No recuerdo
exactamente la primera vez que experimenté esa convulsión que se despierta
dentro de mi pecho de vez en cuando. Sé que fue en algún punto del camino, en
este recorrido de infertilidad. Esa primera vez, me paralicé de miedo. No podía
entender lo que sentía realmente. Era una emoción absolutamente desconocida
para mí. A decir verdad, sigo sin encontrar una definición exacta para mi
sentimiento, pero con el tiempo he aprendido a reconocerlo fácilmente cuando
está por llegar.
La bestia, le digo yo. Pues literalmente, siento tener
algo atrapado en mi caja torácica; que lucha por salir desde mis adentros. Es
una poco placentera transformación, de la que me avergüenzo. Es un impulso
contra el que lucho frenéticamente, y que por momentos, siento que va a lograr
su objetivo: devorarme.
Es una
fuerza situada justo en el centro de mi corazón, que permanece inactiva la
mayor parte del tiempo. Como un animal que reposa. Y que de repente, despierta
abruptamente como reacción a ciertas situaciones. Recuerdo la noche oscura, en
la que se lo confesé a Luis. ‘Tengo miedo
– le dije. Que me gané… que logre
destruirme por completo y arrase con las muchas, o pocas buenas cosas que
quedan en mi. Que el día que finalmente decida largarse, se lleve consigo mi
esencia. Que devore lo que soy.’
Es el lobo malo que llevo dentro.
Que no entiendo de donde se alimentó para ganarle al bueno. Ni por qué se instaló con tanta furiaen mis adentros.
Decidí declararle la guerra. Decidí ganar terreno poco a poco. Estudiar sus
movimientos y actuar anticipadamente. Aprender a distraerla, a cansarla, hasta
que finalmente, volviera a dormirse. Por lo menos de manera temporal.
Hace unos
días, de las maneras más extrañas; llegaron a mí nuevos conocimientos, nuevas
oportunidades. Leí algo que compartió la autora de un blog que frecuento, la
teoría de un autor –Ekhart Tolle- que dice que cuando le declaramos la guerra a
algo, ese algo se engrandece y se fortalece. Contraataca con más fuerza y
determinación. Tiene sentido. Creo.
Por otro
lado, un nuevo ser vivo se cruzó en mi camino. Llegué a casa de mi hermana el
jueves pasado en la tarde después del trabajo, y me enseñó lo que se habían
encontrado. Era un pajarito, recién nacido, que el viento había tumbado de su
nido desde un cuarto piso. Y sobrevivió. Un guerrero.
En situaciones
normales, mi efecto de auto-defensa hubiera actuado de inmediato. Todos sabemos
la distancia que he puesto entre las mascotas/animales y yo desde hace mucho
tiempo. Pero por alguna extraña razón, no pude evitar sentir el impulso de
protegerlo. De hacer el intento siquiera, de ayudarlo a sobrevivir.
Seamos
realistas, sus pronósticos no eran buenos. Pero aun así, lo llevé a mi casa en
una cajita de madera, dentro de un pequeño nido que mi hermana había guardado
de otro rescate fallido. Les presento a Carlisle.
Estoy bajo
la influencia de lectura de la saga de Twilight, he de ahí, su nombre de pila. Hoy
se cumple una semana desde que me dediqué a alimentarlo con un gotero. Masita
de harina de maíz y agua. Abría bien su piquito al escuchar mi voz, por
increíble que parezca.
Mi corazón
ha sido bateado constantemente por un largo tiempo. Por momentos, me he llegado
a convencer, que la razón por la que no he podido, o no pude tener otro bebé es
porque; al contrario de lo que por mucho tiempo pensé, no tengo mucho que ofrecer.
El autoestima es lo que más se debilita en procesos como éste, y el mío, no ha
sido la excepción.
Pero
entonces, estos días que estuve ocupándome de ese pequeño pajarito, algo dentro
de mi hizo click. Si mi teoría no está equivocada, quiere decir que la bestia no ha logrado succionar todo
lo bueno que hay en mí. Que todavía me queda algo que dar a lo que vive a mi
alrededor. Que tal vez mi extinto eterno optimismo o cheerfullness como me gusta llamarle, no ha desaparecido
totalmente. Tal vez, no esté tan seca, después de todo.
Y entonces,
entre todo este asunto del rescate animal y las palabras de Ekhart sobre los
enemigos me hizo pensar… que ya no quiero estar en guerra con esta bestia. No
voy a ser yo la que la fortalezca. LA QUE LO ALIMENTE. Se
irá cuando haya hecho su trabajo conmigo, cualquiera que éste sea. Y sin en
lugar de contraatacar sus intempestivos y repentinos movimientos, bailo a su
ritmo? Y si en lugar de reprimirla, hago exactamente lo que me pide? Dejarla
escapar… Romper su jaula y liberarse?.
