi
antigua casa. Mazatlán es como un museo de antigüedades para mí. Cada calle
a la que volteo encierra un recuerdo. El olor, los ruidos, los paisajes es como
revivir una película. Volver a dormir en mi
cama me rejuveneció. Y aunque sé que ya debería parecerme natural después de
casi 5 años, me cuesta creer que ahora a mi lado hay una nueva camita que
pertenece a mi hijo. Es una imagen fascinante. Mi hijo, en mi cuarto. En
el que yo fui niña y adolescente. Lo veo y no lo creo. En este momento
durmiendo una siesta, cargando pilas para el reencuentro que nos espera más
tarde.
Se siente
bien estar aquí.
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