Iba en el
asiento del copiloto, en el carro de mi jefe rumbo a una junta, cuando sonó mi
celular. Había sido un día largo. De
esos que empezó temprano, con lágrimas en el baño y la decepción de ver una
prueba de embarazo negativa más. Contesté e inmediatamente tu mamá me dijo: “Amiga, estoy embarazada!”.
Mi corazón se
detuvo por un instante, y luchando contra el nudo en mi garganta, mostré la emoción
que ella merecía. Me concentré en el pavimento el resto del camino. Contrólate, me ordené a mí misma. Un par
de horas después, llegué a mi casa y entonces, con el rostro hundido en mi
almohada solté la agonía que había contenido durante un largo rato. El día que
supe que venías en camino, una tristeza profunda me embargó. No porque no te
quisiera, no porque no te considerara una bendición. Estaba triste porque no
eras mío... Una monstruosidad, lo sé. Me avergüenzo y me arrepiento.
Pero otra
parte de mi estaba feliz por tu mamá, una mujer tan importante para mí, iba a
poder comprender POR FIN lo que sentía yo hacia mi Nico. Y entonces, ese mismo día,
en ese momento, en medio de la oscuridad; hice un trato con Dios. Le ofrecí mi
sufrimiento y toda esa locura que no entendía, a cambio de que nunca, jamás,
ninguna de las mujeres de mi vida tuviera que pasar por algo parecido. Tomé una por el equipo, me gusta pensar. Le dije a mi Padre que lo soportaría,
solo a cambio de esa promesa. No podía concebir que el dolor que me quemaba las
entrañas fuera en vano.
Y después,
hice lo que una buena amiga/hermana hace. Celebré. Me lavé la cara y me fui al súper
con tu tía Flor a comprarte tus primeros calcetines. Después, fuimos al departamento
donde vivían tus papás en aquel entonces, y brinqué y grité y abracé a tu mamá
con toda mi emoción. Y vi en sus ojos la alegría, los nervios, el miedo y la excitación
que sentía por saber que tu habías llegado a su vida. Y entonces comprendí, que
era su
momento. No el mío.
Pasaron los
meses y te esperábamos ansiosos. Hicimos un baby shower en tu honor. Tomamos
fotos en la playa. Imaginamos cómo serías y contábamos los días para poder
conocerte.
Fue un
viernes 29 de Julio, cuando recibí la llamada de tu mamita. Estaba sentada
frente al volante de mi carro, todavía en shock por la noticia que tu nino Luis
acaba de darme. Mi suegro había sido diagnosticado con leucemia tan solo un par
de horas antes. Hacía calor. Y yo estaba inmovilizada de pies a cabeza, no podía
girar la llave en el arranque. El ruido del celular me sacó de mi trance y
entonces, me dio la hermosa noticia que al día siguiente harías tu debut en
este mundo.
Desperté
muy temprano ese 30 de Julio. En realidad, no estoy muy segura de haber podido
pegar los ojos en toda la noche. La angustia por la salud del abuelo de Nico y
la alegría por tu llegada, se mezclaban en mi mente. Todavía estaba oscuro afuera
y pensé que tal vez Dios, justo esta mañana, tendría otra buena noticia para mí. Era mi día 28. Me fui de puntitas al baño,
tratando de evitar que la ilusión me traicionara. Una prueba negativa volvió a
patearme el corazón. Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas en automático.
Y juro que casi pude escuchar Su voz diciendo… ‘Soy yo, manteniendo mi promesa’.
Mi corazón empezó
a latir muy rápido, ¿me estaría volviendo totalmente loca finalmente?. Pero en
ese mismo segundo, todo tomó sentido. Efectivamente, era El. Nuestro Padre, manteniendo
su promesa. Cumpliendo su parte del trato, que hice esa noche que me enteré que
tu venías en camino. Y entonces, sonreí. Qué importaba si había fracasado un
mes más. En unas horas, estarías con nosotros. Sano y salvo. Lleno de vida.
La espera
fue larga en ese cuarto de hospital. Tu abuelita Carmen, tu tía Flor y yo; esperábamos
tratando de conservar la calma. Pero la incertidumbre de no saber que está
pasando dentro de un quirófano cuando la vida de gente que amas es la que está
en juego, es casi insoportable.
Y entonces,
se abrió la puerta. Y tu papá, vestido de azul en ropas de hospital, te traía
entre sus brazos. Quitandose la mascarilla y revelando una sonrisa que solo le veo destellar cuando te ve o
cuando habla de ti.
Y te conocí. Y mi corazón se lleno de alegría. Y supe que
te querría por siempre. Y por si fuera poco, como regalo adicional, tuve el
privilegio de cambiar tu primer pañal.
‘OK. Estamos a mano con lo que a esto
respecta.’ – le dije a Dios sonriendo en silencio. No tuve la oportunidad
de cambiar el primer pañal de Nico, pero casi 4 años después, obtuve mi
revancha gracias a ti.
Hoy se
cumple un año desde ese día. Ese día en el que viniste a hacer mejor la vida de
muchos, incluyendo la mía y la de mi pequeña familia. Ha pasado mucho durante
este año. Has crecido demasiado. Ya
caminas! Tienes unos dientitos hermosos. Una personalidad definida. Sonríes
entre tus largas pestañas siempre que ves a tu mami. El hombre de mi vida y yo
somos oficialmente tus padrinos, tus guardianes.
Hoy quiero
prometerte formalmente algo. Aunque con los actos y la vida que compartimos se
sobreentiende. Prometo estar aquí para ti siempre que me necesites. La tristeza
de aquel día por saber que no eras mío, se ha disipado totalmente con el
tiempo. La ha reemplazado un amor gigante que me convence que eres tan mío como
me correspondía. Como tu tía, como tu nina. Y siempre agradeceré a tu mamá la
oportunidad que me ha dado de estar cerca de ti.
Así que ahí
estaré hoy, detrás de mi cámara documentando este primer cumpleaños. Celebrando tu vida. Y aquí estaré
siempre para ti. En tu graduación, el día de tu boda. Seguramente igual, detrás
de mi cámara tratando de congelar esa maravillosa sonrisa tuya. Y diciéndote en
silencio, lo que yo escucho susurrar entre mis sollozos de vez en cuando… ‘Soy yo,
manteniendo mi promesa’.
Feliz cumpleaños,
Leito precioso. Gracias por estar aquí. Te quiero.
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