Recuerdo
hace algún tiempo; era un sábado o un domingo tal vez, Nico estaba jugando con
sus carritos en la terraza y yo estaba sentada a su lado leyendo un libro. Luis
estaba en la cocina, preparando algo para tomar. Nuestro techo era un cielo
azul sin fallas, ni una nube. Estábamos en nuestras habituales ropas veraniegas
pero el clima era perfecto.
Una de esas
escenas de película, en la que los personajes viven el típico cliché, de la
vida familiar perfecta. El libro que leía me tenia fascinada, y recuerdo el
capitulo que en ese momento repasaba. Desde entonces, las palabras de la autora
me quedaron grabadas. El texto decía: “no
es difícil decidir de qué quieres que se trate tu vida. La parte difícil es,
decidir a qué estás dispuesto a renunciar para poder hacer o vivir las cosas
que verdaderamente te importan”.
Un
enunciado brillante, en mi opinión. No vivimos en un mundo sencillo. La
sociedad nos ha impuesto parámetros muy elevados contra los cuales hay que
medirse a diario. Y por alguna extraña razón, hemos aprendido a llenar las
expectativas de otros y dejar de lado las propias.
Ciertamente,
sé sin duda alguna, de qué quiero que se trate mi vida. Moldeo esa escultura a
diario. Sin embargo, estoy consciente de que para lograr en su totalidad vivir
la vida que quiero vivir; tengo que renunciar a muchas cosas. Algunas, a las
que estoy dispuesta; otras a las que no tanto.
Poco a
poco, con los años, he logrado deshacerme de cosas y relaciones que no
aportaban nada bueno a la trama de mi vida. Que por el contrario, la dañaban,
la desnutrían o me estresaban al punto, de destruir lo que con trabajos había
logrado edificar.
Por ejemplo,
no soy Martha Stewart. No sé cocinar ni se hornear. Y por mucho tiempo, me estresó
mi incapacidad. Pues saber cocinar y
hornear era parte de los estándares que la sociedad me había impuesto al
convertirme en esposa y madre. Finalmente, renuncié a la idea. Pues seamos
realistas, ¿la cocina? Me importa un carajo. Mi hijo no crecerá y extrañará los
deliciosos platillos que le hacía cuando era pequeño. Que así sea. Puede extrañar a Deena y a Geo o a su tía Brenda
(nuestras reposteras estrella); no le guardaré resentimientos.
He logrado
salvar mi tiempo y no invertirlo en personas que encuentran negatividad en todo
a su alrededor. Que siempre tienen una crítica que hacer de otros o de mi
misma; que me hacen sentir mal o atentan contra mi salud emocional o mi –a veces
frágil- autoestima. Me he alejado de vampiros energéticos, aunque eso me haya
implicado cambiar de trabajo y de algunas relaciones personales.
Renuncié a
la idea de seguir intentando un embarazo que no estaba destinado a ser. Pues
eso, me desvió del camino de mi vida durante mucho tiempo. Estaba perdiendo mi
centro, el propósito de mi jornada. Renuncié y me costó MUCHO trabajo; incluso
más de lo que pensé.
Y así, con
el tiempo; sigo depurando y limpiando mi repertorio. Renunciando a todo
aquello, sea fácil o difícil, que represente un impedimento para vivir la vida
que quiero vivir.
Estas
fueron las primeras palabras que le escribí al 2012: “2012, bienvenido seas.
Permítenos demostrarte nuestra fortaleza, date la oportunidad de conocernos;
nosotros tenemos todas las intenciones de explorarte por 365 lunas. Si nos
tratas bien, te abrazaremos con el amor que construimos a diario. Pero si nos
tratas mal, prepárate para recibir batalla. Pues claro está, que a este ring,
no subimos para ser vencidos”.
100 puntos
a quien encuentre el error garrafal en ese texto…
¿No?
¿Nadie?... Escribí “permítenos DEMOSTRARTE”. Y ese ha sido el error que he
cometido muchas veces, durante lo largo, ancho y alto de mi vida. He tratado de
complacer al mundo, de DEMOSTRAR. Tal vez, sea eso en el fondo, lo que me hizo
más daño durante este difícil proceso de infertilidad. Toda mi vida, fui
enseñada a no darme por vencida. A demostrar que era fuerte, que era
perseverante. Ahora me atrevo a decir, que empiezo a entender que tal vez, no
eran tantas mis ganas de tener otro bebé, como mis ganas de vencer a aquello
que me lo impedía. De hacerlo TODO bien. De no rendirme. De no quedarme en el
camino. De demostrar. A mi misma y no se a quien más.
Para el
2013 no tengo un discurso. Ni una losa de compromisos que montarle sobre la
espalda. Ni al 2013 ni a mí. Pues me tomaré el año que está por comenzar, como
un año sabático. Un año en el que no viviré bajo los parámetros que se me han
impuesto, o que me he impuesto yo misma. Quiero que sea el año en el que
renuncie al mayor número de cosas, personas y/o situaciones que me impidan
vivir la trama correcta de mi vida.
Sé de qué
quiero que se trate de mi vida… Quiero mi vida se trate del amor y mi familia.
Que se trate de aventuras y exploraciones del mundo interior y exterior. Quiero
sentarme a mitad de la playa y comerme un buen pan de chocolate sin que me
importen las calorías, la arena entre mis manos o la hora del día. Que se trate
de los viajes que haremos en familia como fruto de nuestro trabajo. Que se base
en la diversión de los fines de semana, los desvelos curando gripas y de los
aplausos por los éxitos de mi hijo. Quiero que mi vida se trate de ése domingo
sentada junto a mi hijo leyendo un libro, mientras él juega con sus carritos y
su papá prepara bebidas para los tres.
Este 2013,
estoy dispuesta a renunciar a mis preocupaciones laborales después de mi
jornada de 8 horas. Prometo renunciar a las intenciones de ver mi casa ordenada
a la perfección y mi carro desempolvado todos los días del año. Me esforzaré en
renunciar a la sombra del fracaso que me acompaña por no haber podido darle a
Nico un hermano y a Luis un hijo más. Renunciaré a sentirme mal por no salir
con el cabello arreglado y el maquillaje impecable todas las mañanas.
Renunciaré a DEMOSTRAR.
2012, vete y llévatelo todo.
2013, entra sin prisas y ligero. No pongo nada
sobre tus hombros.
Ni sobre los míos.

