Finalmente estoy sentada en este sagrado espacio. El lugar
justo entre la realidad y mi teclado; teniendo como fondo de pantalla los
piecitos de Nico jugueteando en mi cama, que alcanzo a divisar desde mi
periferia; y mi orquesta ovípara personal, las decenas de pajaritos que
regresan a sus nidos cantando después de un largo día que empieza su ocaso
junto con el sol.
En mi mente brincan de un lado a otro las miles de ideas y
pensamientos acumulados durante estos días de abandono en este espacio. Tratando
de ganarse uno a otros y lograr ser plasmados en esta página en blanco. Cuando
las letras sobran y las experiencias de vida se hacen presentes no queda más
que eso… enfilar las palabras como en batallón, ordenarlas de acuerdo a su
rango y empezar a escribir.
Justo hace una semana, Nico y yo regresábamos de nuestro
primer viaje del año. Uno que surgió de manera relativamente espontánea en un
día cualquiera mientras mi amiga y yo discutíamos sobre la vida y sus
pormenores en el desaparecido Messenger. Hacía casi dos años que el destino no
nos hacía coincidir. Hay veces que las coincidencias tienen que forzarse. Y
entonces, tomé mi tarjeta de crédito y el mes pasado reservé dos boletos de
avión hacía la ciudad de México.
No sé si las conexiones se hereden o la familiaridad se
generalice, pero Nico y Fer se brincaron los incómodos “hace dos años que no te veo” y “no
te tengo mucha confianza” para aterrizar directamente en el “siento que te vi ayer y somos bien compas”.
La vida me sorprendió gratamente, demostrándome que lo que
un día imaginé que sería entre nuestros hijos, es posible incluso aunque
estemos a miles de kilómetros de distancia.
Nuestra primera parada fue en Kidzania. Una ciudad hecha a
su medida, en la que –queridos padres de familia- dos horas son SUFICIENTE como
adultos. Y todo un día es insuficiente cuando eres niño.
Compras en Walmart y manufactura de gansitos fueron los
éxitos más visibles.
Les diré una cosa, uno no sabe su capacidad de multi-tasking
hasta que uno no se ve en la necesidad de:
* Mantener localizados a 3 niños menores de 5 años en un lugar
donde pululan especímenes similares
* Tratar de ponerse al corriente de los chismes información después
de 2 años sin verse con una gran amiga (y no, el hecho de que estemos todo el día en un chat no cuenta, porque no es lo mismo)
* Tomar fotos de dichos menores
* Cargar bolsas, pañaleras, botellas de agua, palomitas y
similares
* Mandar mensajes y contestar celular
Todo al mismo tiempo y sin intermedios.
Al día siguiente, logramos salir de la casa milagrosamente
en tiempo y de acuerdo al itinerario para llegar a pasar un día dentro de El
Papalote Museo del Niño.
Un logro ciertamente personal, pues era uno de mis deseos
tener la oportunidad de llevar a Nico a este lugar tan increíble desde hace
mucho tiempo. Yo lo visité en mis tiempos mozos y resulta que sigue conservando
la misma magia.
Por supuesto, no es lo mismo los tres mosqueteros que 20
años después, y eso me quedó clarísimo en el momento en el que me quedé atorada
en el tobogán de “El árbol Ramón”. En el que nadie me advirtió que
potencialmente podría sufrir de claustrofobia y ser atacada por ligeras
descargas eléctricas en las uniones de aluminio de semejante aparato mortal.
Pero la tecnología también avanza (no sólo mi edad) y
gracias a eso, pudimos disfrutar de una experiencia en el Duomo. Mismo que se
convierte en una especie de planetario en el que mi gran amigo Elmo
sorprendentemente deja a un lado su cursilería e impactantemente tiene algo
interesante que aportar al conocimiento cósmico de los niños.
L
os pequeños corrieron, toquetearon, brincaron y exploraron
todo el día. ¿Carmela y yo? Lo disfrutamos… sobre todo, los momentos en los que
nos imaginábamos tranquilamente sentadas tomándonos un cafecito platicador en
La Condesa.
Y cuando uno piensa que las burbujas han perdido su momento
estelar, entras al Burbumundo y te das cuenta que por alguna extraña razón, las
burbujas nunca dejarán de ser cool.
Terminamos el día muertas y agradeciendo a cielo y la vida
la invención del iPad. Misma que nos permitió tener una cena, más o menos de
forma decente y tranquila, en la que solo hubo la ruptura de un plato que
lamentar.
