miércoles, 12 de agosto de 2015

Mitos y realidades de tres semanas sin mamá



No lo planeamos de esta manera, pero por distintas razones, este verano Nico y yo terminamos separándonos por 3 semanas. Uno pone, Dios dispone dicen las abuelas. Y la vida termina haciendo lo que se le pega su regalada gana. 

Tres semanas… – pensaba. La única ocasión en que nos habíamos separado tanto tiempo fue después del Huracán Odile el año pasado; más que por gusto, por necesidad, ambos con cara de compungidos. 

Recuerdo cuando Nico era un recién nacido; aguadito, suavecito, blanquito y ciertamente peludito (eso nunca se le quitó). Como lo he dicho antes, no quería separarme de él ni un solo segundo. Cuando terminó mi periodo de maternidad y regresé a trabajar, lloré todos los días durante 6 meses.  SEIS. Porque cuando hay que hacer drama, hay que hacerlo con miras a ganar el Oscar ¿no?. GO BIG OR GO HOME, always.
 
Luego, inevitablemente, Nico fue creciendo.  Supongo que eso hacen todos los bebés. Las separaciones empezaron a ser menos dolorosas, gracias al cielo. Uno va agarrando callo. Los dejas en el kínder por primera vez, y el corazón se te apachurra y sientes que se te va la vida y que prefieres que tu hijo sea analfabeta a tener que separarte de él, pero lo superas y sobrevives. O de repente, tienes una cena un sábado por la noche y lo dejas con la nana. Y sientes un poquito de culpa por andarte yendo de party, pero nada que la segunda copa de vino –o en mi caso, un whisky- no logre mitigar. 

Recuerdo la primera vez que fuimos Luis y yo al cine después de que nació Nico. Solíamos ir al cine hasta dos veces a la semana y de repente, llegó el pequeño tirano y nada de cine y nada de nada. Cuando por fin lo retomamos, no me crean mucho, pero creo recordar que me perdí intentando encontrar la sala correcta. A uno se le olvidan las cosas.

El tiempo pasa. Los rollitos apetecibles en sus muslos se estiran para convertirlo en un niño que corre. Y que suda. Sí, señores. Noticia de alto impacto: Los niños sudan como uno. De repente, esos piecitos que besabas para hacerle cosquillas se convierten en dos entidades llenas de mugre que verdaderamente uno NO solo no quiere besar, no quieres ni tocar.

La dependencia extrema mutua se desvanece y un día te das cuenta de que la personita que creaste y que vive en tu casa, es eso: una persona. Un individuo, tal cual, totalmente aparte; con sueños, con preguntas (¿acaso los ‘por qué’ se terminan algún día?), con opiniones. Son rebuenos para opinar. 

Un día abres los ojos y tu hijo creció. Los vuelves a abrir y resulta que está lejos de ti, pasando unas plácidas vacaciones en tu tierra natal; sin gobierno que le exija que no ande descalzo, que se ponga playera (con ambas, he perdido mi lucha) o que se meta a bañar YA, YA, YA y sin chistar. 

Y entonces, abres la puerta de tu casa y en lugar de recibirte el escándalo habitual, te cachetea el silencio. Un tipo de silencio que te gusta pero te asusta. Picoso, pero sabroso. Que corrompe tu random e inocente miércoles y lo termina en una cerveza bien helada, nomás porque sí. 

Porque la libertad regresa a tus manos, y por momentos no sabes qué hacer con ella. Ahí la traes entre las manos, brincando de una a otra como tortilla recién salida del comal. Y cuando uno no sabe qué hacer, a veces es bueno emborracharse. (Excepto tú Nico, para ti no aplica el consejo). Y es que nadie nos advirtió que tener hijos expande el corazón y reduce el tiempo libre. O tal vez si nos lo advirtieron, pero nadie experimenta en cabeza ajena; y ahí vamos todos como tarugos con el típico “a ver si es cierto” y un buen día, cuando te ves las ojeras en el espejo no te queda más remedio que mirarte a ti mismo y decir: “Chale, si era cierto.”

Hay pocas cosas que amo en esta vida tanto como comer y ser mamá. Sin querer sonar a cliché, ser mamá de Nico es en verdad, el mejor trabajo que he tenido en mi vida. Ah, pero que chambita me eché encima, compas. 

