Abro la puerta y lo encuentro ahí. Grandote,
bronceado y con la misma sonrisa que parece que tiene congelada desde el día
que nació. Le doy un beso en la nariz, y empieza a brincar a mi alrededor con
sus pies descalzos. Una de esas batallas que me ganó desde hace mucho, pero que
de vez en cuando todavía trato de pelear con un cansado y resignado: “¡ponte chanclas, no andes descalzo!”.
“¿Mami, sabías que no siempre fue necesario
usar bloqueador para salir?”- me pregunta, con este tono entusiasta y maravilloso
que tienen los niños cuando acaban de aprender algo nuevo. Antes de que pueda
responder, continúa con su monólogo: “Antes teníamos una cosa en el cielo que
se llamaba capa de ozono, y se le hizo un hoyo porque hace mucho tiempo las
personas empezaron a utilizar unos gases que se llaman tornasoles…”-
“Aerosoles…” – lo corrijo. “Ah sí, aerosoles… y entonces se destruyó y ahora los rayos morados son
más fuertes y por eso tenemos que usar siempre bloqueador”. No contengo la
risa y empiezo a imitar sus brincos.
“Rayos ultravioleta,
Nico. No morados”-
le digo, mientras recuerdo mis días de Aquanet y del copete estilo Flans que no
había bomba atómica que pudiera afectar, modificar o destruir después de
rociarlo con el bote de aerosol blanco con rosa.
“¿Alguien en tu familia uso de esos aerosoles,
mami?”- titubeo pero le digo la verdad. Que sí. Que los utilizamos todos, sin
saber las consecuencias. Sus ojos se abren como platos y me consuela: “No te preocupes, mami, porque tú no sabías
que era malo.”-
Mi mente vaga por un momento, pensando qué
seguiremos haciendo mal hoy, qué otras consecuencias de mi pasado tendrá que
pagar Nico y el solo pensamiento me mueve algo dentro; me despierta las ganas
de seguir haciendo las cosas mejor. De que las decisiones de mi vida traigan a
la suya menos bloqueador y más libertad de salir al sol libremente.
No estoy con él todo el tiempo. No siempre
comemos juntos. No siempre lo recojo del colegio. Estiro las tardes para que me
alcancen lo más posible. Me siento en la grada del club sudando la gota gorda
mientras él nada, absorto en sus brazadas y a veces, ajeno a mi presencia. Sudando
mis culpas por no poder estar con él en cada momento.
Pero la realidad es, que ni él ni yo
quisiéramos eso. Trabajo porque contamos con mi aportación, pero también porque
es parte de lo que soy. Porque lo necesito. Porque me encanta lo que hago y
porque no nací para ser ama de casa. Trabajo porque es parte del ejemplo que le
quiero dar a mi hijo. Trabajo rindiendo tributo a ese movimiento social de
igualdad de oportunidades para nuestro género.
Y entonces, lucho todos los días por tener un
balance en nuestras vidas. Por darle calidad en vez de cantidad y de construir en
su memoria ese equilibrio, que entienda a través de su día a día que en la vida
es difícil tenerlo todo. Pero que lo que tenemos puede ser no solo suficiente,
sino maravilloso si sabemos hacerlo así.
Este verano, como los anteriores, no estaré con
él por las mañanas haciéndole desayuno o atrapados entre las sábanas y el aire
acondicionado hasta tarde. Eso es un privilegio de quien se queda en casa. Pero
quienes nos vamos a trabajar tenemos
otros muchos. Y son en esos en los que me enfoco.
Este verano, como los anteriores, sus
vacaciones no modifican mis responsabilidades en mi oficina. Pero eso no
significa que no hay manera de dejarle huella todos los días. Así que este
verano, añadiremos una tradición más a nuestros libros: The Summer Bucket.
Nos tiramos en el suelo y en tiras de papel
empezamos a escribir. Y ahora, durante todo el verano sacaremos papelitos
llenos de promesas. Promesas de diversión y de aventura juntos. Desde lo más
sencillo hasta lo más elaborado, escribimos juntos todos esos sueños que nos
quedan por cumplir durante esta temporada de calor.
Con un poco de suerte, esta cubetita azul se
volverá parte de los mejores recuerdos de su infancia para siempre. Con un poco
de suerte y hoy, al sacar el papelito, no me tocará guerrita de globos de agua.
Porque es martes, y hay que trabajar, e ir a clases por la tarde y pasar al
súper. O tal vez, con un poco de suerte, hoy al sacar el papelito me tocará la
guerrita de globos de agua. Y nos olvidaremos de todo lo demás y nos mojaremos
hasta que se ponga el sol.
Porque no estaré todo el tiempo con él, pero
cuando lo estoy, soy toda suya. Para escucharlo, para reírnos, para vivir lo
mundano y lo extraordinario, para hacer realidad papelitos.
1 comentario:
¡Quiero ser una mamá como tuuuuú!
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