lunes, 28 de enero de 2013

La primera clase de música

Hay muchas cualidades que admiro sobre mi hijo. Pero creo que una de mis favoritas es su sed de aprender. Su curiosidad por descubrir todo lo que el mundo sostiene para él. Adoro sus preguntas, incluso cuando me agarra en curva y no tengo una respuesta inteligente que darle. Pero sobre todo las disparatadas. Como hoy por la mañana cuando nos acurrucábamos todavía en la cama antes de empezar el día y me dijo: “¿Mami, puedes dejar de hacer eso?”-“ ¿Qué cosa?”– le pregunté sin entender. “Eso que haces… de cerrar los ojos tantas veces. ¿Por qué lo haces? Yo no lo hago.”
 
Se refería a parpadear. Solté una carcajada junto con Luis, que merodeaba cerca. Le aclaré que él TAMBIEN parpadeaba, aunque pensara que no. Y volví a reírme cuando de algún lugar de mi memoria extraje el recuerdo de haberle hecho la misma pregunta a mi mamá en algún momento. Estoy casi segura que lo hice. Nico me recuerda a mi muchas veces. Tengo fe que por ser hombre, su cerebro no termine siendo tan complicado como el mío.
 
Como sea, es uno de sus mejores atributos. Uno que incluyo en mis oraciones que no pierda nunca. Esa emoción por aprender cosas nuevas. Por entender cómos y por qués.
 
Hace un tiempo ya que me había dicho que quería aprender a tocar TODOS los instrumentos. Que si le podía enseñar yo a hacer música. Evidentemente, soy la persona menos apta o calificada para esa tarea. Por más esfuerzos que hice en mis clases de piano, ni una nota atravesó mi espesa masa encefálica. Apuesto que fue una grandísima decepción para mi madre. “Bueno…” – seguro pensó. “Por lo menos tengo dos hijos que no son tarados como ésta…” – ha de haber sido su consuelo. (Juro mamita, no ser tan tarada muy en el fondo. Prometo un día, cuando escriba un libro, hacerla sentir tan orgullosa con mis letras como lo hicieron mis hermanos con su música.)
 
Pues efectivamente, tengo dos hermanos que encontraron algo que yo no pude en la música. Mi hermana tocó el violín durante un buen tiempo. Y mi hermano, bueno, ése es músico de corazón y de por vida. He sido testigo de cosas increíbles en mi vida, pero con respecto a mi hermanito; nunca olvidaré ésta.
 
Tenía probablemente unos 8 o 9 años, cuando le pidió a mi mamá si podía pagarle clases de guitarra. Mi hermano no brillaba por su excelencia en la escuela, ni tampoco en los deportes. Pero siempre hubo algo en él, una chispita en sus ojos que lo hacía diferente. Mi hermanito es una persona sumamente inteligente (a su propio estilo) y muy, muy, muy suertudo. Ha tenido buena suerte toda su vida.
 
Mi mamá accedió –por supuesto- a las clases de guitarra. Y entonces, un viejito empezó a ir a darle clases particulares a la casa. Fue ahí cuando sucedió. Uno de esos parteaguas de los que a veces hablo. Fui testigo de cómo mi hermanito encontró su pasión. De cómo su mojo llegó en forma de notas musicales a su vida. A partir de entonces, fue imposible separar a mi hermano de la guitarra. De la música en general. Sus calificaciones mejoraron al estar condicionadas y directamente relacionadas a esa vieja guitarra.
 
Lo vi crecer componiendo su propia música, tocando instrumentos sin necesitar una sola lección para aprenderlos. Vi en sus ojos construir su identidad alrededor de lo que lo hacía feliz. Cantando, tocando, componiendo; ganando concursos escolares.
 
La semana pasada, llevé a Nico a su primera clase de música. Iniciación musical, le llaman. Íbamos por una clase prueba. Emocionado y nervioso, esperó sentadito la llegada de su maestro. Yo le prometí estar ahí todo el tiempo, mientras él tomaba su primera clase. Y así fue.
 
 
Alcancé de manera muy ilegal a escurrirme cerca de la salita donde estuvo durante una hora. Tocando el piano, la guitarra, la batería y el violín. Escuché como lo presentaron con los altos y los bajos y el Do-Re-Mi-Fa-Sol-La-Si.
 
 
Salió sonriendo de oreja a oreja, tal como lo esperaba. “¿Qué te pareció, Nico? ¿Te quedas?” – le preguntó su profesor. “Me quedo.” – dijo sin titubear, buscando mis ojos para la aprobación final.
 
 
Pasó la siguiente media hora platicándome lo que aprendió. Indeciso sobre su instrumento favorito. Imaginándose que en unas clases más, estará tocando como el mismo Mozart. Por su edad, se trata de dejarlo explorar todos los instrumentos, hasta que poco a poco, él encuentre su verdadera inclinación. Esa noche, recé por que la inclinación no sea hacia la batería. Pero sobre todo, le pedí a Dios que me siga dando los medios para poder darle la oportunidad de probarlo todo.
 
De que aprenda cualquier cosa que desee. De que encuentre sus pasiones y las explote. Tal como sucedió con la natación. Tal como le sucedió a mi hermano con la guitarra. Tal como me sucedió a mí con la letras y el baile. De tener siempre la paciencia y el discernimiento de apoyarlo en sus sueños. Aunque impliquen sacrificios para ambos. Le pedí a mi Padre que me ayude a ser una buena entrenadora para sus alas. Asegurarme de que las ejercite lo suficiente y con los movimientos adecuados. Y que el día que le toque volar sin ayuda; lo haga lejos, lejos y alto, alto y con toda la fuerza y la confianza que se necesita.
 
Así que aquí estamos. Empezando una nueva aventura. Aprendiendo un nuevo idioma entre corchetes y bemoles. Aprendiendo el solfeo y tarareando la música de nuestra aventuras.  
 
La música se ha hecho para lo inexpresable ~ Claude Debussy


 

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