miércoles, 15 de mayo de 2013

Fruit loop

La semana pasada disfruté de mi quinto Día de las Madres. El sexto si nos ponemos técnicos, pero como no hay quinto malo, diremos que fue el número 5.
 
La noche antes, mientras desarrugaba y colgaba mi vestido nuevo, como cada año; pensaba como todo esto se había convertido en una tradición sin siquiera planearlo. La expectativa de estar ahí, un poco antes de lo habitual, preparando mi cámara y esperando ver salir a mi estrella a dar su espectáculo. Las prisas de la mañana suspendidas por un instante, para tomarnos el tiempo de posar para la tradicional foto en la puerta de la casa y preservarla en el tiempo.
 

Nico despertó muy temprano, con la sonrisa y la pasión hasta el tope. Inquieto, dándome besos y abrazos, mi regalo y jugueteando con sus deditos de esa forma en la que lo hace siempre que está por presentar un festival, una rima o una competencia. Apasionado. Si tuviera que describir a Nico en una palabra que no fuera PERFECTO (¡ja! Broma… tal vez) sería esa… APASIONADO.
 

Me senté como cada año, junto a mi amiga Deb. Conscientes que éste sería último festival que compartiríamos juntas. Al otro lado, mi mamá y mi tía, espectadoras principiantes en este colegio pero todas unas veteranas en el arte de los festivales.
 

El espectáculo comenzó. Esta vez con temática de tablas rítmicas.
 

Sorprendí a Nico practicando días antes en su cuarto…
 
¿Qué haces, Niquito? – le pregunté.
Pues ensayando, mami. Mi baile para el día de las mamás. ¡Para que me salga super bien para ti!- me respondió.
 





Querido Nico,
 
Hace un par de semanas, me topé con esto en Pinterest.
 

Y pensé en ti. Eres un fruit loop, mi amor. Un fruti-loopy como se llamaban en mis tiempos. Deseo que siempre lo seas. Que conserves esa alegría y esa pasión por las cosas siempre.
 

No dejaste de sonreír NI UN SEGUNDO durante tu baile. Te tomé más de 200 fotos, y en todas, digo en TODAS sales sonriendo. Eso es lo mejor de ti, mi amor. Esa manera en la que disfrutas el momento. La vida. Lo que haces.
 

Eres un Fruit Loop en un mundo lleno de Cheerios. Nunca pierdas tu color, mi amor. Nunca dejes que la amargura de este mundo consuma tu brillo y te convierta en un Cheerio más. Creo que todos nacemos siendo Fruit Loops, pero muy pocos logran conservarse así. Y no importa si eres un fruit loop tímido o extrovertido, analítico o sensible, malo para los deportes o bueno en matemáticas. Pero conserva tus colores, tu esencia siempre. Eso es lo más importante. Lo que te hace único y especial. Auténtico.
 

Gracias por otro festival inolvidable, mi fruit loop. No sé qué nuevas modalidades nos esperen para el próximo año en la nueva escuela, pero un trocito de mi corazón siempre recordará con melancolía estos bailes inocentes y disparatados en el kínder.
 

Recuerda lo que dice Dr. Seuss siempre… En un mundo donde puedes ser cualquier cosa, sé tú mismo. Sé un fruit loop.
 
 

martes, 14 de mayo de 2013

Encendiendo la luz

Desperté el 10 de Mayo un poquito antes que todos. Exhausta de una semana oscura, tratando de sacudirme la pesadez de los días anteriores. Respirando profundamente y convenciéndome que era un día para disfrutarse. Un fin de semana para celebrar. Mi mamá y una de mis queridas tías llegaron la noche anterior para pasar el fin de semana con nosotros. Vitamina directa para el alma.
 
 

No soy fan de Harry Potter, pero considero al personaje de Albus Dumbledore como la parte espiritual de todo el concepto. A lo largo de los años, me he topado con algunas citas del libro atribuidas a él, y estos días recordé mucho esta:
 
“Happiness can be found even in the darkest of times. If one only remember to turn on the light”
 
Este fin de semana, recordé prender la luz y absorberla toda. Vivir el momento, disfrutar la presencia de mi familia. Asistimos juntas al Festival de Nico. El último en su categoría de parvulitos. El primero que le tocó presenciar a mi mamá. Pero el festival en sí, es harina de otro costal. O más bien, letras para otro post.
 
 
Generalmente, el día de las Madres la paso trabajando y después tan solo Nico y yo. Éste año, la pasamos en multitud; haciendo compras y compartiendo nieves.
 
