Nico empieza a entrenar por ahí de Abril de cada año, cuando
el clima lo permite y mi cerebro no soporta un “¿ya voy a nadar otra vez? ¿ya es verano?” más. Que Nico retome los
entrenamientos significan dos cosas: que voy a sudar mucho y que el verano está
cerca.
Esta rutina que nos dura unos 8 meses del año, me acomoda un
poco en mi centro. Me obliga a estar presente sólo ahí y dejar por un rato
cualquier otro asunto pendiente por dos razones: la primera, es porque me niego
a no vigilar a mi hijo en una alberca aunque nade un millón de veces mejor que
yo y la segunda, y más importante, es porque quiero ser parte de esto que tanto
ama.
Sus entrenamientos son generalmente privados y llenos de
risas, excepto cuando una competencia está cerca y entonces, el entrenamiento
se vuelve más serio, más largo y en equipo. La semana pasada, entrenó para su
competencia del sábado casi todos los días. El viernes, el reloj marcaba las 8
de la noche y él seguía ahí; brazada tras brazada, patada tras patada.
A veces lo veo y quiero salir corriendo. Cuando empiezo a
ver su carita ya exhausta, quiero arrebatárselo a Raúl. Pero me aguanto. Y
entiendo que tal vez, de todas las buenas razones que existen de que sea
nadador, esta sea la que más lo enriquece. No es fácil tener disciplina. Y lo
veo renunciar a tardes en el parque jugando con los amigos, a fiestas de
cumpleaños o incluso a veces, al simple placer de pasarse una tarde en casa sin
hacer gran cosa, por cumplir con sus entrenamientos y estar en la mejor forma
posible para competir; y es cuando entiendo que es una enseñanza que le quedará
para toda la vida. Trabajar duro tiene sus recompensas.
Va y viene en esa alberca, 25 metros al norte, 25 metros al
sur, una y otra vez. Pataleando más duro, dominando su respiración, alcanzando
tiempos. Llegan las vísperas de las competencias y me entran los nervios. ¿Si
gana o pierde? Da igual, para mi él es un campeón. Pero soy testigo de todo lo
que trabaja durante tantas semanas y estoy consciente de que todo es una moneda
al aire al momento de competir. Un millón de circunstancias definen quien gana
o pierde. Y perder decepciona. Hay demasiado equipaje atrás de esos 25 metros
que recorren en unos cuantos segundos.
Lo veo nadar y me pierdo maravillada en sus movimientos. A
veces, lo veo gigante, y otras tantas, cuando veo asomar sus deditos entre
brazada y brazada lo veo pequeñito.
Los días de entrenamiento son siempre especiales. Son
siempre cansados. Nutren su alma, su carácter y su determinación. Despiertan su
hambre y cansan sus músculos. Llega rendido, suplicando un masaje que recibe
con todo el amor del mundo de manos de su papá o mías. Pienso y recuerdo
acariciar mi vientre cuando todavía él era parte de mi cuerpo y me parece
increíble verlo así. Un niño de 6 años, fuerte como roble y labrando su pasión.
Lo imagino dentro de mí, en su primera piscina, tal vez ya seguro desde
entonces que esto era lo suyo y entonces, inevitablemente la piel se me eriza. Tanto como cuando suena el silbato en una
competencia.
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