Todo esto para decir, que tres semanas lejos de él han sido una especie de montaña rusa. Una de esas a las que nunca me he subido porque me dan miedo y es garantía que me harán guacarear. Porque tiene 7 años (más bien casi 8, pero soy bien aferrada), pero esto es simplemente una probadita del futuro inminente e inevitable. 

Un buen día, abriré la puerta de mi casa y el silencio me dará una cachetada guajolotera. Una permanente. No una temporal como la de estos días. El tiempo no tiene modales ni misericordia. Y los hijos tampoco. Nico se me escurrirá entre los dedos tal como yo me le escurrí a mi mamá. Empacará sus cosas y se irá a armar la mejor vida que pueda y yo me quedaré aquí. Abriendo una buena cerveza y recordando los días en que el caos era una constante en nuestras vidas. Córrele, haz, ponte, quítate, pásame, recoge, siéntate, párate, súbete, bájate, duérmete, despiértate, llévale, tráele, cómprale. 

No me asusta pero si me pone a pensar. A pensar en el privilegio del momento. En este deleite que es tenerlo conmigo. Escucharlo jugar en su recámara y que me pida desayuno, comida y cena. Así que estas tres semanas separados me han servido para dos cosas: la primera, para extrañarlo como una maniática desquiciada que cuenta los minutos (1,530 aproximadamente) para volverlo a ver. Y la segunda, seguir practicando disfrutar el presente. 

Y el presente, hoy, es una casa silenciosa y ordenada. Una botella de vino en el refri y un marido que no tarda en regresar de trabajar. Una oportunidad de conversar como adultos civilizados, sin limpiar la limonada que tiró por accidente o escuchando de fondo alguna caricatura. 

Tres semanas sin Nico han sido como leer un buen libro. Uno que no quieres que se termine porque estás disfrutando cada página, y que a la vez, lees lo más rápido posible porque no puedes esperar a leer el final. 

Te veo mañana, solecito.  


Summer Camps



No sé cómo funciona el futuro en la mente de otros, pero en la mía, siempre se ve lleno de color y optimismo y huele a Navidad. No me preguntes por qué, pero así funciona mi cabeza. Todo lo que relaciono con prometedor, tiene olor a Navidad. 

Dicho esto, uno de episodios que siempre futureé en mi mente fue el día en que Nico empezara sus campamentos de verano. Yo nunca fui a uno. Tal vez, siempre me quedé con la curiosidad de saber qué se sentía. Y siempre planeé para mi hijo la posibilidad de tener una experiencia así cada verano. 

Desconocía que tipo de campamento sería, o dónde. Lo que siempre supe es que quería que lo hiciera y que cuando fuera grande, tuviera la oportunidad de hacerlo en el extranjero. Ese episodio sigue suspendido en mi cabeza, y espero que las circunstancias nos permitan hacerlo realidad cuando Nico sea un poco más grande. 

Pero este verano, finalmente el Universo nos acomodó las cosas, o más bien, nosotros logramos acomodarnos y Nico asistió a su primer Summer Camp. Nunca pensé que fuera a ser uno de SURF, pero finalmente rendí mi negación y miedo a lo que tanto le gusta. 




La realidad es que se la pasó increíble, y yo, me la pasé increíble viéndolo crecer y lograr cosas nuevas. 




Yo nunca fui tan independiente como Nico. Y creo que la razón es que siempre tenía la presencia de mi hermana en la cual escudarme y hacer equipo. No es el caso de Nico, y creo que una de las cosas más positivas de que sea hijo único es esa. Su capacidad de adaptación. Su facilidad de interactuar con los demás y hacer amigos al instante. 




Me sentaba ahí, bajo mi sombrilla, tres días a la semana, sudando y tratando de amigarme con el calor, sabiéndome afortunada de todo esto. De poder presenciar a mi hijo montándose en una ola, snorkleando en medio de la nada y en lo profundo de un mar azul como ningún otro. Haciendo sumersiones que ya quisiera yo lograr a la mitad. 




Me sentí privilegiada de poder darle la oportunidad de crecer en un lugar como éste. Donde existen campamentos de lo que lo apasiona y no sólo eso, la fortuna de poder hacer realidad un episodio que un día pasado vi para nuestro futuro. 



Bien sabemos que los planes no salen siempre como lo esperamos. Y soy muy feliz de que la vida me haya dado chance con éste. 



