miércoles, 30 de enero de 2013

¿Parpadeé?

Recuerdo los primeros meses cuando Nico nació como si fuera ayer. LITERALMENTE, ayer. Durante DOS meses, lloré todos los días camino a la oficina cuando llegó la hora de volver al trabajo. Tal era mi dificultad para separarme de él. No podía quitarle los ojos de encima. Voy a confesarles algo que es 100% verídico. En más de una ocasión, metí a Nico a mi baño dormidito en su moisés para poder bañarme y no despegarle la vista. Dios nos ampare de que la criatura se quedara sola y dormida a SEIS pasos de mi (créanme, los conté) mientras yo me metía a bañar, ¿VERDAD?. ¿Qué tal si entra alguien y se lo lleva sin que me de cuenta? (Sin importar que la puerta principal esté cerrada con seguro y pasador Y que la puerta de mi cuarto también esté cerrada con seguro.) Era uno de mis pensamientos. ¿Qué tal si se despierta y se asusta y llora tanto que se ahoga? ¿Qué tal si mientras me baño se le tapa la nariz y no puede respirar bien? ¿Qué tal si un OVNI viene y lo sustrae? ¡PASA! ¡Esas cosas pasan de verdad, gente!
 
Esto es en serio, ésa era yo. Fui de esas mamás hasta que Nico cumplió los 6 meses y lo mandé a dormir a su cuarto y el angelito se recetó 10 horas de sueño seguidas. Fue ese día, en el que comprendí que mi hijo sabía perfectamente lo que hacía. Un espíritu libre e independiente y mucho más sabio que yo. Bien por él, si no, seguramente para estas alturas ya hubiera yo dado con el ingeniero que construyó la burbuja de “The Bubble boy” y tendría una réplica idéntica.
 
A partir de ese día me relajé. En la medida de lo posible, por supuesto. Y mucho, mucho más que mi hermana. Quien todavía me echa ojos de pistola cuando lo dejo cruzarse a la acera de enfrente de mi casa SOLO.
 
Pero nadie te prepara para verlos crecer. Para ACEPTAR que su madurez aumenta cada día, ocultándose con el sol y apreciándose un poco más evidente la mañana siguiente. Este es mi bebé. JURO POR DIOS que AYER así se veía. Explorando sus manitas y tomando leche de un biberón.
 
 
Bueno… ya no más. Porque ayer… oh ayer… alcanzamos uno de esos parteaguas nuevamente. Pues resulta que llegué a la casa después de la oficina y él estaba muy a gusto jugando con sus legos en su recámara. Ya bañadito y la pijama puesta, sin ninguna intención o voluntad alguna de salir de sus aposentos por el resto del día.
 
“Vamos, Nico. A dejar a Elsa a la parada de camión.”- le dije como acostumbro.
“No, mami. TU ve a dejar a mi Elsa. YO estoy jugando, y no quiero ir.” – me dijo, no de manera grosera pero si muy firme.
“¿Ah sí? ¿Te vas a quedar tu solo o qué?” – le contesté con mi sarcasmo.
“Si, mami… Aquí me voy a quedar y no me va a pasar nada. No te preocupes.”- me dijo con su vocecita tranquila y sus ojos profundos; esos con los que a veces me ve y pienso ‘este niño ha vivido muchas, muchas más vidas que yo.’
 
Titubeé por un instante… pero me mordí la lengua y accedí. Le pregunté 400 veces si estaba seguro, le recordé las reglas básicas de -no le abras a nadie – no te acerques a la estufa, ni al balcón- no salgas a la terraza- recuerdas como marcar mi número?-y nuevamente le volví a preguntar si estaba seguro. Sacando cuentas, entras las 800 veces que le pregunté yo y las 600 que le preguntó Elsa, creo que al final quedamos convencidas de que realmente el día había llegado.
 
Con el corazón a mil por hora, pero con una tranquilidad inexplicable encendí el motor de mi carro y me fui. Ahora, entiéndanme. Tiene solo CINCO años, lo sé. La parada de camión esta exactamente a 7 minutos (en cuatro ruedas) de mi casa. Por lo que únicamente me fui por 14 minutos, tal vez, por menos; pues cuando me di cuenta, ya manejaba a 110 km por hora en mi regreso.
 
