miércoles, 28 de mayo de 2014

Día de entrenamiento



Nico empieza a entrenar por ahí de Abril de cada año, cuando el clima lo permite y mi cerebro no soporta un “¿ya voy a nadar otra vez? ¿ya es verano?” más. Que Nico retome los entrenamientos significan dos cosas: que voy a sudar mucho y que el verano está cerca. 



Esta rutina que nos dura unos 8 meses del año, me acomoda un poco en mi centro. Me obliga a estar presente sólo ahí y dejar por un rato cualquier otro asunto pendiente por dos razones: la primera, es porque me niego a no vigilar a mi hijo en una alberca aunque nade un millón de veces mejor que yo y la segunda, y más importante, es porque quiero ser parte de esto que tanto ama. 



Sus entrenamientos son generalmente privados y llenos de risas, excepto cuando una competencia está cerca y entonces, el entrenamiento se vuelve más serio, más largo y en equipo. La semana pasada, entrenó para su competencia del sábado casi todos los días. El viernes, el reloj marcaba las 8 de la noche y él seguía ahí; brazada tras brazada, patada tras patada. 





A veces lo veo y quiero salir corriendo. Cuando empiezo a ver su carita ya exhausta, quiero arrebatárselo a Raúl. Pero me aguanto. Y entiendo que tal vez, de todas las buenas razones que existen de que sea nadador, esta sea la que más lo enriquece. No es fácil tener disciplina. Y lo veo renunciar a tardes en el parque jugando con los amigos, a fiestas de cumpleaños o incluso a veces, al simple placer de pasarse una tarde en casa sin hacer gran cosa, por cumplir con sus entrenamientos y estar en la mejor forma posible para competir; y es cuando entiendo que es una enseñanza que le quedará para toda la vida. Trabajar duro tiene sus recompensas. 





Va y viene en esa alberca, 25 metros al norte, 25 metros al sur, una y otra vez. Pataleando más duro, dominando su respiración, alcanzando tiempos. Llegan las vísperas de las competencias y me entran los nervios. ¿Si gana o pierde? Da igual, para mi él es un campeón. Pero soy testigo de todo lo que trabaja durante tantas semanas y estoy consciente de que todo es una moneda al aire al momento de competir. Un millón de circunstancias definen quien gana o pierde. Y perder decepciona. Hay demasiado equipaje atrás de esos 25 metros que recorren en unos cuantos segundos. 





Lo veo nadar y me pierdo maravillada en sus movimientos. A veces, lo veo gigante, y otras tantas, cuando veo asomar sus deditos entre brazada y brazada lo veo pequeñito. 



Los días de entrenamiento son siempre especiales. Son siempre cansados. Nutren su alma, su carácter y su determinación. Despiertan su hambre y cansan sus músculos. Llega rendido, suplicando un masaje que recibe con todo el amor del mundo de manos de su papá o mías. Pienso y recuerdo acariciar mi vientre cuando todavía él era parte de mi cuerpo y me parece increíble verlo así. Un niño de 6 años, fuerte como roble y labrando su pasión. Lo imagino dentro de mí, en su primera piscina, tal vez ya seguro desde entonces que esto era lo suyo y entonces, inevitablemente la piel se me eriza.  Tanto como cuando suena el silbato en una competencia. 



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