No lo
planeamos de esta manera, pero por distintas razones, este verano Nico y yo
terminamos separándonos por 3 semanas. Uno pone, Dios dispone dicen las abuelas.
Y la vida termina haciendo lo que se le pega su regalada gana.
Tres semanas… – pensaba. La única ocasión en que nos
habíamos separado tanto tiempo fue después del Huracán Odile el año pasado; más
que por gusto, por necesidad, ambos con cara de compungidos.
Recuerdo cuando
Nico era un recién nacido; aguadito, suavecito, blanquito y ciertamente peludito
(eso nunca se le quitó). Como lo he dicho antes, no quería separarme de él ni
un solo segundo. Cuando terminó mi periodo de maternidad y regresé a trabajar,
lloré todos los días durante 6 meses. SEIS. Porque cuando hay que hacer drama, hay
que hacerlo con miras a ganar el Oscar ¿no?. GO BIG OR GO HOME, always.
Luego,
inevitablemente, Nico fue creciendo. Supongo que eso hacen todos los bebés. Las
separaciones empezaron a ser menos dolorosas, gracias al cielo. Uno va
agarrando callo. Los dejas en el kínder por primera vez, y el corazón se te
apachurra y sientes que se te va la vida y que prefieres que tu hijo sea
analfabeta a tener que separarte de él, pero lo superas y sobrevives. O de
repente, tienes una cena un sábado por la noche y lo dejas con la nana. Y
sientes un poquito de culpa por andarte yendo de party, pero nada que la
segunda copa de vino –o en mi caso, un whisky- no logre mitigar.
Recuerdo la
primera vez que fuimos Luis y yo al cine después de que nació Nico. Solíamos ir
al cine hasta dos veces a la semana y de repente, llegó el pequeño tirano y
nada de cine y nada de nada. Cuando por fin lo retomamos, no me crean mucho,
pero creo recordar que me perdí intentando encontrar la sala correcta. A uno se
le olvidan las cosas.
El tiempo
pasa. Los rollitos apetecibles en sus muslos se estiran para convertirlo en un
niño que corre. Y que suda. Sí, señores. Noticia de alto impacto: Los niños
sudan como uno. De repente, esos piecitos que besabas para hacerle cosquillas
se convierten en dos entidades llenas de mugre que verdaderamente uno NO solo
no quiere besar, no quieres ni tocar.
La
dependencia extrema mutua se desvanece y un día te das cuenta de que la
personita que creaste y que vive en tu casa, es eso: una persona. Un individuo,
tal cual, totalmente aparte; con sueños, con preguntas (¿acaso los ‘por qué’ se
terminan algún día?), con opiniones. Son rebuenos para opinar.
Un día
abres los ojos y tu hijo creció. Los vuelves a abrir y resulta que está lejos
de ti, pasando unas plácidas vacaciones en tu tierra natal; sin gobierno que le
exija que no ande descalzo, que se ponga playera (con ambas, he perdido mi
lucha) o que se meta a bañar YA, YA, YA y sin chistar.
Y entonces,
abres la puerta de tu casa y en lugar de recibirte el escándalo habitual, te
cachetea el silencio. Un tipo de silencio que te gusta pero te asusta. Picoso,
pero sabroso. Que corrompe tu random e inocente miércoles y lo termina en una
cerveza bien helada, nomás porque sí.
Porque la
libertad regresa a tus manos, y por momentos no sabes qué hacer con ella. Ahí
la traes entre las manos, brincando de una a otra como tortilla recién salida
del comal. Y cuando uno no sabe qué hacer, a veces es bueno emborracharse.
(Excepto tú Nico, para ti no aplica el consejo). Y es que nadie nos advirtió
que tener hijos expande el corazón y reduce el tiempo libre. O tal vez si nos
lo advirtieron, pero nadie experimenta en cabeza ajena; y ahí vamos todos como
tarugos con el típico “a ver si es cierto” y un buen día, cuando te ves las
ojeras en el espejo no te queda más remedio que mirarte a ti mismo y decir: “Chale, si era cierto.”
Hay pocas
cosas que amo en esta vida tanto como comer y ser mamá. Sin querer sonar a
cliché, ser mamá de Nico es en verdad, el mejor trabajo que he tenido en mi
vida. Ah, pero que chambita me eché encima, compas.
Todo esto
para decir, que tres semanas lejos de él han sido una especie de montaña rusa.
Una de esas a las que nunca me he subido porque me dan miedo y es garantía que
me harán guacarear. Porque tiene 7 años (más bien casi 8, pero soy bien
aferrada), pero esto es simplemente una probadita del futuro inminente e
inevitable.
Un buen día,
abriré la puerta de mi casa y el silencio me dará una cachetada guajolotera.
Una permanente. No una temporal como la de estos días. El tiempo no tiene
modales ni misericordia. Y los hijos tampoco. Nico se me escurrirá entre los dedos
tal como yo me le escurrí a mi mamá. Empacará sus cosas y se irá a armar la
mejor vida que pueda y yo me quedaré aquí. Abriendo una buena cerveza y
recordando los días en que el caos era una constante en nuestras vidas. Córrele,
haz, ponte, quítate, pásame, recoge, siéntate, párate, súbete, bájate,
duérmete, despiértate, llévale, tráele, cómprale.
No me
asusta pero si me pone a pensar. A pensar en el privilegio del momento. En este
deleite que es tenerlo conmigo. Escucharlo jugar en su recámara y que me pida
desayuno, comida y cena. Así que estas tres semanas separados me han servido
para dos cosas: la primera, para extrañarlo como una maniática desquiciada que
cuenta los minutos (1,530 aproximadamente) para volverlo a ver. Y la segunda,
seguir practicando disfrutar el presente.
Y el
presente, hoy, es una casa silenciosa y ordenada. Una botella de vino en el
refri y un marido que no tarda en regresar de trabajar. Una oportunidad de
conversar como adultos civilizados, sin limpiar la limonada que tiró por
accidente o escuchando de fondo alguna caricatura.
Tres
semanas sin Nico han sido como leer un buen libro. Uno que no quieres que se
termine porque estás disfrutando cada página, y que a la vez, lees lo más
rápido posible porque no puedes esperar a leer el final.
Te veo
mañana, solecito.