En el camino, me marcó solo para comunicarme que estaba bien, viendo la tele y que no me preocupara. Gracias por las atenciones, Nico.
 
Y mi obsesiva-compulsiva interior pensaba: Este mismo niño que acaba de marcar a tu celular, es el mismo bebé al que no podías dejar de ver un solo momento y al que metiste al baño en numerosas ocasiones… numerosas ocasiones en las que no cerraste los ojos NI PARA ENJUAGARTE EL SHAMPOO por miedo a perderlo de vista. Es este mismo niño que lloró desconsoladamente en sus primeros días de clases al no querer separarse de ti, el que te dijo con suma seguridad que estaba listo para quedarse solo.
 
Y a mi regreso, me encontré con esto…
 
FATAL foto de blackberry, pero fue lo que tuve a la mano en ese momento.
 
Tenía hambre el rey… así que procedió a hacerse un sándwich con papitas y jugo. Es oficial, señores, mi hijo de hambre solo en la casa no se muere.
 
No supe que hacer más que írmele encima con un abrazo de oso. Verlo como si estuviera viendo a la mismísima Estatua de la Libertad cobrar vida y hacer un break dance. Asombrada, maravillada, aterrada, feliz, melancólica y absolutamente agradecida de tener el honor de vivir esto. Su vida.
 
¿Acaso parpadeé?  ¿Cómo es que los últimos años han parecido TAN largos pero cuando se refiere a Nico se sienten como tan solo unos escasos e insuficientes segundos?
 
No quiero parpadear más. Y por más que el futuro prometa cosas igual o más maravillosas que los últimos cinco años siento la necesidad de aferrarme aun más fuerte a cada segundo que paso con él. De memorizar su risita y las curvas de sus deditos sin error alguno. De llenarme de su presencia, sus ocurrencias y su energía. De observarlo mientras duerme y ver como su pechito se encoge y se levanta con ritmo y suavidad. De ver mi reflejo en esos ojitos indiscretos que me estudian mientras me arreglo frente al espejo. De perderme en su mirada color aceituna-gris-miel-chocolatosa y entrar por ese pequeño lunarcito verde en su pupila derecha (estoy convencida de que es la puerta de entrada a su alma) y disfrutarlo mientras todavía pueda llamarlo mío; aunque muy en el fondo sepa que nunca lo ha sido ni lo será.
 
Mamás, no parpadeen. Eso es todo lo que se necesita para mirar de nuevo y darse cuenta de que su bebé ya puede quedarse solito en casa por un rato.  

lunes, 28 de enero de 2013

La primera clase de música

Hay muchas cualidades que admiro sobre mi hijo. Pero creo que una de mis favoritas es su sed de aprender. Su curiosidad por descubrir todo lo que el mundo sostiene para él. Adoro sus preguntas, incluso cuando me agarra en curva y no tengo una respuesta inteligente que darle. Pero sobre todo las disparatadas. Como hoy por la mañana cuando nos acurrucábamos todavía en la cama antes de empezar el día y me dijo: “¿Mami, puedes dejar de hacer eso?”-“ ¿Qué cosa?”– le pregunté sin entender. “Eso que haces… de cerrar los ojos tantas veces. ¿Por qué lo haces? Yo no lo hago.”
 
Se refería a parpadear. Solté una carcajada junto con Luis, que merodeaba cerca. Le aclaré que él TAMBIEN parpadeaba, aunque pensara que no. Y volví a reírme cuando de algún lugar de mi memoria extraje el recuerdo de haberle hecho la misma pregunta a mi mamá en algún momento. Estoy casi segura que lo hice. Nico me recuerda a mi muchas veces. Tengo fe que por ser hombre, su cerebro no termine siendo tan complicado como el mío.
 
Como sea, es uno de sus mejores atributos. Uno que incluyo en mis oraciones que no pierda nunca. Esa emoción por aprender cosas nuevas. Por entender cómos y por qués.
 
Hace un tiempo ya que me había dicho que quería aprender a tocar TODOS los instrumentos. Que si le podía enseñar yo a hacer música. Evidentemente, soy la persona menos apta o calificada para esa tarea. Por más esfuerzos que hice en mis clases de piano, ni una nota atravesó mi espesa masa encefálica. Apuesto que fue una grandísima decepción para mi madre. “Bueno…” – seguro pensó. “Por lo menos tengo dos hijos que no son tarados como ésta…” – ha de haber sido su consuelo. (Juro mamita, no ser tan tarada muy en el fondo. Prometo un día, cuando escriba un libro, hacerla sentir tan orgullosa con mis letras como lo hicieron mis hermanos con su música.)
 
