Solía ser una de nuestras tradiciones cuando Nico era más
pequeñito. Todos los viernes, íbamos a nuestro lugar de pizzas favorito.
Después, entre la falta de tiempo, el exceso de celulitis y las ganas de sushi,
los viernes de pizza se convirtieron
en viernes de sushi. Los últimos
meses, los viernes de sushi se
convirtieron en viernes de no quiero
saber de nada y vámonos a dormir.
El viernes pasado retomamos un poco algo de los viejos
tiempos. Inspirados en la receta de mi amiga Carola, que nos dio la bienvenida
en el DF con pizzas caseras, decidimos incursionar en el maravilloso acto de
cocinar. Con un poco de miedo, incertidumbre y ansiedad, di un paso dentro de
mi cocina y prendí el horno. (Estoy bromeando, mi aberración por la cocina no
es tal. Más o menos. No fue mi primera vez prendiendo el horno. Eso cuenta.)
Sinatra sonaba en las bocinas, el aire acondicionado nos
protegía del infierno exterior, y en familia logramos uno de esos momentos
perfectos en los que la armonía se une con nuestra clara imperfección y
entonces, nuestro primer viernes de pizza casera se concretó.
Una ensalada caprese, un buen vino tinto y pizza al gusto
fueron el cierre a una semana intensa. Esperamos poder hacer de esto una nueva
tradición a la que podamos recurrir de vez en cuando.
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