Hay muchas
cualidades que admiro sobre mi hijo. Pero creo que una de mis favoritas es su
sed de aprender. Su curiosidad por descubrir todo lo que el mundo sostiene para
él. Adoro sus preguntas, incluso cuando me agarra en curva y no tengo una
respuesta inteligente que darle. Pero sobre todo las disparatadas. Como hoy por
la mañana cuando nos acurrucábamos todavía en la cama antes de empezar el día y
me dijo: “¿Mami, puedes dejar de hacer
eso?”-“ ¿Qué cosa?”– le pregunté sin entender. “Eso que haces… de cerrar los ojos tantas veces. ¿Por qué lo haces? Yo
no lo hago.” –
Se refería a
parpadear. Solté una carcajada junto
con Luis, que merodeaba cerca. Le aclaré que él TAMBIEN parpadeaba, aunque
pensara que no. Y volví a reírme cuando de algún lugar de mi memoria extraje el
recuerdo de haberle hecho la misma pregunta a mi mamá en algún momento. Estoy
casi segura que lo hice. Nico me recuerda a mi muchas veces. Tengo fe que por
ser hombre, su cerebro no termine siendo tan complicado como el mío.
Como sea,
es uno de sus mejores atributos. Uno que incluyo en mis oraciones que no pierda
nunca. Esa emoción por aprender cosas nuevas. Por entender cómos y por qués.
Hace un
tiempo ya que me había dicho que quería aprender a tocar TODOS los
instrumentos. Que si le podía enseñar yo a hacer música. Evidentemente, soy la
persona menos apta o calificada para esa tarea. Por más esfuerzos que hice en
mis clases de piano, ni una nota atravesó mi espesa masa encefálica. Apuesto
que fue una grandísima decepción para mi madre. “Bueno…” – seguro pensó. “Por
lo menos tengo dos hijos que no son tarados como ésta…” – ha de haber sido
su consuelo. (Juro mamita, no ser tan tarada
muy en el fondo. Prometo un día, cuando escriba un libro, hacerla sentir tan
orgullosa con mis letras como lo hicieron mis hermanos con su música.)
Pues
efectivamente, tengo dos hermanos que encontraron algo que yo no pude en la música.
Mi hermana tocó el violín durante un buen tiempo. Y mi hermano, bueno, ése es músico
de corazón y de por vida. He sido testigo de cosas increíbles en mi vida, pero
con respecto a mi hermanito; nunca olvidaré ésta.
Tenía
probablemente unos 8 o 9 años, cuando le pidió a mi mamá si podía pagarle
clases de guitarra. Mi hermano no brillaba por su excelencia en la escuela, ni
tampoco en los deportes. Pero siempre hubo algo en él, una chispita en sus ojos
que lo hacía diferente. Mi hermanito es una persona sumamente inteligente (a su
propio estilo) y muy, muy, muy suertudo. Ha tenido buena suerte toda su vida.
Mi mamá accedió
–por supuesto- a las clases de guitarra. Y entonces, un viejito empezó a ir a
darle clases particulares a la casa. Fue ahí cuando sucedió. Uno de esos
parteaguas de los que a veces hablo. Fui testigo de cómo mi hermanito encontró
su pasión. De cómo su mojo llegó en
forma de notas musicales a su vida. A partir de entonces, fue imposible separar
a mi hermano de la guitarra. De la música en general. Sus calificaciones
mejoraron al estar condicionadas y directamente relacionadas a esa vieja
guitarra.
Lo vi
crecer componiendo su propia música, tocando instrumentos sin necesitar una
sola lección para aprenderlos. Vi en sus ojos construir su identidad alrededor
de lo que lo hacía feliz. Cantando, tocando, componiendo; ganando concursos
escolares.
La semana pasada,
llevé a Nico a su primera clase de música. Iniciación
musical, le llaman. Íbamos por una clase prueba. Emocionado y nervioso, esperó
sentadito la llegada de su maestro. Yo le prometí estar ahí todo el tiempo, mientras
él tomaba su primera clase. Y así fue.
Alcancé de
manera muy ilegal a escurrirme cerca de la salita donde estuvo durante una
hora. Tocando el piano, la guitarra, la batería y el violín. Escuché como lo
presentaron con los altos y los bajos y el Do-Re-Mi-Fa-Sol-La-Si.
Salió
sonriendo de oreja a oreja, tal como lo esperaba. “¿Qué te pareció, Nico? ¿Te quedas?” – le preguntó su profesor. “Me quedo.” – dijo sin titubear,
buscando mis ojos para la aprobación final.
Pasó la
siguiente media hora platicándome lo que aprendió. Indeciso sobre su
instrumento favorito. Imaginándose que en unas clases más, estará tocando como
el mismo Mozart. Por su edad, se trata de dejarlo explorar todos los
instrumentos, hasta que poco a poco, él encuentre su verdadera inclinación. Esa
noche, recé por que la inclinación no sea hacia la batería. Pero sobre todo, le
pedí a Dios que me siga dando los medios para poder darle la oportunidad de
probarlo todo.
De que
aprenda cualquier cosa que desee. De que encuentre sus pasiones y las explote. Tal
como sucedió con la natación. Tal como le sucedió a mi hermano con la guitarra.
Tal como me sucedió a mí con la letras y el baile. De tener siempre la
paciencia y el discernimiento de apoyarlo en sus sueños. Aunque impliquen
sacrificios para ambos. Le pedí a mi Padre que me ayude a ser una buena
entrenadora para sus alas. Asegurarme de que las ejercite lo suficiente y con
los movimientos adecuados. Y que el día que le toque volar sin ayuda; lo haga lejos,
lejos y alto, alto y con toda la fuerza y la confianza que se necesita.
Así que aquí
estamos. Empezando una nueva aventura. Aprendiendo un nuevo idioma entre
corchetes y bemoles. Aprendiendo el solfeo y tarareando la música de nuestra
aventuras.
La música se
ha hecho para lo inexpresable ~ Claude Debussy
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