Pues efectivamente, tengo dos hermanos que encontraron algo que yo no pude en la música. Mi hermana tocó el violín durante un buen tiempo. Y mi hermano, bueno, ése es músico de corazón y de por vida. He sido testigo de cosas increíbles en mi vida, pero con respecto a mi hermanito; nunca olvidaré ésta.
 
Tenía probablemente unos 8 o 9 años, cuando le pidió a mi mamá si podía pagarle clases de guitarra. Mi hermano no brillaba por su excelencia en la escuela, ni tampoco en los deportes. Pero siempre hubo algo en él, una chispita en sus ojos que lo hacía diferente. Mi hermanito es una persona sumamente inteligente (a su propio estilo) y muy, muy, muy suertudo. Ha tenido buena suerte toda su vida.
 
Mi mamá accedió –por supuesto- a las clases de guitarra. Y entonces, un viejito empezó a ir a darle clases particulares a la casa. Fue ahí cuando sucedió. Uno de esos parteaguas de los que a veces hablo. Fui testigo de cómo mi hermanito encontró su pasión. De cómo su mojo llegó en forma de notas musicales a su vida. A partir de entonces, fue imposible separar a mi hermano de la guitarra. De la música en general. Sus calificaciones mejoraron al estar condicionadas y directamente relacionadas a esa vieja guitarra.
 
Lo vi crecer componiendo su propia música, tocando instrumentos sin necesitar una sola lección para aprenderlos. Vi en sus ojos construir su identidad alrededor de lo que lo hacía feliz. Cantando, tocando, componiendo; ganando concursos escolares.
 
La semana pasada, llevé a Nico a su primera clase de música. Iniciación musical, le llaman. Íbamos por una clase prueba. Emocionado y nervioso, esperó sentadito la llegada de su maestro. Yo le prometí estar ahí todo el tiempo, mientras él tomaba su primera clase. Y así fue.
 
 
Alcancé de manera muy ilegal a escurrirme cerca de la salita donde estuvo durante una hora. Tocando el piano, la guitarra, la batería y el violín. Escuché como lo presentaron con los altos y los bajos y el Do-Re-Mi-Fa-Sol-La-Si.
 
 
Salió sonriendo de oreja a oreja, tal como lo esperaba. “¿Qué te pareció, Nico? ¿Te quedas?” – le preguntó su profesor. “Me quedo.” – dijo sin titubear, buscando mis ojos para la aprobación final.
 
 
Pasó la siguiente media hora platicándome lo que aprendió. Indeciso sobre su instrumento favorito. Imaginándose que en unas clases más, estará tocando como el mismo Mozart. Por su edad, se trata de dejarlo explorar todos los instrumentos, hasta que poco a poco, él encuentre su verdadera inclinación. Esa noche, recé por que la inclinación no sea hacia la batería. Pero sobre todo, le pedí a Dios que me siga dando los medios para poder darle la oportunidad de probarlo todo.
 
De que aprenda cualquier cosa que desee. De que encuentre sus pasiones y las explote. Tal como sucedió con la natación. Tal como le sucedió a mi hermano con la guitarra. Tal como me sucedió a mí con la letras y el baile. De tener siempre la paciencia y el discernimiento de apoyarlo en sus sueños. Aunque impliquen sacrificios para ambos. Le pedí a mi Padre que me ayude a ser una buena entrenadora para sus alas. Asegurarme de que las ejercite lo suficiente y con los movimientos adecuados. Y que el día que le toque volar sin ayuda; lo haga lejos, lejos y alto, alto y con toda la fuerza y la confianza que se necesita.
 
Así que aquí estamos. Empezando una nueva aventura. Aprendiendo un nuevo idioma entre corchetes y bemoles. Aprendiendo el solfeo y tarareando la música de nuestra aventuras.  
 
La música se ha hecho para lo inexpresable ~ Claude Debussy


 

viernes, 25 de enero de 2013

Mamás desayunadoras

Existen en todas las escuelas. En todos los grados escolares y por supuesto, en cada salón. Son aquellas afortunadas o desafortunadas mujeres que no tienen un trabajo de oficina, un horario fijo, o una responsabilidad formal fuera de mantener su casa como se debe. Son aquellas madres a las que yo he llamado siempre mamás desayunadoras.
 