 
Por la noche, una cena italiana en familia; con la que por fin repuse una semana de inapetencia y falta de risas. Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que tuve el privilegio de cenar con mi mamá y mi tía juntas, en la misma mesa. Al caer en cuenta de ello, mi luz brilló incluso un poquito más.
 

Mi cocina se llenó del aroma a desayuno de mi mamá por las mañanas. Y mi luz se volvió a prender. Pasando platos, compartiendo el pan dulce. Caminando por la marina que tan orgullosos presumimos a todo turista que llega a visitarnos.
 

Un deseo más a la fuente de Puerto Paraíso. Y él está convencido de que todos se vuelven realidad. Su luz siempre está encendida, como la de todo niño.
 

Este fin de semana, no olvidé encender mi luz. Aun sabiendo que las sombras están ahí; el resplandor del amor y de los buenos momentos en familia, siempre las opacan.
 
 

No olviden encender su luz, incluso en momentos de oscuridad.

 

lunes, 13 de mayo de 2013

Viaje a la gran ciudad

Finalmente estoy sentada en este sagrado espacio. El lugar justo entre la realidad y mi teclado; teniendo como fondo de pantalla los piecitos de Nico jugueteando en mi cama, que alcanzo a divisar desde mi periferia; y mi orquesta ovípara personal, las decenas de pajaritos que regresan a sus nidos cantando después de un largo día que empieza su ocaso junto con el sol.
 
En mi mente brincan de un lado a otro las miles de ideas y pensamientos acumulados durante estos días de abandono en este espacio. Tratando de ganarse uno a otros y lograr ser plasmados en esta página en blanco. Cuando las letras sobran y las experiencias de vida se hacen presentes no queda más que eso… enfilar las palabras como en batallón, ordenarlas de acuerdo a su rango y empezar a escribir.
 
Justo hace una semana, Nico y yo regresábamos de nuestro primer viaje del año. Uno que surgió de manera relativamente espontánea en un día cualquiera mientras mi amiga y yo discutíamos sobre la vida y sus pormenores en el desaparecido Messenger. Hacía casi dos años que el destino no nos hacía coincidir. Hay veces que las coincidencias tienen que forzarse. Y entonces, tomé mi tarjeta de crédito y el mes pasado reservé dos boletos de avión hacía la ciudad de México.
 
No sé si las conexiones se hereden o la familiaridad se generalice, pero Nico y Fer se brincaron los incómodos “hace dos años que no te veo” y “no te tengo mucha confianza” para aterrizar directamente en el “siento que te vi ayer y somos bien compas”.  
 

La vida me sorprendió gratamente, demostrándome que lo que un día imaginé que sería entre nuestros hijos, es posible incluso aunque estemos a miles de kilómetros de distancia.
 

Nuestra primera parada fue en Kidzania. Una ciudad hecha a su medida, en la que –queridos padres de familia- dos horas son SUFICIENTE como adultos. Y todo un día es insuficiente cuando eres niño.
 

 
Compras en Walmart y manufactura de gansitos fueron los éxitos más visibles.
 
 
 

Les diré una cosa, uno no sabe su capacidad de multi-tasking hasta que uno no se ve en la necesidad de:
 
* Mantener localizados a 3 niños menores de 5 años en un lugar donde pululan especímenes similares
* Tratar de ponerse al corriente de los chismes información después de 2 años sin verse con una gran amiga (y no, el hecho de que estemos todo el día en un chat no cuenta, porque no es lo mismo)
* Tomar fotos de dichos menores
* Cargar bolsas, pañaleras, botellas de agua, palomitas y similares
* Mandar mensajes y contestar celular
 

Todo al mismo tiempo y sin intermedios.
 
 
Al día siguiente, logramos salir de la casa milagrosamente en tiempo y de acuerdo al itinerario para llegar a pasar un día dentro de El Papalote Museo del Niño.
 

Un logro ciertamente personal, pues era uno de mis deseos tener la oportunidad de llevar a Nico a este lugar tan increíble desde hace mucho tiempo. Yo lo visité en mis tiempos mozos y resulta que sigue conservando la misma magia.
 

Por supuesto, no es lo mismo los tres mosqueteros que 20 años después, y eso me quedó clarísimo en el momento en el que me quedé atorada en el tobogán de “El árbol Ramón”. En el que nadie me advirtió que potencialmente podría sufrir de claustrofobia y ser atacada por ligeras descargas eléctricas en las uniones de aluminio de semejante aparato mortal.
 

