lunes, 10 de agosto de 2015

Este tiempo



El verano sigue su curso. El termómetro se mantiene en los casi cuarenta, las lluvias son escasas y además de un par de sustos de posibles huracanes, todo permanece constante. 



El trabajo no deja de apretar, pero por lo menos, las vacaciones de verano nos permiten modificar las rutinas y hacer cosas diferentes. 



Aunque no lo planeamos así, el calendario se nos movió y eso se tradujo en 3 semanas lejos de Nico. Estoy en la recta final, y la verdad, extrañarlo es mi verbo principal. Sé que la está pasando increíble y sonrío de pensar todas las aventuras que su cabecita está acumulando para contarme a detalle cuando volvamos a vernos. 



Hablamos por teléfono pero nunca es suficiente. Besar sus cachetitos rosados y sentir las cosquillas de su pelo en el rincón de mi cuello donde todavía sabe acomodarse son los dos antojos que me apetecen todo el día. 





Ha sido un verano de viajes para mí. La locura de mi vida laboral me da oportunidades de conocer lugares increíbles, gente divertida y deliciosa cerveza. Estar en actividad, aligera un poco el hueco de la ausencia y el silencio que se siente en mi casa cada que abro la puerta y no escucho esos delicados pasos corriendo hacia mí. 






Imaginaba este tiempo cuando Nico era un bebé. Sabía que la cervecería demandaría esta clase de trajines algún día. Pero falta mucho para eso… - pensaba. Ya que Nico crezca un poco más, entonces, tendré tiempo de invertirle a mi carrera. Y de repente, este verano aquí estamos. Justo en esa transición que ha entrado en nuestras vidas poco a poco en el último año. “Ese tiempo” ya está aquí. “Este tiempo” es “Este tiempo” ahora. El tiempo de mayor libertad e independencia, en el que ser mamá, su mamá, sigue siendo mi prioridad pero una prioridad de menos... anarquía infantil. 

Sería imposible negar que extraño aquél tiempo en el que me necesitaba tanto. Pero la realidad, es que este tiempo también me gusta. Como siempre, el sabor agridulce de la vida se mezcla en la boca y depende de uno mismo escupirlo o saborearlo. Decido saborearlo. 

Este fin de semana, un viaje express me levantó las energías que se me apagan de repente con tanta revolución. Un par de días con una de mis queridas amigas/hermanas surtió el efecto. Preparábamos la cena en su cocina, picando verdura y dando tragos de la copa vino y pensaba: Que buen verano ha sido éste. 




La escuela está a la vuelta de la esquina y de pensarlo se me achica el estómago. Tercero de primaria suena a grande. Porque ya está agrandándose. Sin pedir opinión ni permiso. El último día de clases de segundo, mientras le tomaba la foto final con sus maestras, trataba de procesar que se nos iba un ciclo escolar más y empecé a hiperventilar. 





De shopping este fin de semana, comprando talla 10 y por momentos, no estando segura de que le quedaría, deseé detener el tiempo de tajo. Justo en un mes, Nico cumple 8 años. Fue ayer y ahora de repente, ya es un niño de 32 kilos y con músculos más marcados que los míos. Ya hace reír a otros en sus conversaciones, se sabe las tablas de multiplicar, su pie casi es tan grande como el mío y viaja sin mí durante 3 semanas. 



Lista o no, está pasando. Una nueva etapa amanece con nosotros cada mañana y pretendo disfrutarla como las demás. 

Los próximos días el plan es desconectarnos y disfrutar de unas merecidas vacaciones los tres juntos. El cierre perfecto a las vacaciones de verano y el reencuentro esperado con el bebé del que siempre me cuesta despedirme y que ahora como sin nada, se me va por semanas a vivir sus aventuras lejos. 



Cuento las horas para cerrar mi computadora y decirle adiós a los pendientes laborales por unos días. Cuento los segundos para abrazar a mi solecito y llenarme de arena los pies. El verano continúa con su encanto y aquí estamos tratando de llenarnos de él. 


martes, 21 de julio de 2015

Todo mío



Es oficial. El día de ayer, las aguas turquesas del Mar de Cortés vieron naceron un nuevo surfer. El mío. Lo alargué lo más que pude, la verdad, sabiendo que lo que tiene que ser será. Y que lo que es, es. Es su vida y soy su más grande espectadora. 

Su primer campamento de surf, y su amor por las olas creció como era esperado. 



“Es como volar, mami…” – me dijo con esa sonrisa que mueve mi universo. “¡Como volar entre nubes que se mueven rápido! Ya no me preguntes más, esto es lo que yo quiero ser para siempre, un surfer.”



Querido Nico,

Tengo clarito en la memoria el día que naciste, como si fuera ayer. No quería que te pegara ni el aire. Que nadie te viera, ni te tocara, ni te hablara. “¡Me lo gastan!” – pensaba. Eras todito mío. Cuatro kilos de rebozantes cachetes y ese olor a bebé que me volvía loca a cada segundo. Sigo pensando que así huele el cielo. Por lo menos el mío. 

Te contemplaba y mis ojos bailaban al ritmo de tu respiración. Arriba y abajo, arriba y abajo. Me tenía que controlar para no apachurrarte todo el sagrado día. “¡Es mío! ¡Todo mío!” – pensaba. Poco sabía yo que de “mío” no tenías ni un gramo. Y que apenas 7 años después ya te ibas a estar despidiendo de mí a ratitos. Dejándome en la orilla con un “¡al rato vengo, mami!”