Estos grupos de encantadoras señoras, son aquellas organizadoras del típico “desayunito después de dejarlos en el colegio, ¿noooo?”. Esto ocurre cada determinado tiempo. Tal vez cada semana, cada mes o cada par de meses.
 
He sido invitada a formar parte de estas amenas charlas matutinas sobre una buena taza de café durante cuatro años. Desde el día que Nico hizo su triunfal iniciación en el maratón escolar. Nunca había podido ir. Entendamos que prefiero utilizar esos comodines de la oficina para los festivales, excursiones y parecidos. Sin embargo; es con orgullo, estimados lectores, que comparto con ustedes que el día de hoy por primera ocasión fui parte del místico grupo de las mamás desayunadoras.
 
Insertar ovación de pie –
 
Pero este no era un desayuno social. No. Esta era una verdadera junta de trabajo para organizar los eventos relacionados con la graduación de nuestros pequeños. Así es… este momento ha llegado. Mi bebé esta a 6 meses de graduarse por primera vez. Su graduación de Prepri. Y ni siquiera entraré en detalles de los sentimientos que alberga mi corazón al respecto, porque no estoy preparada para darle salida a esas emociones aún.
 
Así pues, temprano por la mañana llegué lista con mi libreta de apuntes decidida a tomar minuta de los acontecimientos. Hubo panecito, café (té en mi caso) y lluvia de ideas. El plan para la fiesta de clausura está decidido. Y les puedo decir que esos niños van a tener la mejor pachanga de su corta vida. Llegó el momento de tocar el punto del anuario. ¿Quién tiene fotos desde el día uno? Esa vendría siendo yo, señores. Es el anuario en el que me tocará invertir mis esfuerzos en conjunto con otras mamás.
 
Tenemos la fortuna de haber hecho una generación de niños muy unida. Y eso hace aún más difícil reconocer que hemos llegado a ese punto del camino en el que lamentablemente, cada quien toma rumbos diferentes. Unos se quedan, otros nos vamos. Y el sentimiento se hace agrio. Y a la vez, esa fue la pauta de motivación para todos los presentes en hacer esta graduación sumamente especial.
 
Hablamos de decoraciones, de togas y birretes, de playeras del recuerdo. ¿Y qué importa si es apenas preprimaria? La vida se celebra hoy, pues mañana quien sabe. Estoy emocionada, estoy triste, estoy aterrada y estoy feliz. Estamos alcanzando metas. Nico sigue creciendo.
 
Y así terminó mi experiencia de mamá desayunadora el día de hoy. Sonriendo con un grupo de mamás con las que he crecido y experimentado los últimos 4 años de mi vida. Siendo testigo de los logros de sus hijos de la mano con los del mío. Apostándole a la vida a través de la educación y los valores de una buena amistad. Compartiendo una mesa llena de ideas, de deseos y de planes; pero sobre todo de la voluntad y el amor de hacer por nuestros hijos lo mejor que podemos. Organizándoles el final de una era de una forma inolvidable.  
 


jueves, 24 de enero de 2013

Niqui para siempre

¿Les ha pasado que están viviendo en un día que no es? ¿Digamos, que es jueves pero ustedes viven pensando que es viernes hasta que alguien llega y revienta su burbuja de manera cruel?
 
¿O tal vez que es 24 de Enero pero que ustedes llegan a su oficina por la mañana, hacen facturas y cheques poniéndole fecha de 22 de Enero hasta que se les ocurre voltear a ver su calendario tamaño jumbo que abarca toda media pared y finalmente se dan cuenta de su error?
 
A mí me pasa más seguido de lo que me gustaría reconocer. Y me pasó justo hoy. HOY. O más bien, justo esta semana, porque después de llevarme el fiasco del día, me puse a recapitular mi vida y mis papeles y me di cuenta que he vivido atrasada dos días toda la semana.
 
Hoy es 24 de Enero. El 24 de Enero es cumpleaños de Elsa. Pero según mi cerebro, hoy era 22 de Enero; por lo tanto, el 24 de Enero seria el sábado. Y entonces, yo tengo desde el fin de semana planeando toda mi logística de celebración para mañana viernes.
 