El verano de campamentos no quedó ahí, pues en Mazatlán, también estuvo en otro. En una escuela como las que no hay aquí y en instalaciones como las que no tenemos. Pero el que es perico donde quiera es verde, y así fue. Nico terminó su campamento en Mazatlán con la medalla de oro en natación y con un bonche de experiencias increíbles que me platica todos los días. 



 
Este verano iniciamos una tradición más. Los campamentos, que con un poco de suerte, seguirán siendo parte de sus veranos durante muchos años más y de los que tengo el privilegio de presenciar. 


lunes, 10 de agosto de 2015

Este tiempo



El verano sigue su curso. El termómetro se mantiene en los casi cuarenta, las lluvias son escasas y además de un par de sustos de posibles huracanes, todo permanece constante. 



El trabajo no deja de apretar, pero por lo menos, las vacaciones de verano nos permiten modificar las rutinas y hacer cosas diferentes. 



Aunque no lo planeamos así, el calendario se nos movió y eso se tradujo en 3 semanas lejos de Nico. Estoy en la recta final, y la verdad, extrañarlo es mi verbo principal. Sé que la está pasando increíble y sonrío de pensar todas las aventuras que su cabecita está acumulando para contarme a detalle cuando volvamos a vernos. 



Hablamos por teléfono pero nunca es suficiente. Besar sus cachetitos rosados y sentir las cosquillas de su pelo en el rincón de mi cuello donde todavía sabe acomodarse son los dos antojos que me apetecen todo el día. 





Ha sido un verano de viajes para mí. La locura de mi vida laboral me da oportunidades de conocer lugares increíbles, gente divertida y deliciosa cerveza. Estar en actividad, aligera un poco el hueco de la ausencia y el silencio que se siente en mi casa cada que abro la puerta y no escucho esos delicados pasos corriendo hacia mí. 






Imaginaba este tiempo cuando Nico era un bebé. Sabía que la cervecería demandaría esta clase de trajines algún día. Pero falta mucho para eso… - pensaba. Ya que Nico crezca un poco más, entonces, tendré tiempo de invertirle a mi carrera. Y de repente, este verano aquí estamos. Justo en esa transición que ha entrado en nuestras vidas poco a poco en el último año. “Ese tiempo” ya está aquí. “Este tiempo” es “Este tiempo” ahora. El tiempo de mayor libertad e independencia, en el que ser mamá, su mamá, sigue siendo mi prioridad pero una prioridad de menos... anarquía infantil. 

Sería imposible negar que extraño aquél tiempo en el que me necesitaba tanto. Pero la realidad, es que este tiempo también me gusta. Como siempre, el sabor agridulce de la vida se mezcla en la boca y depende de uno mismo escupirlo o saborearlo. Decido saborearlo. 

Este fin de semana, un viaje express me levantó las energías que se me apagan de repente con tanta revolución. Un par de días con una de mis queridas amigas/hermanas surtió el efecto. Preparábamos la cena en su cocina, picando verdura y dando tragos de la copa vino y pensaba: Que buen verano ha sido éste. 




La escuela está a la vuelta de la esquina y de pensarlo se me achica el estómago. Tercero de primaria suena a grande. Porque ya está agrandándose. Sin pedir opinión ni permiso. El último día de clases de segundo, mientras le tomaba la foto final con sus maestras, trataba de procesar que se nos iba un ciclo escolar más y empecé a hiperventilar. 





De shopping este fin de semana, comprando talla 10 y por momentos, no estando segura de que le quedaría, deseé detener el tiempo de tajo. Justo en un mes, Nico cumple 8 años. Fue ayer y ahora de repente, ya es un niño de 32 kilos y con músculos más marcados que los míos. Ya hace reír a otros en sus conversaciones, se sabe las tablas de multiplicar, su pie casi es tan grande como el mío y viaja sin mí durante 3 semanas. 



Lista o no, está pasando. Una nueva etapa amanece con nosotros cada mañana y pretendo disfrutarla como las demás. 

Los próximos días el plan es desconectarnos y disfrutar de unas merecidas vacaciones los tres juntos. El cierre perfecto a las vacaciones de verano y el reencuentro esperado con el bebé del que siempre me cuesta despedirme y que ahora como sin nada, se me va por semanas a vivir sus aventuras lejos. 



Cuento las horas para cerrar mi computadora y decirle adiós a los pendientes laborales por unos días. Cuento los segundos para abrazar a mi solecito y llenarme de arena los pies. El verano continúa con su encanto y aquí estamos tratando de llenarnos de él.