jueves, 29 de marzo de 2012

El Puente Rojo

Este es el inolvidable Puente Rojo.



 Anoche, por alguna razón desconocida, soñé con el puente rojo. Soñé que estaba parada ahí, lista para cruzarlo. Y que una emoción me embargaba.

Ese es el puente por donde cruza el rio Saone en la ciudad de Lyon. Te lleva del Vieux Lyon al Centro y viceversa. Era un punto de referencia. Y también un punto de encuentro. Cuando el frio que te congela el cerebro por fin cedió, justo ahí nos juntábamos después de clases. A comernos un panini y descansar. Planear el resto de la tarde y noche.


Fue en ese puente donde se me congeló el pelo por primera y única vez. Donde tenía que respirar hondo antes de cruzar, cuando a -25 grados centígrados, el frio calaba hasta los huesos.

La primera vez que crucé ese puente fue con Luis. Ese puente representa uno de los recuerdos más maravillosos de mi existencia. Desde ahí, podías ver Fouviere (la Iglesia de Lyon, en lo más alto de su montaña). Y que en las noches, se iluminaba junto con las estrellas.


Desperté deseando más que nunca volver a Lyon. Pasear por las calles de Republique y Victor Hugo.


Tomar el bus #30, que nos llevaba de Bellecour a Allix y viceversa. En algún momento, pensé que con el tiempo olvidaría detalles, nombres y lugares; temí hacerlo. Pero este año, se cumple una década de esa aventura. Y sigo recordándolo todo. Incluso en mi sueños.

Es uno de mis propósitos principales. Está en mi list-to-do-before 40. Con un poco de suerte y ahorros, Luis y yo podremos volver a ese lugar donde nos volvimos a enamorar. Donde pasamos los meses de nuestra adolescencia tardía más perfectos que uno pueda imaginarse. El lugar donde nació el mismísimo creador de El Principito. Donde las librerías no son una especie en peligro de extinción y donde se hornean los mas deliciosos postres de este mundo.  

Sueño con el día en que vuelvan a inhalar mis pulmones el aire del Parc de la Tete D’Or.


Puedo imaginarme perfecto llegar en el tren desde Paris a la estación de Perrache. De la mano con Luis, compartiendo la misma sonrisa y la misma emoción. Una que solo nosotros entendemos. Lyon nos marcó para siempre. Nos hizo crecer. Ahí aprendí a perder y encontrarme. Ahí vi la nieve caer por primera vez.


Descubrí que ir en solitario al cine es una experiencia espectacular. Ahí también subí 10 12 kilos y di el único botonazo de mi vida. Entre sus bares aprendí a tenerle respeto y a aborrecer el vino tinto (con el que empiezo a tener una lenta reconciliación). En Lyon, vi la película del ‘Exorcista’ por primera y única vez. Dejé mis pulmones tirados con un principio de neumonía.

Ahí conocí a mis queridas argentinas. En Lyon, viví sola por primera vez. Me hice cargo de mi misma por primera vez.


Espérame, Puente rojo, que no te he olvidado. Nos volveremos a encontrar, no te quepa duda de ello.

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