Pero claro, la vida… la vida… puede ser una verdadera arpía. Y hoy, se rio de mi a carcajadas, cuando por ahí de la 1 de la tarde brinqué de mi escritorio tirando a mi paso mi calculadora, mi botella de agua y una pila de papeles al darme cuenta de que HOY era el día D.
 
Me lleva la @#$^&^%R&. OK. Respira. Hay tiempo. Pastel. Unas flores. El globo. Nico. Sorpresa. Lo saco temprano de la escuela y llegamos de sorpresa. Si. Porque te quedas ahí pasmada. C-O-R-R-E-
D-U-L-C-E-C-I-T-O.
 
No tenía mi cámara a la mano cuando llegamos. ¿Pero sus caras? De ambos, no tenían precio.
 
 
Terminamos de comer y Nico corrió a buscar en el cajón las velitas, los gorritos y las servilletas de fiesta. “Yo voy a adornar todo.” – nos anunció mi pequeño party planner. Cuando tuvo todo listo, le canto a su Elsa a todo pulmón Las Mañanitas y Happy Birthday.
 
 
¿Qué vas a pedir de deseo, Elsa? Yo sé uno! ¿Por qué no pides tener a Niqui siempre? –
Siempre, mi Niqui… - soltó Elsa una carcajada.
 
 
El obsesivo de los cumpleaños no se pudo quedar con las ganas de darle una mordida al pastel. Tendremos que enseñarlo a controlar sus impulsos, antes de que se convierta en preocupante protagonismo… Pero no hoy.
 
 
Hoy sentía la celebración suya y lo entiendo. Finalmente, es SU Elsa.
 
 
La misma que ayer me dijo con serenidad y convicción: “Pues Dulce, vamos a ver dónde va a querer estudiar Niqui cuando crezca; espero que no sea en un lugar muy frio.”
 
 
Me le quedé viendo fijamente por unos segundos y las dos soltamos la carcajada al mismo tiempo. Si… las dos nos imaginamos yendo a la Universidad con él. No… ninguna de las dos lo va a traumatizar de semejante manera. Pero le salió del alma.
 
 
Hoy cumplió 53 años de vida, la mujer que ha invertido los últimos 5 en alimentar el estomago, la sonrisa y el alma de mi hijo. No hay suficiente azúcar en un pastel, no hay suficiente helio en un globo ni hay suficiente perfume en un ramo de flores que se compare a la inmensa gratitud que mi corazón siente hacia ella.
 
 
Feliz cumpleaños, Elsa. Gracias por existir.

miércoles, 23 de enero de 2013

Desde el asiento trasero

Manejaba ayer por la tarde en piloto automático, con Nico en el asiento trasero. Él me contaba una historia sobre su día en el kínder y yo decía -Si? Mmh.. Wow!- sin poner mucha atención a sus palabras. Estaba ahí, pero en realidad, mi mente estaba en otro lado.
 
“Mami? Mami!”– me gritó Nico y me sacó de mi ensimismamiento. “Que porque no traemos música. Que si me pones música, por favor.”- En casa nos regimos con la música. Desde que recuerdo. Así era cuando yo era pequeña. Así sigue siendo hoy. Nico canta y tararea hasta en las situaciones menos ortodoxas, como cuando hace pipí por poner un ejemplo. Cuando nos subimos al carro, encender el ipod es casi tan obligatorio como ponerse el cinturón. Pero ayer… ayer tenía ganas de estar en silencio.
 
“No Nico… estoy cansada. No me siento bien… no tengo ganas de escuchar música ahorita… está bien?”- le dije, tratando de sonar lo más amigable posible.
 
“¿Estás enferma, mami? ¿Tienes que ir con el doctor?”- escuché su vocecita y vi sus ojitos por el retrovisor. Me orillé en el acotamiento a mi derecha, puse el carro en neutral y volteé a verlo. “No, mi amor. No estoy enferma. Solo estoy teniendo un mal día. Pero no te preocupes. Todo está bien.” – le aseguré sonriendo.
 
“Mami, ya sé que puede poner muy bien tu día…” – me dijo con sus ojitos llenos de emoción. “¡Pon en tu imaginación cuando vayamos a acampar con mis ninos!”- y solté la primera (tal vez la única) carcajada de mi día. Tomé el ipod y busqué la canción que sabía que quería escuchar, le puse play y seguimos nuestro camino.
 
