Hay fines
de semana que pasan casi desapercibidos.
Digo casi, porque pasar por alto la
belleza de un fin de semana (incluso cuando no es espectacular); es como negar
que un chocolate es rico, aunque nos cause celulitis.
Pero éste,
no fue uno de esos fines de semana blandos.
Por el contrario, fue uno de esos bien torneados. Uno de Ironman. El Iron-weekend.
La armonía del
pueblo empezó a sentirse alterada desde principios de la semana pasada. Cuando
al transitar por la carretera, te topabas con la velocidad de atletas
entrenando para su maratón del domingo; con más autos de renta de lo regular y
por supuesto, con la locura temporal del montaje por las fiestas del pueblo. Ya
ha pasado un año. La feria está aquí nuevamente.
Pero
empecemos por el principio. Todo comenzó con el pie derecho, cuando el viernes
por la mañana; mi querido amigo JR me avisó que el día había llegado. Las
contracciones se agudizaron y el pequeño Alan decidió que él, sería hijo de
quincena. Les presento al integrante más pequeño de mi familia cabeña. 3,450
kilos de salud y bendiciones.
Mi cabeza perdió
toda concentración hasta que supe que había dado su primer grito terrenal. Y me
cayó un veinte más. Mi amigo no únicamente empieza a mostrar algunas canas,
empieza también a ser padre. Mi amigo Juan Ramón… PADRE. ¿Qué no fue ayer
cuando me recogía en su moto a escondidas de mi mamá, para que no le diera un
ataque? Tiempos pasados, que a veces todavía se sienten tan presentes.
Por la
noche, nos dimos cita en la feria con los amigos del colegio. Los sub-pubertos.
Pude verlos perfectamente de 15 años. Divirtiéndose en los juegos, como yo lo
hizo algún día en la feria del Carnaval de Mazatlán. Por ahora, solo tienen 5,
pero igual se divirtieron de lo lindo.
Sigo pendiente con mi bolsa de churros. Solo para mí. Sin compartirla. Ese día había demasiados piecitos inquietos que cuidar, y las distracciones tuvieron que quedarse a un lado. Los churros distraen, créanmelo.
El
avioncito, los caballitos.
Atracciones
con cinturones de seguridad de última tecnología.
Tecnología
aterradora, al punto tal, que para subirse al teleférico es necesario ser lo
suficientemente rápido; pues las sillitas no paran. Estos dos, por supuesto, no
le encontraron el peligro. Yo abajo me comía las uñas. Y Deb, se carcajeaba a
mis costillas. ¿O acaso era risa nerviosa?
Y no se
preocupen, que aunque no tenga foto para probarlo, los carritos chocones y yo
tuvimos nuestro encuentro también en esta ocasión. Saldo prácticamente blanco. Solo dos pequeños, casi imperceptibles
hematomas en mis rodillas.
Un poco de
pesca deportiva. Un pequeño roller coaster. Y una cartera asaltada por las
taquillas de la feria. Que me digan lo que quieran, pero quien dijo que las
ferias eran baratas, evidentemente no ha venido a la de las fiestas de San José.
Pero lo
reconozco, estas caritas lo compensan todo. La sola idea de ir a la feria – o a
cualquier lugar- con un puñado de niños, puede sentirse como un acto de suicidio.
Hay veces, que me pregunto por qué tuve la brillante idea de salir de mi casa,
cuando quedarme en ella hubiera sido mucho menos caótico. El viernes fue caótico,
si. Pero un caos armonioso. Uno que hemos construido en comunidad durante los últimos
años, estos papás y yo. Con el mero propósito
de crear momentos inolvidables para nuestros hijos, y sus amigos.
Cansados, empolvados y felices; terminamos la semana e iniciamos el fin largo que nos tocaba la puerta. Abrimos los ojos para despertar a un sábado de clima perfecto. Y solo hay un lugar donde se disfrutan los sábados de clima perfecto como se debe. Claro, el jardín de los sueños.
Especialmente,
si el paquete incluye deliciosos ravioles de espinaca.
Y helado
nieve de chocolate.
Yo
colecciono solo dos cosas en la vida: imanes y momentos. Pero si coleccionara tatuajes,
seguro, haría uno como estos parte de mi colección.
¿La
historia de El Principito tatuada en el brazo? ¡Súper!. Soy fan de El
Principito. Entiéndase como fan, que me puse a llorar en el momento mismo que visité
el mural de Antoine Saint Exupery cuando viví en Lyon. Él era de Lyon. Y yo
caminaba por los mismos lugares que él. Fue demasiado.
Recorremos
todo el mercado, para siempre terminar en el mismo puesto. El de los libros.
