Terminaron
los exámenes finales y poco a poco el ritmo de las actividades disminuyó en
contraste con el aumento de temperatura en nuestro paraíso.
Llegó Julio
y con ello el fin de clases. Un ciclo escolar más terminado con éxito y con la
oportunidad de recordarle a mi pececito que su valor como persona va más allá
de una calificación. Que un número no lo definirá jamás, ni en la escuela ni en
la vida. Que lo amamos igual con sietes que con dieces, y que lo maravilloso de
ir a la escuela, además de aprender cosas nuevas, es crecer como persona y
descubrir maravillas en los demás.
Nico
regresa hoy. Tres semanas lejos de casa, creando nuevos recuerdos de sus años
de niño en Mazatlán. Una oportunidad única que la vida nos ha presentado en los
últimos veranos, de construir una relación espectacular e inquebrantable con su
Bibi.
Yo he
estado absorbiendo estos días. Refugiándome en los placeres a los que invita la
libertad de un viernes por la noche sin mayor responsabilidad inmediata que
consentirse a uno mismo.
Estos
ejercicios de separación, siempre serán agridulces, pero ahora hasta
necesarios. Sus pequeñas alitas empiezan a querer desentumirse con más
frecuencia.
Llevamos el
verano a la mitad, mi pececito duerme bajo mi techo esta noche y no es algo que
haya dado por sentado un solo día desde que nació. Pero especialmente ahora,
que siento que crece a velocidad acelerada, bendigo cada noche que estoy cerca
para decirle “Ya sabes, eres especial,
nunca lo olvides…”
Ahora nos
toca a los tres, disfrutar del resto del verano juntos y con aventuras fuera de
la rutina por venir. No puedo esperar a besarlo, abrazarlo y decirle adiós a
estos días sin él. Esta noche, vuelvo a verlo en mi baño lavándose los dientes,
seguramente más alto, más desenvuelto, más gracioso y más mío.


No hay comentarios:
Publicar un comentario