El
miércoles tomé la decisión ejecutiva de no regresar a la oficina después de la
hora de comida. Mi culpa de madre trabajadora ha crecido las últimas semanas de
manera exponencial. Siempre lo hace en los inicios de la temporada alta. Pero
especialmente este año, no sé si porque Nico ya está mucho más alerta de lo que
pasa a su alrededor; es cuando ha resentido mas mis ausencias.
Si a eso le
sumamos, que nuestra casa no ha visto “normalidad” las últimas semanas (entre
viajes y visitas); entiendo perfecto que Nico se sienta desubicado y un tanto
fuera de control. Aprovechando que mi suegra y mi cuñado se fueron a pasar el
día a La Paz, tuvimos la oportunidad perfecta de volver a nuestra normalidad vespertina por un momento.
Solo él y yo.
Pusimos
manos a la obra con nuestras tarjetas navideñas. Ya estamos un poco atrasados
en los envíos en comparación al año pasado, pero como sea, hay algunas tarjetas
que llegaron hace apenas un par de meses a sus destinos.
Son
increíbles las diferencias entre nuestras tarjetas del 2011 y éstas. Su
seguridad al dibujar y al escribir.
Un par de
horas después, quedamos satisfechos con los resultados. Ahora solo falta
meterlas en sus sobres, comprar los timbres y echarlas al buzón. Tendremos
tarea para el fin de semana.
En la
escuela, los niños fueron invitados a formar parte de la colecta de la UNICEF.
Cada uno recibió una cajita para pedir cooperación con la familia, vecinos y
amigos para la buena causa. Nico estuvo entusiasmado con la idea de ayudar y
salimos a caminar por el residencial en busca de donadores. Antes, preparamos y
memorizó un pequeño speech: “Buenas
tardes, represento a la UNICEF. Te gustaría cooperar para los niños que no
tienen regalos para esta Navidad? Gracias!”.
Debí
haberlo grabado, pero la verdad estuve demasiado ocupada derritiéndome al verlo
dar su explicación. La cajita ya esta pesada, pero todavía nos quedan algunos
días más para seguir buscando fondos. “También
eso es Navidad, verdad mami? Ayudar a los niños, y hacer felices a las
personas.” – me dijo mientras caminábamos de regreso a la casa. “Si, mi amor, eso es lo más importante.”-
Y entonces me volteó a ver como pensando, eso es lo más importante… junto con Santa y los juguetes.
Regresamos
a la casa, y la Navidad se sintió más que nunca cuando nos acurrucamos juntos
en el sillón de la sala junto al arbolito a ver una película animada sobre “La
historia de la Navidad”. Este año, Nico ha estado muy interesado en conocer
cómo sucedió todo. El Rey Herodes y la persecución de bebés, la burrita, Maria
y José, la estrella de Belén y el niño Jesús en el pesebre. Quiere detalles,
respuestas a preguntas filosóficas y mayor sentido de las cosas. Empieza a
indagar sobre las injusticias, la pobreza, la ironía del pequeño rey que nació
en un choza.
Su sed de
saber y aprender me empuja a seguir aprendiendo a mi también. A recordar
historias que ya había empolvado en mi memoria. A investigar, a comprar más
libros y a seguir alimentando su curiosidad por conocer todo. Me recuerda mucho
a mi. Recuerdo las mil preguntas por minuto que recorrían mi mente cuando era
niña.
Finalmente,
terminamos el día estrenando el plato y vaso navideños de este año. Estoy
segura que Nico va a recordar estos detalles cuando sea grande. Nuestras tardes
haciendo tarjetas navideñas, leyendo cuentos de Navidad y viendo videos de la
historia de Jesús; la cenas con sus platos alusivos.
Pero lo que
podría garantizar de manera absoluta que recordará es nuestra música navideña
de fondo. Me encontré esta joya en el istore y no me pude resistir.
“Eterna
Navidad”, señores. Mis hermanos y yo crecimos escuchando ese disco de vinil
cada Navidad. Nico se la ha pasado cantando a coro con Mijares y Tatiana desde
ayer. Esas canciones son lo máximo.
Las tareas
navideñas van a medias. Todavía nos falta preparar las bolsas de juguetes para
el DIF como cada año. Armar las bolsitas de dulces para regalar. Y por
supuesto, envolver regalos. Las vísperas navideñas me empalagan.
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