Pero la tecnología también avanza (no sólo mi edad) y gracias a eso, pudimos disfrutar de una experiencia en el Duomo. Mismo que se convierte en una especie de planetario en el que mi gran amigo Elmo sorprendentemente deja a un lado su cursilería e impactantemente tiene algo interesante que aportar al conocimiento cósmico de los niños.
 
L
os pequeños corrieron, toquetearon, brincaron y exploraron todo el día. ¿Carmela y yo? Lo disfrutamos… sobre todo, los momentos en los que nos imaginábamos tranquilamente sentadas tomándonos un cafecito platicador en La Condesa.
 
 
 

Y cuando uno piensa que las burbujas han perdido su momento estelar, entras al Burbumundo y te das cuenta que por alguna extraña razón, las burbujas nunca dejarán de ser cool.
 
 

Terminamos el día muertas y agradeciendo a cielo y la vida la invención del iPad. Misma que nos permitió tener una cena, más o menos de forma decente y tranquila, en la que solo hubo la ruptura de un plato que lamentar.
 

Los lamentos se intensificaron el sábado, cuando camino a Six Flags, el monstruo vomitón que nos acecha hizo de las suyas, se apoderó de Nico y éste procedió cual aspersor de pasto a repartir guacareo. Incluyendo la tapicera trasera del carro del esposo de mi amiga y por supuesto mi pantalón. ¿Pero qué expresa mejor el ser mamá que un pantalón vomitado por el resto del día?
 

Superamos el episodio y disfrutamos del folklor del parque. Mismo que incluye atracciones impresionantes como la de Batman, y otras aún más sorprendentes… tacitas voladoras todavía con la imagen de la ya desaparecida Keiko (que en paz descanse). Seguridad ante todo, que no han de tener más de 30 o 40 años dando servicio.
 
Pero los niños no necesitan demasiado para pasarla bien. Y la realidad es que cuando uno los ve emocionarse, se olvida casi de todo. (Digo casi porque el olor a vómito hacía difícil que se me olvidara que estaba presente)
 

Señoras mías, tengo sabiduría que compartir… ¿Ir a un parque de diversiones sin apoyo adicional? No es lo más recomendable del mundo. Especialmente si sufren de extremo mareo en juegos mecánicos como yo. Me hice la valiente PERO pude haber muerto en el intento.
 
 

Pasamos el día del tingo al tango. Me reencontré con mi querida amiga Lorena, que en algunos meses, estará gozando de los privilegios de ser madre (vómitos y babas incluídos) y revivimos nuestra infancia en La Cabaña del Tío Chueco. Gente… esa casa no es apta para cardiacos.
 

El fin de semana terminó en la matiné de Iron Man. La comodidad de un buen asiento y dos niños con el pico cerrado por un par de horas sonaba casi tan atractivo como las tres nieves Nutrisa que me receté durante el viaje.
 
Pero lo mejor de todo, fueron momentos como éstos. Esos en los que la vida real se escurría entre nosotros y nos permitía estar cerca. Preparar la cena juntas y contar un cuento comunitario antes de dormir.
 

Acurrucar a la pequeña María José un rato teniendo como fondo el dulce sonar de su chupa-dedo.
 

El cafecito en La Condesa se quedó en la imaginación pero en cambio, tuvimos la oportunidad de consentir y apapachar a nuestros pequeños mutuamente. Eso le gana incluso al chisme y la cafeína.
 
 

El lunes pasado me bajé del avión y me recibió una semana de terror. Un gran amigo, compañero de trabajo y colega de apenas 37 años de edad sufrió un infarto fulminante el lunes por la noche. Fue una semana de trámites, funerales y muchas lágrimas. Cargué pilas en México solo para venir a vivir una tragedia inconmensurable. Y sin embargo, tal vez fueron esas maravillosas vibras las que me permitieron tener la entereza necesaria para enfrentar lo que se venía.
 
Fue una semana sumamente difícil pero también llena de tremenda humildad y agradecimiento. Un insolente recordatorio de que la vida no la tenemos comprada. Que esta noche cuenta. Fue entonces cuando sonreí en mi interior y un destellito de felicidad vino a mí. Agradecí la oportunidad de ese viaje. De haber decidido no postergar más un reencuentro con mi gran amiga y sus hijos. Comprendí que el tiempo, el dinero y las oportunidades son efímeras y que aprovechar los momentos que tenemos a la mano es siempre la mejor decisión que podemos tomar.
 