En la noche, mientras le ponía la pijama me preguntó: “¿Mami, ya te sientes bien?”-  “Si, pequeñito. Gracias.” – le contesté mintiendo.
 
 “¡Mami, no puedo esperar para ir a acampar con mis ninos al bosque!” – me confesó emocionado, con su mirada viendo a lo lejos, como imaginándose perfectamente la escena. “Yo tampoco, Nico.” – le dije en secreto.
 
Y así, una vez más, Nico me recordó que los días malos son solo eso. Y que tenemos muchas cosas prometedoras que esperan por nosotros. Que lo mejor que puedo hacer en esos días difíciles, es aferrarme a las buenas emociones, a las personas que amamos. A las aventuras maravillosas que siempre están por venir. Me recordó lo importante que es hablarle de nuestra familia aunque esté lejos para que los sienta cerca. Me recordó que lo estamos haciendo bien.
 
También me recordó que la música no debe dejar de sonar solo porque yo no quiero escucharla. Me recordó que a muchos kilómetros de aquí, tenemos guardada una dosis concentrada de momentos increíbles. Pero sobre todo, me recordó que ningún día puede ser tan malo teniéndolo a él en el asiento de atrás. Siempre atento, siempre receptivo, siempre con una solución para mejorar mi día.
 
 
Compadres, enverdezcanme ese bosque. Su ahijado "no puede esperar".
 

martes, 22 de enero de 2013

Los días malos

Poseo un cerebro complicado. En serio. Encima de ya poseer por default un cerebro difícil por el simple hecho de ser mujer y nuestra natural y maravillosa tendencia al drama y a sobre-analizarlo TODO; de verdad, estoy segura que estoy sobre el promedio. Y eso no es algo bueno.
 
Estoy teniendo un mal día.  En todos los aspectos, pero en realidad, en ninguno. Todo está bien. Si bien, en verdad existe. Y a veces me pregunto de manera muy honesta ¿por qué tengo que complicarme la vida más allá de lo necesario?. Todos tenemos malos momentos. Todos tenemos un lugar oscuro, al que evitamos ir; excepto cuando no lo evitamos y al que por el contrario, vamos con gusto y tarareando una canción; como buenos masoquistas.
 
Observo a mi alrededor y estoy consciente de que no tendría razones para quejarme de estar teniendo un mal día. De verdad, no las tengo. Pero la realidad es que si. Estoy teniendo un mal día. Estoy visitando ese lugar oscuro, privado y tenebroso al que de manera regular mantengo bien cerrado con una cadena y un candado de esos que se tienen que abrir forzosamente con llave y con combinación. Me paré frente a esa puerta en la mañana leyendo los anuncios de precaución que yo misma le he puesto: ‘PELIGROSO. NO ENTRAR.’, ‘CUIDADO CON LA BESTIA.’, ‘ENTRA BAJO TU PROPIO RIESGO.’, ‘SI ENTRAS, AGUANTATE.’
 
Y por alguna extraña razón, agarré mi llave y boté el candado. ¿Para qué, es tu pregunta? También la mía. No lo sé. Pero heme aquí. En este lugar prohibido, que es solo mío y del que por alguna razón me cuesta trabajo mantenerme alejada. Este espacio oscuro que jamás, ni en mis peores pesadillas, pensé que tendría. Donde literalmente, me cuesta respirar. Donde moverme se torna muy complicado porque existe un peso muy grande que lo impide. Donde muchos sentimientos se encuentran y me petrifican. Y aquí permanezco, inmóvil y en silencio; observando de reojo a la bestia. Disfrazando mi sonrisa con una mueca, al verla un poco más flaca. Y tratando de ocultar mi rabia al verla a ella disfrazar la suya. Insegura de su futuro pero certera de su presente.
 
Esto es, a lo que yo llamo días malos. Esos días en lo que casi ajena a mi voluntad; camino por ese pasillo que separa mi maravillosa vida de mi lugar oscuro. Abro la puerta y la cierro detrás de mí; dejando mi presencia en automático para el resto del mundo; sabiendo secretamente, donde me encuentro en realidad.  
 