Los lamentos se intensificaron el sábado, cuando camino a
Six Flags, el monstruo vomitón que nos acecha hizo de las suyas, se apoderó de
Nico y éste procedió cual aspersor de pasto a repartir guacareo. Incluyendo la
tapicera trasera del carro del esposo de mi amiga y por supuesto mi pantalón.
¿Pero qué expresa mejor el ser mamá que un pantalón vomitado por el resto del
día?
Superamos el episodio y disfrutamos del folklor del parque.
Mismo que incluye atracciones impresionantes como la de Batman, y otras aún más
sorprendentes… tacitas voladoras todavía con la imagen de la ya desaparecida
Keiko (que en paz descanse). Seguridad ante todo, que no han de tener más de 30
o 40 años dando servicio.
Pero los niños no necesitan demasiado para pasarla bien. Y
la realidad es que cuando uno los ve emocionarse, se olvida casi de todo. (Digo
casi porque el olor a vómito hacía difícil que se me olvidara que estaba
presente)
Señoras mías, tengo sabiduría que compartir… ¿Ir a un parque
de diversiones sin apoyo adicional? No es lo más recomendable del mundo.
Especialmente si sufren de extremo mareo en juegos mecánicos como yo. Me hice
la valiente PERO pude haber muerto en el intento.
Pasamos el día del tingo al tango. Me reencontré con mi
querida amiga Lorena, que en algunos meses, estará gozando de los privilegios
de ser madre (vómitos y babas incluídos) y revivimos nuestra infancia en La
Cabaña del Tío Chueco. Gente… esa casa no es apta para cardiacos.
El fin de semana terminó en la matiné de Iron Man. La comodidad
de un buen asiento y dos niños con el pico cerrado por un par de horas sonaba
casi tan atractivo como las tres nieves Nutrisa que me receté durante el viaje.
Pero lo mejor de todo, fueron momentos como éstos. Esos en
los que la vida real se escurría entre nosotros y nos permitía estar cerca.
Preparar la cena juntas y contar un cuento comunitario antes de dormir.
Acurrucar a la pequeña María José un rato teniendo como
fondo el dulce sonar de su chupa-dedo.
El cafecito en La Condesa se quedó en la imaginación pero en
cambio, tuvimos la oportunidad de consentir y apapachar a nuestros pequeños
mutuamente. Eso le gana incluso al chisme y la cafeína.
El lunes pasado me bajé del avión y me recibió una semana de
terror. Un gran amigo, compañero de trabajo y colega de apenas 37 años de edad
sufrió un infarto fulminante el lunes por la noche. Fue una semana de trámites,
funerales y muchas lágrimas. Cargué pilas en México solo para venir a vivir una
tragedia inconmensurable. Y sin embargo, tal vez fueron esas maravillosas
vibras las que me permitieron tener la entereza necesaria para enfrentar lo que
se venía.
Fue una semana sumamente difícil pero también llena de
tremenda humildad y agradecimiento. Un insolente recordatorio de que la vida no
la tenemos comprada. Que esta noche cuenta. Fue entonces cuando sonreí en mi
interior y un destellito de felicidad vino a mí. Agradecí la oportunidad de ese
viaje. De haber decidido no postergar más un reencuentro con mi gran amiga y
sus hijos. Comprendí que el tiempo, el dinero y las oportunidades son efímeras
y que aprovechar los momentos que tenemos a la mano es siempre la mejor
decisión que podemos tomar.
Nico sigue platicando de su viaje, de su amigo Fer y de las
cosas increíbles que conoció en México. Quiere ponerse todos los días la
playera que tutia Carmela le regaló. Y
en estas largas noches de insomnio, de huecos en el estómago y de luto; yo
también sigo recordando nuestro viaje. La oportunidad de estar cerca de mi
amiga como en los viejos tiempos y la tranquilidad de saber que no di las cosas
por sentado. Que aproveché mis estrellas. Que me estiré un poquito más que
normalmente y le dediqué un fin de semana al mantenimiento de esos lazos importantes.
La vida es un suspiro y la muerte llega de formas
inesperadas. Estos días fui sacudida por esa realidad. Abracé un poquito más
fuerte a mis seres queridos y me aseguré de irme a dormir sintiéndome cómoda
con mi vida y con los que me rodean. Haciendo una lista mental de ésas personas
importantes a quien quiero volver a ver pronto y buscando en mi memoria esas
fotografías mentales que me reconfortan. Como ésta.
Querida amiga, gracias por abrirme las puertas de tu casa. Por tus atenciones y tu hospitalidad. Por un fin de semana increíble. Te quiero.
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