El verano sigue su curso. El termómetro se
mantiene en los casi cuarenta, las lluvias son escasas y además de un par de
sustos de posibles huracanes, todo permanece constante.
El trabajo no deja de apretar, pero por lo
menos, las vacaciones de verano nos permiten modificar las rutinas y hacer
cosas diferentes.
Aunque no lo planeamos así, el calendario se
nos movió y eso se tradujo en 3 semanas lejos de Nico. Estoy en la recta final,
y la verdad, extrañarlo es mi verbo principal. Sé que la está pasando increíble
y sonrío de pensar todas las aventuras que su cabecita está acumulando para
contarme a detalle cuando volvamos a vernos.
Hablamos por teléfono pero nunca es suficiente.
Besar sus cachetitos rosados y sentir las cosquillas de su pelo en el rincón de
mi cuello donde todavía sabe acomodarse son los dos antojos que me apetecen
todo el día.
Ha sido un verano de viajes para mí. La locura
de mi vida laboral me da oportunidades de conocer lugares increíbles, gente
divertida y deliciosa cerveza. Estar en actividad, aligera un poco el hueco de
la ausencia y el silencio que se siente en mi casa cada que abro la puerta y no
escucho esos delicados pasos
corriendo hacia mí.
Imaginaba este tiempo cuando Nico era un bebé.
Sabía que la cervecería demandaría esta clase de trajines algún día. Pero falta mucho para eso… - pensaba. Ya que Nico crezca un poco más, entonces,
tendré tiempo de invertirle a mi carrera. Y de repente, este verano aquí
estamos. Justo en esa transición que ha entrado en nuestras vidas poco a poco
en el último año. “Ese tiempo” ya está aquí. “Este tiempo” es “Este tiempo”
ahora. El tiempo de mayor libertad e independencia, en el que ser mamá, su mamá, sigue siendo mi prioridad pero
una prioridad de menos... anarquía infantil.
Sería imposible negar que extraño aquél tiempo
en el que me necesitaba tanto. Pero la realidad, es que este tiempo también me gusta.
Como siempre, el sabor agridulce de la vida se mezcla en la boca y depende de
uno mismo escupirlo o saborearlo. Decido saborearlo.
Este fin de semana, un viaje express me levantó
las energías que se me apagan de repente con tanta revolución. Un par de días
con una de mis queridas amigas/hermanas surtió el efecto. Preparábamos la cena
en su cocina, picando verdura y dando tragos de la copa vino y pensaba: Que buen verano ha sido éste.
La escuela está a la vuelta de la esquina y de
pensarlo se me achica el estómago. Tercero de primaria suena a grande. Porque
ya está agrandándose. Sin pedir opinión ni permiso. El último día de clases de
segundo, mientras le tomaba la foto final con sus maestras, trataba de procesar
que se nos iba un ciclo escolar más y empecé a hiperventilar.
De shopping este fin de semana, comprando talla
10 y por momentos, no estando segura de que le quedaría, deseé detener el
tiempo de tajo. Justo en un mes, Nico cumple 8 años. Fue ayer y ahora de
repente, ya es un niño de 32 kilos y con músculos más marcados que los míos. Ya
hace reír a otros en sus conversaciones, se sabe las tablas de multiplicar, su
pie casi es tan grande como el mío y viaja sin mí durante 3 semanas.
Lista o no, está pasando. Una nueva etapa
amanece con nosotros cada mañana y pretendo disfrutarla como las demás.
Los próximos días el plan es desconectarnos y
disfrutar de unas merecidas vacaciones los tres juntos. El cierre perfecto a
las vacaciones de verano y el reencuentro esperado con el bebé del que siempre
me cuesta despedirme y que ahora como sin nada, se me va por semanas a vivir
sus aventuras lejos.
Cuento las horas para cerrar mi computadora y
decirle adiós a los pendientes laborales por unos días. Cuento los segundos
para abrazar a mi solecito y llenarme de arena los pies. El verano continúa con
su encanto y aquí estamos tratando de llenarnos de él.