Finalmente las horas pasan. El dolor se equilibra hasta que se entume. Y entonces, espero esa llamada. Ese dedo en mi hombro que me saca de mi trance diciendo: “Ya fue suficiente. Anda, vete.”. Me sobresalto, asiento y camino pausadamente hacia la misma puerta por donde entré. A veces, sin mirar atrás. A veces, recorriendo el espacio y preguntándome si esta si será la última vez que lo visite.
 
Salgo, asegurándome de apretar bien la cadena y cerrar bien el candado. Volteo y la luz me encandila. Mi respiración empieza a ser menos forzada y empiezo a sentirme más ligera conforme mis pasos avanzan sobre el pasillo. Finalmente, regreso a mi lugar. A la luz. Suspiro de alivio y de alegría sabiendo que he vuelto a mi realidad. Sabiendo que solo fue un mal día. Y que ya terminó.

lunes, 21 de enero de 2013

Pequeños “etisorios”


Etisorio: dícese de un sustantivo inventado por Nico que hace referencia a la palabra real “episodio”. Ejemplos: Van a pasar un etisorio nuevo de ‘Jake y los piratas’ el próximo domingo. / Me perdí el etisorio por tu culpa. / Ese etisorio ya lo vi muchas veces.
 
 
Etisorio 1: Plantados en el Burger King.
 
El viernes por la tarde, tuvimos una invitación para reunirnos con una amiguita de Nico y su mamá en BK. Yo considero el área de juegos de BK el lugar más estresante y maloliente sobre la faz de la Tierra. En pocas y llanas palabras: me choca ir a BK. Pero todo sea por la criatura.
 
Nuestra cita era a las 6.30 pm. Llegamos en tiempo y forma directo a caja a comprar el tradicional ‘paquete amiguito’ de 6 pollitos, papas y refresco (los dos productos finales termino comiéndomelos yo, porque el peculiar de mi hijo, no toma refresco ni es fan de las papas fritas). Pasaron veinte minutos cuando decidí enviarle un mensaje a nuestra ausente compañía. La mamá me respondió que no podrían llegar, las razones salen sobrando para efectos de este post.
 
 
Inmediatamente, sentí mi corazón asentarse en la boca del estómago. No sé si sea mala suerte, o si de plano tengamos que considerar cambiar de amistades (jaja) pero no es la primera vez que nos sucede. Que nos dejen plantados. Que los planes cambien. Así es la vida, cosas pasan, no siempre se pueden. Yo entiendo eso, tengo 30. ¿Mi hijo? Mi hijo no. El tiene 5 y muchas muchas ganas de jugar… SIEMPRE.
 
 
Sabía que me esperaba la carita de decepción y tristeza más grande de mi semana. No existe PEOR impotencia para mi, que no poder hacer nada al respecto. Son estas las desventajas de tener únicamente un hijo. Las desventajas que rompen el corazón. Las preguntas que dan el tiro de gracia no se hicieron esperar: ¿por qué siempre tengo que jugar solito? ¿por qué no tengo un hermanito como los demás?
 
Y la bestia se levanta. Y agarra el cuchillo y lo entierra, una, dos, tres, cuatro veces. Y tropiezo entre explicaciones y palabras que no tienen sentido. Y termino diciendo lo que Nico ODIA escuchar: “no pasa nada Nico, también es divertido jugar solo…”. Y es entonces, cuando voltea a verme fijamente  a los ojos... seguramente listo para responder algo como: “ ¡¿y tú que sabes?! ¡NO, NO ES DIVERTIDO!” – y es tal vez cuando alcanza a leer la tristeza en los míos. Es tal vez, cuando nuestras miradas se funden en un entendimiento silencioso y en lugar de abrir su boca, abre sus brazos; me abraza fuerte, me da un beso, finge una sonrisa y corre a jugar… solito.

 
No es algo que nos pase diario. Pero nos pasa. Y cuando sucede, no es fácil. No es fácil explicarlo, no es fácil manejarlo, mucho menos sentirlo. Pertenecemos a un número reducido de familias de hijos únicos. Y es sumamente difícil. Difícil buscarle compañía (entendemos que cada quien tiene su vida y sus planes personales, especialmente los fines de semana.). Difícil explicarle razones que ni nosotros entendemos. Difícil aceptar su soledad. Difícil no haberle podido dar una infancia diferente.

