martes, 16 de junio de 2015

The Summer Bucket



Abro la puerta y lo encuentro ahí. Grandote, bronceado y con la misma sonrisa que parece que tiene congelada desde el día que nació. Le doy un beso en la nariz, y empieza a brincar a mi alrededor con sus pies descalzos. Una de esas batallas que me ganó desde hace mucho, pero que de vez en cuando todavía trato de pelear con un cansado y resignado: “¡ponte chanclas, no andes descalzo!”

“¿Mami, sabías que no siempre fue necesario usar bloqueador para salir?”- me pregunta, con este tono entusiasta y maravilloso que tienen los niños cuando acaban de aprender algo nuevo. Antes de que pueda responder, continúa con su monólogo: “Antes teníamos una cosa en el cielo que se llamaba capa de ozono, y se le hizo un hoyo porque hace mucho tiempo las personas empezaron a utilizar unos gases que se llaman tornasoles…”- 

“Aerosoles…” – lo corrijo. “Ah sí, aerosoles… y entonces se destruyó y ahora los rayos morados son más fuertes y por eso tenemos que usar siempre bloqueador”. No contengo la risa y empiezo a imitar sus brincos. 

“Rayos ultravioleta, Nico. No morados”- le digo, mientras recuerdo mis días de Aquanet y del copete estilo Flans que no había bomba atómica que pudiera afectar, modificar o destruir después de rociarlo con el bote de aerosol blanco con rosa. 

“¿Alguien en tu familia uso de esos aerosoles, mami?”- titubeo pero le digo la verdad. Que sí. Que los utilizamos todos, sin saber las consecuencias. Sus ojos se abren como platos y me consuela: “No te preocupes, mami, porque tú no sabías que era malo.”-

Mi mente vaga por un momento, pensando qué seguiremos haciendo mal hoy, qué otras consecuencias de mi pasado tendrá que pagar Nico y el solo pensamiento me mueve algo dentro; me despierta las ganas de seguir haciendo las cosas mejor. De que las decisiones de mi vida traigan a la suya menos bloqueador y más libertad de salir al sol libremente. 

No estoy con él todo el tiempo. No siempre comemos juntos. No siempre lo recojo del colegio. Estiro las tardes para que me alcancen lo más posible. Me siento en la grada del club sudando la gota gorda mientras él nada, absorto en sus brazadas y a veces, ajeno a mi presencia. Sudando mis culpas por no poder estar con él en cada momento. 

Pero la realidad es, que ni él ni yo quisiéramos eso. Trabajo porque contamos con mi aportación, pero también porque es parte de lo que soy. Porque lo necesito. Porque me encanta lo que hago y porque no nací para ser ama de casa. Trabajo porque es parte del ejemplo que le quiero dar a mi hijo. Trabajo rindiendo tributo a ese movimiento social de igualdad de oportunidades para nuestro género. 

Y entonces, lucho todos los días por tener un balance en nuestras vidas. Por darle calidad en vez de cantidad y de construir en su memoria ese equilibrio, que entienda a través de su día a día que en la vida es difícil tenerlo todo. Pero que lo que tenemos puede ser no solo suficiente, sino maravilloso si sabemos hacerlo así. 

Este verano, como los anteriores, no estaré con él por las mañanas haciéndole desayuno o atrapados entre las sábanas y el aire acondicionado hasta tarde. Eso es un privilegio de quien se queda en casa. Pero quienes  nos vamos a trabajar tenemos otros muchos. Y son en esos en los que me enfoco. 



Este verano, como los anteriores, sus vacaciones no modifican mis responsabilidades en mi oficina. Pero eso no significa que no hay manera de dejarle huella todos los días. Así que este verano, añadiremos una tradición más a nuestros libros: The Summer Bucket. 



Nos tiramos en el suelo y en tiras de papel empezamos a escribir. Y ahora, durante todo el verano sacaremos papelitos llenos de promesas. Promesas de diversión y de aventura juntos. Desde lo más sencillo hasta lo más elaborado, escribimos juntos todos esos sueños que nos quedan por cumplir durante esta temporada de calor. 



Con un poco de suerte, esta cubetita azul se volverá parte de los mejores recuerdos de su infancia para siempre. Con un poco de suerte y hoy, al sacar el papelito, no me tocará guerrita de globos de agua. Porque es martes, y hay que trabajar, e ir a clases por la tarde y pasar al súper. O tal vez, con un poco de suerte, hoy al sacar el papelito me tocará la guerrita de globos de agua. Y nos olvidaremos de todo lo demás y nos mojaremos hasta que se ponga el sol. 



Porque no estaré todo el tiempo con él, pero cuando lo estoy, soy toda suya. Para escucharlo, para reírnos, para vivir lo mundano y lo extraordinario, para hacer realidad papelitos. 


1 comentario:

Eva Bibo dijo...

¡Quiero ser una mamá como tuuuuú!