jueves, 22 de julio de 2010

La mejor mujer

Ella es mi mejor mujer.




Fuerte, inteligente, proactiva, amorosa, excelente administradora, positiva, exigente, graciosa, fiel, honesta, creativa... por mucho, una super mamá; que todo lo sabe, todo lo consigue, todo lo arregla. Vino a hacer de este mundo, en definitiva, un lugar mejor. Ha velado mis sueños desde el día uno; me ha guiado y seguido por el camino que he elegido como una centinela, siempre ahí, compartiendo mis triunfos y alegrías; observándome cometer errores, en posición de alerta para curar mis heridas cuando lo necesito.


Me ha regalado, sin esperar nada a cambio, Navidades inolvidables; fiestas de cumpleaños de ensueño, viajes y aventuras irrepetibles; una niñez completa. Pero sobre todo, me regaló su ejemplo. Me heredó sus ganas de siempre luchar a pesar del cansancio; su pasión por el bienestar de los suyos, su amor por la vida. Y por si todo esto no fuera suficiente, decidió otorgarme la bendición de la compañía vitalicia de mis hermanos; sus otros dos cielos, como ella nos llama.






Mi mamá es mi mejor mujer. Mis raíces, mis recuerdos, mi alegría empiezan en ella.






Tengo la fortuna del día de hoy, estar disfrutando de su visita en casa. Tenerla tan lejos es difícil, pero en realidad nunca hemos sufrido una verdadera separación. Nuestra comunicación y nuestros lazos son tan fuertes, que a veces, es como si no estuviera ausente. Sin embargo, su presencia física siempre es motivo de celebración en nuestro hogar. Paso ligeramente a segundo término cuando Bibi (así la llama Nico) está en casa. Una parte de mí se relaja cuando ella está cerca, pues se que si ella está, todo está bien. Reconozco la suerte de tenerla conmigo y agradezco a la vida y a Dios ese regalo todos los días.






Soy madre ahora, y finalmente comprendo sus códigos. Ahora entiendo el rotundo "no", el "porque yo se que es lo mejor para ti"; pero sobre todo, siento lo que ella ha sentido los últimos 31 años de su vida, en los que ha sido madre. Y la amo más... porque vivo los desvelos que ella vivió, sufro las gripas que ella sufrió a mi lado. Y no hay pago que retribuya su labor; labor incondicional que ejerció y sigue ejerciendo con total desinterés y desapego.

Ahora es mi turno, mi maravillosa oportunidad de demostrar todo lo aprendido. De repetir cada lección, cada caricia, cada desvelo, cada angustia, cada alegría; de transmitir cada consejo; de ofrecer la seguridad que ofrece su regazo; de aspirar a ser, algun día, una mejor mujer.

Mamita, gracias por estar aquí y compartir mi vida y la de mi hijo. Gracias por albergarme en tu vientre, por cuidarme y pensar en mi cada día. Por ser la mejor madre, la mejor abuela, la mejor consejera. Eres la brújula que me ubica en el centro de mi carretera cuando me he perdido. Y si logro ser para mi hijo, la mitad de lo maravillosa que has sido tú, me sentiré completamente satisfecha.

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