Llegas a
ese punto. Cuando sientes que no puedes más. Pero es también cuando sabes que
estás cerca… Empieza a sonar en tu iPod. La reconoces. Es esa canción que te
separa de tu meta. Una canción más y lo habrás conseguido. Son esos últimos
metros para alcanzar los 3, 4 o 5 kilómetros de la rutina que te has impuesto
ese día los que más cuestan. Cuando las piernas se entumen, tus pulmones arden,
tu cara se enrojece del esfuerzo y la música sigue sonando. Acercándose al
final. Esas últimas notas acariciando el clímax de la melodía. Tu respiración
forzada y aguantando. Y entonces, lo logras. La canción termina, el dígito en
la pantalla cambia y lo consigues. Desaceleras. Sientes retumbar tu corazón. Tum tum, tum tum. Una sensación tibia
recorre tus extremidades. Tus facciones recuperan la compostura. Sueltas el
suspiro que no te habías percatado que estabas aguantando. La satisfacción
entra por los poros al mismo tiempo que el sudor quiere salir. Lo lograste.
He estado
ahí. Literal y metafóricamente. Mis piernas doloridas, la respiración cortada y
el corazón aporreado. ¿Será cierto aquello de que el corazón no duele? Yo creo
que no. A mi si me ha dolido. Me ha dolido tanto durante los últimos años, que
a veces me pregunto si hubiera podido aguantar mucho más. Seguramente, aguantó
lo suficiente. Lo suficiente para que yo hiciera lo mío. Y es que, es el tiempo
el que nos enseña que somos más resistentes de lo que creemos. Incluso en esas
ocasiones, cuando tal cual como automóvil fuera de control, nuestras llantas
derrapan contra el pavimento. Contra la tristeza, contra la vida misma. Y justo
en ese momento, cuando estamos a punto de chocar contra el muro de contención y
hacernos pedazos, alguien mete freno. Una fuerza detiene el golpe y lo
amortigua. Es la mano de Dios.
Estuve en
silencio algunas semanas, tal vez incluso han pasado un par de meses. No me
atrevía a decirlo en voz alta. Tenía miedo de romper el que parecía un encanto
temporal. Efímero. Y el silencio me sirvió para terminar de comprenderlo. De
sentirlo. De comprobarlo. He abierto la puerta a tiempos mejores. Las nubes se
despejan al compás de los suspiros de alivio. Las olas se tranquilizan y
revientan apacibles en la orilla, justo como en la calma que viene después de
un huracán.
Que huracán
atravesamos. Mi pequeña familia y yo. Y en medio de la tormenta, cuando parece
interminable que la lluvia cese; llegas a convencerte de que esa es la nueva
normalidad de tu vida. Que permanecerás bajo el azote del agua por el resto de
tus días. Tal vez tenga algo de cierto. Algunos chubascos permanecen siempre en
el corazón. Salpicando el camino con sus charcos de vez en cuando.
Pero de
repente, te da la sensación de que el cielo empieza a clarear. Por supuesto, no
te lo crees. Y piensas que estas tan cansada, que más bien son alucinaciones.
Hasta que un día, la lluvia cesa. Y abres los ojos como platos, atónita.
Esperando que algún trueno te avise que las nuevas nubes están por llegar. Pero
el trueno no se escucha. Todo es silencio. El sol se asoma tímidamente. Y tu
simplemente no lo puedes creer. Tiene que ser un error. O una mala broma del
destino. No bajas la guardia. Esperando algún nuevo azote. Pero la lluvia no
llega. Esto es en serio. Esta vez ha cesado.
Un día
despiertas y abres los ojos finalmente convencida. Te miras al espejo y el
brillo de tu mirada te convence. ¡Te ves
bien, eh! - Piensas mientras te observas. La cara fúnebre y el semblante
desencajado han desaparecido. Entonces sonríes, te auto-guiñas el ojo, tal vez
incluso se te escape una risa en voz alta. Haces el baile de la victoria. ESTAS
GENUINAMENTE FELIZ.
Has
olvidado ya la última vez que te sentiste así. Así nomas, feliz y porque si.
Feliz, simple y llanamente porque la caricatura suena en el televisor justo detrás
de la puerta del baño. Porque alcanzas a escuchar los pasos presurosos de tu
esposo en la escalera y entiendes que una vez más, todos van retrasados a sus destinos. Feliz, porque
sabes que al darle vuelta al entronque, una vista espectacular te espera camino
a la oficina. Así nomas, feliz y porque si.
Te
descubres cantando nuevamente mientras esperas que el semáforo se ponga en
verde. La comida tiene incluso más sabor. Bromeas con espontaneidad. Como lo hacías
antes. Antes de. El mar está un poco más
azul. Y entonces, decides creerlo. Ha pasado. El dígito cambió. Lo lograste. Lo
dejaste atrás junto con tu kilometraje. Y vuelves a ser feliz. Así nomas, feliz
y porque si.



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