Sentí un
foco prenderse por encima de mi cabeza, como hace mucho tiempo no me sucedía.
Es en serio, las ideas brillantes han escaseado por aquí de manera preocupante.
Una de mis
autoras favoritas -Shauna Niequist- lo aborda desde otra manera. Ella dice que
los tiempos difíciles son como las fuertes mareas. Si luchas contra las olas,
solo provocarás que te estrellen contra la escollera y te lastimes mas, innecesariamente. En cambio, si
relajas tu cuerpo y te dejas llevar por la corriente, ésta eventualmente y con movimientos
suaves, te llevará hasta la orilla. Liberarse, relajar el cuerpo y el alma, y
confiar en Sus manos supremas es la manera más fácil de sobrevivir las
catástrofes.
Por
supuesto, esto es muy fácil de decir, una vez que lo has aprendido. Pero se requiere
de práctica. Se requiere de muchos moretones y cortadas, producto de la lucha
contra la corriente, para entender que hay que cambiar de estrategia. Se
requiere de muchas batallas contra la bestia –ganadas y perdidas- para
entender, que izar la bandera de paz y dejar de lado el contraataque pudiera
significar por fin el fin de la guerra.
Carlisle murió
anoche. Después de 7 días de lucha, finalmente sucumbió. No sé si hice bien en
intervenir en su destino la semana pasada. Lo que sí sé es que le di la
oportunidad de aferrarse a la esperanza. De intentarlo. Lo atendí con amor y le
hablé con la ternura que se le habla a cualquier bebé, sin importar su especie.
Y me sorprendí a mi misma al escucharme. No
estoy muerta en vida! – pensé. Realmente aun tengo algo positivo que
aportarle al mundo. That’s good news, for a change.
Hoy
mientras manejaba a la oficina me pregunté cuantas veces Dios me habría
intentado mandar este mensaje y yo pasé a su lado sin ni siquiera parpadear,
sin darme cuenta. Dios debe pensar que soy verdaderamente una terca
descerebrada. O tal vez, comprenda que no soy más que una simple y común
humana. Apenas aprendiendo a armar el rompecabezas de la vida. A la que como a
muchos, les cuesta trabajo ver esas señales
con facilidad.
Solía ser
buena con las señales. Cuando era más chica. Tenía mucho más activa esa parte
de mis sentidos. O tal vez, simplemente, ponía más atención. Tal vez, he estado
más ausente de lo que pensaba durante
todos estos meses… años. La buena noticia es, que la vida es una carrera de
resistencia; y no tanto de número de aciertos (aunque sí creo que entre más
aciertos tengamos, mas puntos hacemos en nuestra tarjeta de crédito).
Recordé
como antes, mi mejor arma de defensa contra los infortunios era permanecer
positiva, cheerful. Y cómo me parecía
difícil de entender a aquellas personas que vivían entumidas de manera permanente. Entumirse es bueno, pero con
medida. Y me preocupé al pensar que tal vez
hace ya varios meses que yo me
uní a la pandilla de los apáticos entumidos.
Conectarme
a la vida celebrando, es lo que más me gusta hacer. Y últimamente, no celebro
mucho. Entendí que caí en la red de la postergación. Como dice Glennon Melton,
de esperar a celebrar cuando todo esté
bien. Bueno… todos sabemos que rara vez, tirándole a nunca todo va a estar bien.
Y que como siempre, esto se trata de elección. De libre albedrío. De decidir si
caminamos por nuestra ruta luchando contra nuestra bestia, o bailando a su
ritmo, celebrando. ALIMENTANDO AL BUEN LOBO. Hasta que decida
que hemos aprendido lo que habíamos que aprender, y libere sus cadenas. O más
bien, libere nuestras cadenas de
ella.
Carlisle me
regresó algo que había olvidado. La capacidad de celebrar la vida, a pesar de
la bestia. Estuve siempre consciente de que Carlisle podía morir, pero eso no
me impidió atenderlo y alimentarlo. Levantarme por las mañanas ilusionada por
ver cuánto había crecido durante la noche (realmente, los pájaros crecen de la
noche a la mañana). Estoy consciente de que llevaré el recuerdo del sueño de
familia que no concreté conmigo siempre,
pero eso no es impedimento para que viva mi vida celebrando. Eligiendo. Si
luchar contra la bestia o confiar en que eventualmente saldrá por su propio pie
desde el fondo de mi corazón. Si luchar contra la corriente y estrellarme
contra la roca; o dejarme llevar y confiar en que, eventualmente, llegaré a la
orilla.
Mi canino consentido, mi lobo bueno, está hambriento. Famélico. Le toca a él. El banquete empieza ya.
El pequeño Carlisle ya descansa
eternamente, al pie de nuestro tabachin en la terraza. Llevaré su mensaje,
cerca de mi corazón, siempre. Y cada que volteé a nuestro árbol, podré
recordarlo si lo he olvidado.
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