Recuerdo
los primeros meses cuando Nico nació como si fuera ayer. LITERALMENTE, ayer.
Durante DOS meses, lloré todos los días camino a la oficina cuando llegó la
hora de volver al trabajo. Tal era mi dificultad para separarme de él. No podía quitarle
los ojos de encima. Voy a confesarles algo que es 100% verídico. En más de una ocasión,
metí a Nico a mi baño dormidito en su moisés para poder bañarme y no despegarle
la vista. Dios nos ampare de que la criatura se quedara sola y dormida a SEIS
pasos de mi (créanme, los conté) mientras yo me metía a bañar, ¿VERDAD?. ¿Qué tal si entra alguien y se lo lleva sin
que me de cuenta? (Sin importar que la puerta principal esté cerrada con
seguro y pasador Y que la puerta de mi cuarto también esté cerrada con seguro.)
Era uno de mis pensamientos. ¿Qué tal si
se despierta y se asusta y llora tanto que se ahoga? ¿Qué tal si mientras me baño
se le tapa la nariz y no puede respirar bien? ¿Qué tal si un OVNI viene y lo
sustrae? ¡PASA! ¡Esas cosas pasan de verdad, gente!
Esto es en
serio, ésa era yo. Fui de esas mamás hasta que Nico cumplió los 6 meses y lo mandé
a dormir a su cuarto y el angelito se recetó 10 horas de sueño seguidas. Fue
ese día, en el que comprendí que mi hijo sabía perfectamente lo que hacía. Un espíritu
libre e independiente y mucho más sabio que yo. Bien por él, si no, seguramente
para estas alturas ya hubiera yo dado con el ingeniero que construyó la burbuja
de “The Bubble boy” y tendría una réplica idéntica.
A partir de
ese día me relajé. En la medida de lo posible, por supuesto. Y mucho, mucho más
que mi hermana. Quien todavía me echa ojos de pistola cuando lo dejo cruzarse a
la acera de enfrente de mi casa SOLO.
Pero nadie
te prepara para verlos crecer. Para ACEPTAR que su madurez aumenta cada día, ocultándose
con el sol y apreciándose un poco más evidente la mañana siguiente. Este es mi bebé.
JURO POR DIOS que AYER así se veía. Explorando sus manitas y tomando leche de
un biberón.
Bueno… ya
no más. Porque ayer… oh ayer… alcanzamos uno de esos parteaguas nuevamente.
Pues resulta que llegué a la casa después de la oficina y él estaba muy a gusto
jugando con sus legos en su recámara. Ya bañadito y la pijama puesta, sin
ninguna intención o voluntad alguna de salir de sus aposentos por el resto del día.
“Vamos, Nico. A dejar a Elsa a la parada de camión.”- le dije como acostumbro.
“No, mami. TU ve a dejar a mi Elsa. YO estoy
jugando, y no quiero ir.” – me dijo, no de manera grosera pero si muy firme.
“¿Ah sí? ¿Te vas a quedar tu solo o qué?” – le contesté con mi sarcasmo.
“Si, mami… Aquí me voy a quedar y no me va a pasar
nada. No te preocupes.”- me dijo con su vocecita tranquila y sus ojos profundos; esos con los
que a veces me ve y pienso ‘este niño ha
vivido muchas, muchas más vidas que yo.’
Titubeé por
un instante… pero me mordí la lengua y accedí. Le pregunté 400 veces si estaba
seguro, le recordé las reglas básicas de -no
le abras a nadie – no te acerques a la estufa, ni al balcón- no salgas a la
terraza- recuerdas como marcar mi número?-y nuevamente le volví a preguntar
si estaba seguro. Sacando cuentas, entras las 800 veces que le pregunté yo y
las 600 que le preguntó Elsa, creo que al final quedamos convencidas de que
realmente el día había llegado.
Con el corazón
a mil por hora, pero con una tranquilidad inexplicable encendí el motor de mi
carro y me fui. Ahora, entiéndanme. Tiene solo CINCO años, lo sé. La parada de camión
esta exactamente a 7 minutos (en cuatro ruedas) de mi casa. Por lo que únicamente
me fui por 14 minutos, tal vez, por menos; pues cuando me di cuenta, ya manejaba
a 110 km por hora en mi regreso.
En el
camino, me marcó solo para comunicarme que estaba bien, viendo la tele y que no
me preocupara. Gracias por las
atenciones, Nico.
Y mi
obsesiva-compulsiva interior pensaba: Este
mismo niño que acaba de marcar a tu celular, es el mismo bebé al que no podías
dejar de ver un solo momento y al que metiste al baño en numerosas ocasiones…
numerosas ocasiones en las que no cerraste los ojos NI PARA ENJUAGARTE EL
SHAMPOO por miedo a perderlo de vista. Es este mismo niño que lloró
desconsoladamente en sus primeros días de clases al no querer separarse de ti,
el que te dijo con suma seguridad que estaba listo para quedarse solo.
Y a mi
regreso, me encontré con esto…
![]() |
| FATAL foto de blackberry, pero fue lo que tuve a la mano en ese momento. |
Tenía
hambre el rey… así que procedió a hacerse un sándwich con papitas y jugo. Es
oficial, señores, mi hijo de hambre solo en la casa no se muere.
No supe que
hacer más que írmele encima con un abrazo de oso. Verlo como si estuviera
viendo a la mismísima Estatua de la Libertad cobrar vida y hacer un break
dance. Asombrada, maravillada, aterrada, feliz, melancólica y absolutamente
agradecida de tener el honor de vivir esto. Su vida.
¿Acaso parpadeé?
¿Cómo es que los últimos años han
parecido TAN largos pero cuando se refiere a Nico se sienten como tan solo unos
escasos e insuficientes segundos?
No quiero
parpadear más. Y por más que el futuro prometa cosas igual o más maravillosas
que los últimos cinco años siento la necesidad de aferrarme aun más fuerte a
cada segundo que paso con él. De memorizar su risita y las curvas de sus deditos
sin error alguno. De llenarme de su presencia, sus ocurrencias y su energía. De
observarlo mientras duerme y ver como su pechito se encoge y se levanta con ritmo
y suavidad. De ver mi reflejo en esos ojitos indiscretos que me estudian
mientras me arreglo frente al espejo. De perderme en su mirada color aceituna-gris-miel-chocolatosa y entrar por ese pequeño lunarcito verde en su pupila derecha
(estoy convencida de que es la puerta de entrada a su alma) y disfrutarlo
mientras todavía pueda llamarlo mío; aunque muy en el fondo sepa que nunca lo
ha sido ni lo será.
Mamás, no
parpadeen. Eso es todo lo que se necesita para mirar de nuevo y darse cuenta de
que su bebé ya puede quedarse solito en casa por un rato.