Para tener siempre la misma conversación. “¿Mami, me compras éste?” – “No,
Nico. Ya los tienes todos. Es la misma historia, solo los dibujos son
diferentes” – “Aja… por eso, misma historia, dibujos DIFERENTES.” – No aprendo
a tener cuidado con mis palabras.
Del
mercado, terminamos en las nieves de yogurt.
Jugando
conecta-4.
Escribiendo
postales que ya están en el buzón.
Y hablando
de escribir, el viernes tuve entrevista de evaluación con las maestras de Nico.
Hace un par de meses, fue hecho de mi conocimiento cierta confusión que tenia
Nico con algunos números. Era importante tomar cartas en el asunto. Yo, en
lugar de cartas, tomé carritos. Compré 20 carritos de Hot Wheels y escribí con plumón
los números de 1 al 20 por atrás. “Los
carritos son tuyos – le dije- pero
vas a poder abrirlos cuando sepas sin confusión todos los números. Hablados,
escritos, revueltos, en secuencia, numero y letra, inglés y español.” El
viernes al ver sus exámenes, sonreí. Los números del 1 al 50. Sin errores. Al derecho y al revés. El sábado,
llegó la hora de disfrutar de su éxito.
Y por la
noche, a seguir con los banquetes. Delicioso sashimi, seguido de nuestros
rollos favoritos en nuestro sushi de siempre. Sentados al aire libre,
disfrutando de la paz del lugar, gracias a que todo el mundo estaba en la
feria. Y así, mientras la brisa fresca nos ponía de repente la carne gallina y movía
los palillos y la mandíbula; recapitulaba nuestro día y recordaba mi conversación
con Luis unas horas antes.
“Estas particularmente de buen humor hoy, ¿no?”
–
“¿Y por qué no habría de estarlo? Es sábado, el
lunes no trabajamos, estamos juntos y todo está bien… pero pregúntame por ahí del
miércoles a las 3 de la tarde en plena corredera, a ver de qué humor voy a
estar.” –
Pero tal
vez incluso entonces, mañana por ahí de las 3 de la tarde. También esté de buen
humor.
Finalmente,
dieron las 10 de la noche del sábado. Nico perfectamente dormido y soñando. Las
cervezas bien heladas. Y el iPad de frente. Hemos inventado estas citas
nocturnas cada tantos sábados. Seattle y Cabo se ven únicamente separados por
una pantalla. Y por las siguientes muchas horas hablamos de todo y de nada, con
dos de mis personas favoritas. Compadres,
como siempre, su compañía es un agasajo.
El problema
de estas noches de risa y alcohol, son las mañanas del domingo. Cuando los cadáveres
de algunas botellas y la puntual petición de desayuno de Nico a las 7 de la mañana,
nos recuerda cuan buenos eran esos viejos tiempos en los que el sol nos
rechifabla hasta el mediodía tirados en la cama. (Si lo tienes, acarícialo, atesóralo,
vívelo, aprécialo, disfrútalo, siéntelo!)
Los incansables piecitos se fueron por un rato al borde de la carretera a alentar a los deportistas del Ironman. Empezaron a las 6 de la mañana.
Salimos a
las 5 de la tarde a caminar por la ruta, y ellos seguían en su disciplinada
carrera.
La meta les
quedaba cada vez más cerca. Y la vibra que se sentía alrededor era
verdaderamente mágica.
Gente de
todas las edades, de diferentes nacionalidades, de diferentes lugares; reunidos
en un mismo lugar siendo testigos de este inconcebible maratón. Si no lo
hubiera visto con mis propios ojos, no lo hubiera creído. Y los aplausos subían de tono, cuando un
corredor más se acercaba a la meta y el narrador decía: “¡Tu… ya… eres… un… IRONMAN!”
226 kilómetros
recorridos entre bicicleta, natación y carrera. DOSCIENTOS VEINTISEIS
KILOMETROS. Hombres de acero, sin duda alguna.
Y el lunes.
Oh, bendito y festivo lunes. Nada sabe mejor que un lunes en la playa.
Escuchando
las olas desvanecerse en ese azul turquesa fluorescente.
Entre gaviotas,
cheetos y bloqueador.
Jugando a
explorar, a correr y a llegar primero.
A disfrutar del presente y de la mejor compañía.
De los
rayos del sol que se amortiguan con el viento fresquecito que nos durará un par
de meses antes de entrar de lleno con las altas temperaturas.
Un fin de
semana, de esos que son perfectos. Perfectos en todos sentidos. En los que
terminas de leer un libro entre tus sábanas.
En los que empiezas
otro teniendo como escenario el mar y una cerveza fría.
Un fin de
semana, de esos que son perfectos porque el clima da para jugar sin playera.
Y porque le
añadimos a nuestras paredes más detalles que nos hacen feliz.
Un fin de
semana, de esos perfectos, porque el “superere”
y su energía inagotable nos mantiene en movimiento y sin parar.

