El miércoles
a media mañana entré al aeropuerto de mi paraíso personal con tan solo una
maleta y mi bolsa de mano. De manera rápida y sin grandes contratiempos, me encontré
sentada en la sala de espera con un par de horas muertas para que mi vuelo
hacia Los Angeles despegara.
Volteé a mi
alrededor para encontrarme con el ir y venir de viajeros; mientras unos
celebraban el triunfo de la Naranja Mecánica sobre Alemania en la pantalla del
bar, otros comían y bebían, o compraban recuerdos en el duty free; otros menos
afortunados perseguían a pequeños por todo el espacio existente.
No recuerdo
cuando fue la última vez que viaje sola, con esa libertad y conciencia de saber
que no dependes de nadie y que nadie depende de ti. Seguramente fue hace más de
6 años. Busqué mi kindle y durante los siguientes 60 minutos me dediqué a leer,
a tratar de relajarme, a ignorar las llamadas de mi celular que todavía entraban
de la oficina y a cambiarme de chip… por los próximos 5 días, volvería a ser únicamente
YO. No la mamá de Nico, ni la esposa de Luis ni la gerente de una empresa.
Finalmente,
me subí al avión; desactivé los datos de mi celular (no correos, no whatsapp, no nada) y me dejé llevar. Giré
hacia la ventana y le dije adiós temporalmente y en silencio a este desierto
que guarda tantas de mis historias.
Después de
un par de horas de trámites de migración y espera de maletas; salí por la
puerta del aeropuerto de Los Angeles y respiré con los pulmones bien abiertos
el aire con olor a metrópoli. Una mano me saludo a lo lejos y mi sonrisa se dibujó
de forma inmediata. Andrea estaba ahí, tan emocionada como yo, lista para retomar la vida desde el punto en
el que nos quedamos hace poco más de un año; cuando estuvo aquí de visita. (¿Por qué la
gente no sabe tomar fotos? Really? BORROSA?)
Este primer
brindis, desató mucho más.
No sin
antes hacer una escala técnica durante 8 horas en un shopping mall; al día siguiente,
volamos a La Ciudad del Pecado pues
otros reencuentros esperaban dentro de The Cosmopolitan.
Es como
conectarse a un enchufe de energía. Compartir maquillaje, recordar viejos
tiempos, reírnos juntas y una de la otra. Hay cosas que no cambian. Mis amigas
son permanentes. Su permanencia me da seguridad.
Festejamos
a la Bachelorette.
Viajamos en
limosina.
Brindamos
una.
Y otra vez.
Reímos.
Bailamos.
Quedaron
fotos y recuerdos para la posteridad.
Los tacones
y yo, nos daremos un break por muchas; muchas semanas.
Las Vegas
permanece intacta, despierta, en movimiento. (La vista de nuestra ventana en el hotel)
Finalmente,
el domingo llegó y la hora de despedirnos también. Algo me reconfortaba al
escuchar y repetir: Nos vemos en la boda.
Y aunque no hay nada seguro en esta vida; saber que hay fecha concreta para
volver a reencontrarnos, me hace sentir mejor. Noviembre es la meta.
Andrea y yo
disfrutamos como turistas la mayor parte del domingo. Para volar de vuelta a
Los Angeles por la noche, y darnos cuenta, que pasamos 10 horas sin parar de
hablar. Intensidad total.
Cansada,
adolorida, desvelada, rendida; pasé la mitad del día de antier en el aeropuerto. Ansiosa
por regresar a mi cotidiana y tranquila vida. Nada mejor que salirse de casa
unos días, para valorarla con mayor fuerza. Un fin de semana histórico, definitivamente.
I heart Las Vegas.