Ilusa yo que no quería que te pegara ni el aire y que ahora me toca ver cómo te pegan las olas, el sol y la vida. Y cómo sonríes tú con cada revolcada. 


jueves, 9 de julio de 2015

El contrato de iPad



Me molesta ver a mi hijo en el iPad. Me molesta que le guste tanto. A decir verdad, nuestra vida era mucho más armoniosa antes de tomar la decisión de comprar una. Y aunque jamás tuvo como propósito servirle a él como juguete, al final, es inevitable la interacción. 

El fin de semana pasado, tuvimos una fuerte discusión al respecto. Y es que, cuando se trata de videojuegos, Netflix y cosas parecidas, la realidad es que pueden llegar a absorberte tanto al grado de convertirse en una droga peligrosa. Y esto aplica para todas las edades. 

En mi casa, los videojuegos no existen. Y pienso estirar esa inexistencia hasta el punto en el que sea simplemente imposible. Tengo la firme convicción de que un niño de 7 años no necesita una consola de videojuegos. Ni tampoco un iPad. Pero la tecnología nos ha alcanzado y rebasado sin control. Y en ese deseo de pertenecer, hemos permitido que esto se convierta en algo más poderoso que nosotros mismos. 

Por esto y muchas razones, para este verano en esta familia hemos llegado a un acuerdo. Quiero que mi hijo aprenda a valorarlo todo. Pero sobre todo, el tiempo. Yo sigo aprendiendo a hacerlo. Y me niego a pensar que pasará el poco o mucho tiempo libre que tenga durante estas semanas de vacaciones, pegado a un aparato jugando Minecraft o cualquier otra cosa, que en mi opinión, no le ofrecen más que una manera de matar el tiempo. 

No quiero que Nico mate el tiempo. Quiero que lo viva. 

Nico ha tenido sus responsabilidades en casa desde hace ya algunos años. Regar el jardín y tender su cama, son obligaciones no negociables todos los fines de semana. Y este año, durante las vacaciones de verano, hemos agregado otras tareas diarias a la lista. Tender la cama, barrer el patio y lavar los platos de plástico, serán sus obligaciones diariamente. 


Después de tener con él una conversación profunda sobre la importancia de saber aprovechar el tiempo y cuidar nuestra mente y nuestro cuerpo, le ayudé a preparar un contrato. El primero de muchos en su vida; “El contrato del iPad”. 



Las condiciones son claras y precisas. Tres días de iPad a la semana (30 minutos por la mañana, 30 por la tarde). Y mi objetivo principal, además de reducir su tiempo conectado a la pantalla, es reforzar su escritura. 

Sé que mi hijo no es como yo. Soy muy afortunada de que así sea. Yo a los 7 años, era el mismo ratón de biblioteca que soy hoy. Él empieza su campamento de surf y stand-up paddle la semana que entra. Way cooler than me, people. No es mi intención que ame las letras de la misma manera en la que a mí me apasionan, pero saber expresar sus ideas y emociones en papel es importante. Es liberador para el alma y necesario para aprender a sobrevivir en este mundo. 

No pretendo que su letra se haga perfecta de la noche a la mañana, la herencia de su papá se impuso desde sus primeros trazos. Pero sé que la práctica ayuda a perfeccionarlo todo. Por lo que este verano, nuestro contrato se basará en eso. La palabra escrita. 

Quiero que Nico conserve esa magia de maravillarse con las pequeñas cosas por siempre. Me niego a perderlo frente a una pantalla. Y si tengo que luchar contra ello todos los días, así lo haré. El mundo está lleno de colores maravillosos, mejores que los de una realidad virtual. Es mi responsabilidad seguírselo enseñando. Ese es MI contrato. No sólo de este verano, sino del resto de mi vida.

miércoles, 8 de julio de 2015

Memories



Me levanto antes que el sol para ir a correr con mi querida amiga. El calor todavía no aprieta pero ya se siente el sofoque del día que está por empezar. La pista casi desierta se va despertando con las zancadas de los pocos corredores que empezamos la rutina. El sol estira sus brazos y va pintando de diferentes rosados el lienzo azul que se levanta sobre mi cabeza. 

Terminamos la rutina, un poco sudadas, un poco cansadas y listas para decir buenos días al sábado que estamos por comenzar. El sol ya calienta cuando nos subimos a la camioneta y discutimos brevemente lo que el mundo celebra desde el día anterior. “No importa cómo ames. Lo importante es amar. Hombre con hombre, mujer con mujer… Es algo inmenso, Nico. Algún día entederás la magnitud.”

Sonríe y hace curva hacia un lado su sonrisa, como siempre que no está muy seguro de qué hablamos. En las bocinas empieza a sonar Alanis Morrisette y Nico se acomoda sus audífonos para escuchar algo… menos noventero supongo. 

Chileno nos recibe entre una construcción masiva de un complejo hotelero, que me recuerda el crecimiento privilegio de nuestro paraíso y al mismo tiempo me rompe el corazón. No respetamos nada como especie.

Pero el concreto es fácil de ignorar cuando te topas de frente con esto.



Nico adopta un cangrejo ermitaño como mascota por unos 20 minutos. Y está convencido que el mundo lo ha puesto justo ahí para él. Es ahora responsable de su felicidad. Lo deja con cuidado en una piedra, casi con el corazón en trizas por abandonarlo a su suerte.



- “¿Pero y si alguien lo aplasta?”-
-“Sabe cuidarse, Nico. Ha vivido aquí toda su vida.”-



Su instinto paterno se desvanece en el momento en el que se pone el snorkle y las aletas. Es la magia de ser niño. O tal vez la magia de ser Nico. Necesita sólo un océano y un visor para olvidarse de que existe un mundo más allá. No para él. 



“Mami, ahí quiero vivir.” – me dice con un convencimiento que por un instante me aterra, cuando finalmente sale del agua con su papá.





Pasamos otro buen rato mojándonos y celebrando al amor. La mañana perfecta de un sábado que no costó un solo centavo.