 

Etisorio 2: Quesitos y salchichichitas

 
Esta combinación de alimentos versátil y maravillosa (aplica para lunch, desayuno y cena), conocida en nuestro menú familiar como “quesitos y salchichitas” es una opción popular en el gusto gastronómico de Nico. Pero el degustador tiene exigencias específicas que hay que cumplir. Estándares de calidad, si así prefieren llamarlo.
 
 

La cantidad de salchichitas (debidamente doradas en mantequilla) debe ser directamente proporcional a la cantidad de quesitos. Ni uno más, ni uno menos. Esto es, 16 salchichitas con sus respectivos 16 quesitos; para combinar y pinchar como brocheta con el tenedor. Freaked out yet?
 

 



Etisorio 3: Al que no le gusta perder.

 
El sábado se suscitó un espontáneo torneo de futbolito en las inmediaciones de nuestro comedor.
 
 
El marcador permite 10 goles por jugador. Y por supuesto, Luis le ganó a Nico. Esta es la posición que adopta mi hermoso y exorbitantemente MALISIMO perdedor.
 
Amemos su combinacion, por favor.
 
Luis y yo tenemos que aguantarnos la risa.
 
 
Afortunadamente, las indignaciones le duran un minuto. Y entonces, está listo para el segundo partido. Tengo que reconocer, que Luis nos acomodó una paliza a ambos.
 
 


Etisorio 4: Caminando por la playa.
 
El frío de la semana pasada se esfumó como por arte de magia el sábado. El clima perfecto nos arrastró hasta la playa. Caminamos como una hora, tranquilos y sin prisas. Respirando el aire fresco y sintiendo los rayos del sol que –increíble pero cierto- extrañamos la semana anterior.
 

Y no, la foto no esta editada. Los azules son REALES.

 
De vez en cuando, sin que Nico se de cuenta, corro a su cuarto por algunos lentes chistosos y me los pongo. A veces, pasan cinco, diez, quince minutos sin que se de cuenta que los traigo puestos. Y de repente, lo escucho soltar la carcajada mientras le hablo como si no supiera de que se ríe.
 
 
Ellos se fueron a explorar entre las piedras, mientras yo me senté un rato a escuchar las olas. Después de una semana de mucha quema de neuronas, tal vez fue por tan solo un par de minutos, pero logré poner mi mente en blanco. Qué ejercicio tan difícil. Y qué resultados tan satisfactorios. Me levanté más ligera.
 
 


Etisorio 5: Mi hijo adolescente/Mi hijo el mini-Alan
 
El sábado tuvimos una piñata. Una de esas a las que vamos cada año sin falta. Y que cuando llega la invitación decimos:  ¡¿Qué?! ¡¿Ya pasó un año?!. Así que por la tarde, Nico se dispuso a darse un “baño relajante” (material total para un post individual) y posteriormente, a cambiarse para la fiesta. Les presento a mi hijo de 16 años:
 
 
Ya lo veo venir. Puedo verlo convertido en adolescente. Uno que se va a parecer de manera absurda a mi cuñado menor.
 
 
Ah, mi Niqui… ¿qué voy a hacer contigo? ¿Te pondré un ladrillo en la cabeza?
 
 


Etisorio 6: Nieve dominguera y “¿adivina quién?”
 
No nos caracterizamos por mucha variedad de opciones de recreación en este pequeño paraíso. Pero las pocas que tenemos, las mantenemos bien localizadas. Una de ellas es un “frozen yogurt club” en el que además de comer nieves deliciosas y bajas en grasa; puedes pasar horas con juegos de mesa. Además, tienen un anaquel de libros, que es mi sueño dorado; y cada que vamos, digo lo mismo: “ese anaquel de libros, es mi sueño dorado”.
 
 
Ahí terminamos nuestro fin de semana, con una nieve de yogurt sabor vainilla-capuccino y una ronda de juegos de “¿adivina quién?”. Mi hermana y yo pasábamos HORAS jugando cuando éramos chicas. La vida es una tómbola. Quien iba a pensar que un día lo jugaría con mi propio hijo…
 
 
 
 
Y esos fueron, en resumen, los etisorios mas importantes de nuestro fin de semana. Es lunes… y por ahí leí en el status de facebook de una amiga “el lunes lo único que me sale bien, es ser muy m@m#n@”. No puedo negarlo, me identifiqué. Have a good one.