Recuerdo
que abrí los ojos, e inmediatamente, sentí eso que se siente en el estómago
cuando vas de bajada por una montaña rusa. Creo que una parte de mi no lo podía
creer. Otra parte de mi se sentía como en la mañana de Navidad; emocionada,
ansiosa y muy, muy feliz.
Me pregunté
si ya se habría levantado él. Si sentiría las mismas cosquillas en el estómago
que yo estaba sintiendo. Asumí que su emoción al ver colgado su traje, no se compararía
en absoluto con la completa alegría que yo sentí al ver colgado mi vestido de
novia. Justo ahí en mi recámara, donde había dormido más de 20 años de mi vida
y a la que a partir de ese día, le diría adiós.
Después me enteré
que esa mañana cuando fue a recoger su traje, habían equivocado la talla de pantalón,
y todo estuvo a punto de convertirse en tragedia. Bendito Dios, yo no me enteré
de esto hasta mucho después.
Me metí a bañar
y mientras caía el agua de la regadera en mi cara, recuerdo nítidamente que pensé:
mi último baño como soltera. Y sonreí.
Pasé las siguientes horas de mi vida con la maquillista. Siendo testigo de cómo
mi cara lavada habitual se convertía en un pizarrón de colores terra.
Regresé a
mi casa, y traté de comer. Pero a pesar de tener un habitual buen apetito, no
me entró ni medio bocado. Veía el reloj y era testigo de cómo las manecillas se
acercaban cada vez más a las 4 de la tarde. Mi hermana, mi mamá y yo; en mi recámara,
con el aire acondicionado a todo lo que daba intercambiábamos risas nerviosas, lápices
labiales y fotografías.
Finalmente,
mi mamá me ayudó a ponerme mi vestido de novia. Mientras, mi hermana tomaba la
foto de un recuerdo único y para toda la vida.
Cuando llegó
la hora de partir a la Iglesia, con mi hermano como chofer, le pedí que se asegurara
de que Luis ya estuviera en la Iglesia cuando yo llegara. No había manera de
que yo me plantara en la Iglesia antes que él, no señor, eso estaba previa y específicamente
acordado. Aldo, mi cuñado, era el encargado de darnos luz verde. Y mientras hacíamos
una escala técnica para retoque de maquillaje, me dijo: ‘Dice Aldo que ya llegaron a la Iglesia’.
‘Madre Santa, esto es real…’ – pensé. Tratando de no dejar ver
mi nerviosismo. Nunca me imaginé como la novia histérica, nerviosa o que llora y
hasta ese momento, había sabido manejar muy bien mis emociones. ‘Diosito, ayúdame a mantener mi glamour, por
favor’ – me dije.
El corazón me
latía a mil por hora cuando llegamos a la Iglesia de Santa Maria del Mar. Alcanzaba
a divisar algunas caras conocidas, mientras esperaba la señal para bajar del
carro.
Recuerdo a
mi mamá abriendo la puerta y tomándome la mano. ‘Quiero que entre conmigo a la Iglesia, mami.’ – le dije. Y fue así,
con mi mamá a mi lado izquierdo y mi papá a mi lado derecho, que di el primer
paso por esa puerta.
Tum tum, tum tum,
palpitaba mi corazón. Entonces, volteé y lo vi. Junto al altar, con su sonrisa
en calma. Y mis nervios se disiparon. Caminé tranquila por ese pasillo rojo y
fui entregada al hombre de mi vida. Fue justo ahí, ese 10 de Junio de 2006,
pasadas las 4 de la tarde; que mi vida
se convirtió en nuestra para siempre.
Feliz
Aniversario, Miñi!






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