Nico sigue platicando de su viaje, de su amigo Fer y de las cosas increíbles que conoció en México. Quiere ponerse todos los días la playera que tutia Carmela le regaló. Y en estas largas noches de insomnio, de huecos en el estómago y de luto; yo también sigo recordando nuestro viaje. La oportunidad de estar cerca de mi amiga como en los viejos tiempos y la tranquilidad de saber que no di las cosas por sentado. Que aproveché mis estrellas. Que me estiré un poquito más que normalmente y le dediqué un fin de semana al mantenimiento de esos lazos importantes.
 

La vida es un suspiro y la muerte llega de formas inesperadas. Estos días fui sacudida por esa realidad. Abracé un poquito más fuerte a mis seres queridos y me aseguré de irme a dormir sintiéndome cómoda con mi vida y con los que me rodean. Haciendo una lista mental de ésas personas importantes a quien quiero volver a ver pronto y buscando en mi memoria esas fotografías mentales que me reconfortan. Como ésta.   


 
Querida amiga, gracias por abrirme las puertas de tu casa. Por tus atenciones y tu hospitalidad. Por un fin de semana increíble. Te quiero.

viernes, 10 de mayo de 2013

Para siempre


Nada es para siempre, dicen por ahí. Es cierto. Y según el cristal con que se mire, eso de que “nada sea para siempre”, puede ser algo increíblemente bueno o muy aterrador.
 
Pero hay algo que sí será para siempre en mi vida. Fue a partir de ese llanto a todo pulmón. El regalo que me dio Nico para el resto de mi vida. Para siempre seré mamá. SU mamá.

 
 
El sol apenas se asoma y mi vestido nuevo cuelga de la puerta del clóset. Hoy tengo la dicha de celebrar ser mamá y celebrar a la mía, que todavía duerme en la habitación de un lado. Hoy asistiré a mi último festival de Día de las Madres en ese kínder donde inauguré esa parte de mi corazón que se siente explotar cuando ves a tu bebé bailando para ti. Y mi mamá estará conmigo, aplaudiéndole y fotografiándolo como un día lo hizo en MI kinder.
 
Mamá sí es para siempre, una extraordinaria excepción a la regla.

jueves, 9 de mayo de 2013

Reportándome

La vida se aceleró en esta última semana. Ya es jueves nuevamente. Apenas el jueves pasado preparaba los detalles finales de la maleta para un viaje que prometía mucho. Y que por supuesto, cumplió. Estos piecitos viajeros llegaron hasta la ciudad de México para pasar un fin de semana ajetreado, divertido y compartido con personas especiales.
 

 
El regreso se convirtió en caos y tragedia. El lunes por la noche, un querido amigo y colega de trabajo, sufrió un paro cardiaco fulminante y lo perdimos para siempre. Ha sido un proceso difícil y doloroso. Ahora todos nos encontramos tratando de volver a la normalidad. Esa que parece inalcanzable después de situaciones como ésta. Pero que con fe y tiempo, siempre logramos alcanzar.
 
Nuestro viaje fue increíble y especial. Vale la pena reconstruirlo con fotos y palabras. Y muy pronto así será. Por el momento, enfocaré mis energías en recuperar el aliento y prepararme para mi último festival de Día de las Madres a nivel preescolar y celebrar el privilegio de ser protagonista de un día como mañana. Siendo mamá, y mejor aún, teniendo a MI mamá conmigo.

jueves, 2 de mayo de 2013

Recuerdos de Mayo

Ya es Mayo. No puedo creer que ya sea Mayo. Mayo siempre me recuerda dos cosas en particular: mi Primera Comunión (de la que afortunadamente no tengo fotos digitales disponibles) y el Bautizo de Nico.
 

Mi bolita regordeta. El pobre, que justo ese día sufrió la PRIMERA caída de su vida. Nótese el chichón a media frente.
 

No puedo creer que esto fue en el 2008. Todavía recuerdo cuando le pedimos a mis compadres que fueran sus padrinos.
 
No se pierdan la cara de divertidos de los 5.
 
Lo que me recuerda otra cosa… un verano prometedor está a la vuelta de la esquina.
 

miércoles, 1 de mayo de 2013

¿Lo estoy haciendo bien?

Querido Nico,
 
No tuvimos el Día del Niño perfecto ayer. Y no quise escribir anoche sobre el tema porque sabía que unas horas de sueño y descanso me darían otra perspectiva. No me equivoqué. Ayer hubiera dicho que habría deseado que las cosas hubieran pasado diferente. Hoy, pienso que pasaron justamente como necesitábamos que lo hicieran.
 
