Ser padre/madre a veces es muy difícil. Pues vives con la incertidumbre de no saber si lo estas haciendo bien o si tus hijos esta destinados a ser un fracaso social como consecuencia de tus experimentos paternales durante su infancia.
Y los niños tienen sus rachas, buenas y malas. Pueden ser una verdadera bendición durante unos meses; servir de ejemplo de comportamiento para el resto de los infantes a tu alrededor. Y así, de un de repente torcer el switch. Volverse desobedientes, retadores, berrinchudos e irrespetuosos. Y son estos juegos de cambio los que arremeten contra tu cerebro hasta hacerte dudar de tu propio juicio.
Le pides al cielo que te de la paciencia y la sabiduría para ser más inteligente que tu pequeño de tres años (proyección?) y volver a tomar el control que, como persona que lo engendró y lo trajo al mundo, te corresponde. Y luchas contra tu deseo de nalguearlo el doble de lo que lo hiciste, y te debates internamente con tu inevitable culpabilidad por el castigo impuesto (especialmente durante épocas navideñas).
Y luego, un buen día en medio de los muchos no tan buenos, Dios te otorga un presente. Una señal para calmar tus inseguridades y decirte: lo estás haciendo bien... Hace un par de días, ese regalo llegó a mis manos.
Mientras le ponía el uniforme a Nico por la mañana, le dije que ya era tiempo de hacer la cartita a Santa; que repasáramos lo que iba a pedirle. Su respuesta fue: "Un camión de bombedos, otro de podecías... mmmm... un pizarrón como el de mi cuento... mmmm... que será? que será? que mami ya no esté cansada..."
Y así, mi actualmente mal portado y desobediente hijo, me demostró 2 cosas:
1) Me ama tanto, que esta dispuesto a incluir un regalo para mi en su cartita para Santa.
2) A su corta edad, se da cuenta de lo mucho que mamá hace todos los días y quiere ayudar a revertir sus efectos.
En pocas palabras, mi hijo tiene la conciencia -hasta donde sus alcances lo permiten- del amor al prójimo. De la importancia de preocuparte por los que amas y te aman; y de compartir. Y entonces, el educar me otorgó mi insignia. Me concedió una tregua, y colgó un reconocimiento en mi pared de madre. A un lado del reconocimiento que me otorgaron las noches en vela por cuidar a un bebé enfermo, a un lado del diploma que me regaló la valentía por haber logrado desprenderme de él en su primer día de clases, a un lado la medalla que gané por hacer un esfuerzo en un día largo para jugar con él en lugar de caer rendida en mi cama.
Conservo mis condecoraciones cerca de mi corazón. Me aseguro de que permanezcan bien colgadas y sacudidas en mi pared, para que así, la próxima vez que educar se vuelva lo más difícil y complicado de mi día; me recuerden que todo está bien, que las malas rachas son solo retos por vencer, y que mi labor y mis esfuerzos diarios darán creces en unos años, convirtiendo a mi hijo en un hombre de bien.
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