La mañana empezó sintiendo tus deditos en la espalda despertándome y susurrando “Mami, ¡ya es día del niño!”. Sonreí y abrí los ojos para darte el abrazo de oso que esperabas y merecías. En esta casa, las celebraciones las hacemos en grande, y los días especiales acostumbramos hacerlos ESPECIALES. Cerraste tus ojitos y pusiste tus manitas en posición…
 

Nico, compré éste regalo para ti hace un mes. Papi y yo decidimos con sumo cuidado cuál sería el regalo perfecto para un día tan especial. Lo guardé en mi oficina y cada que volteaba a verlo, sonreía pensando en lo feliz que te haría. Pero tu primera reacción me sorprendió. No era lo que esperaba escuchar de ti. Aun así, seguimos la celebración y llegamos a la escuela para un día de fiesta total con tus amigos.
 
 

Creo que te la pasaste increíble. A juzgar por los niveles de azúcar con los que me recibiste a la hora de la salida, puedo apostar que tuviste una mañana fabulosa. ¿Mi mañana? Bueno, no fue tan increíble como la tuya. Las cosas en la oficina están tensas, la locura del fin de mes se hizo presente y mi cabeza estuvo a punto de estallar en innumerables ocasiones. Cuando el reloj marcó la hora de recogerte de la escuela, mi corazón se paró por un segundo por la decepción. Hice todos mis esfuerzos por tratar de terminar a tiempo, y poder pasar el resto de la tarde contigo pero fue imposible.
 
Llegamos a casa a comer. Uno de tus menús favoritos. No cocinaré lo que te comes, pero puedo asegurarte que me encargo de los detalles. Y de planear que en días especiales para ti, comamos las cosas que más te gustan. Después de comer, la cosa estalló. Perdiste una de las figuritas de tu juguete nuevo. Que ni siquiera habías usado nunca. Y no fue la primera vez. Y tú reaccionaste tratando de no darle tanta importancia y yo perdí el control.
 
Hubo gritos, hubo llanto, hubo regaños y hubo decepción. Pero también hubieron lecciones rescatables. Y alertas importantes para poner atención. Finalmente el juguete apareció y tuvimos la plática que tal vez debimos haber tenido desde la mañana cuando abriste tu regalo.
 
Esto de ser padre es difícil, Nico. Y no sé si todos los padres se lo pregunten todas las noches al acostarse, pero yo sí. La misma pregunta, todos los días… ¿lo estoy haciendo bien? Y eso no sólo incluye si te estoy dando los mejores cuidados o la mejor escuela. También incluye simplemente si te estoy dando suficiente, o muy poco… o tal vez demasiado. No quiero cometer el error de darte demasiado. He sido espectador de las consecuencias de ése error. Y la cosa termina fea.
 
Quiero que seas un niño amable, de buenos sentimientos y agradecido. Como lo has sido siempre. Y entiendo que es fácil desubicarse. Y desviarse. Y ayer aprendiste que eso es inaceptable. El resto del día me sentí mal porque tu Día del Niño no fue perfecto. ¿Pero sabes? Justo eso necesitabas. Darte cuenta que a veces, la vida se entromete en nuestra idílica perfección. Y que los actos tienen consecuencias. Incluso aunque sea Día del Niño. Y deseo que sigas viviendo en una burbuja privilegiada por muchos años más; en dónde yo te pueda proteger y entrenar para la vida real. Pero también es mi deseo y mi obligación que te des cuenta que el mundo allá afuera es diferente. Y mucho menos generoso.
 
Por la noche, la tranquilidad volvió a nuestros corazones. Aun así me fui a dormir algo perturbada. Y haciéndome la misma pregunta que todas las noches… ¿lo estoy haciendo bien?
 
Eso espero, solecito. Es mi mayor deseo. Hacerlo bien contigo. Verte convertido en el mejor hombre que puedes ser. Y a veces la culpa y la duda se asoman de mil maneras: el trabajo, el tiempo, muy poco, demasiado. Perdemos el balance, el equilibrio. Y tenemos días malos. Y días peores. Pero hoy, día festivo; todavía agotada e insegura, me levanté antes que el sol para trabajar desde temprano. Incluso más que de costumbre. Despertaste a tiempo para despedirme, feliz por no tener que ir a la escuela. Te di un beso y con tu manita suavecita me diste una palmadita en la cara y me dijiste: “Que te vaya bien, mami. Muchas gracias por trabajar mucho para mí.”-
 

Respiré profundo y mi voz interior contestó: ¿Ves? Lo estás haciendo bien.