Este es el
inolvidable Puente Rojo.
Anoche, por alguna razón desconocida, soñé con el puente rojo. Soñé que estaba parada ahí, lista para cruzarlo. Y que una emoción me embargaba.
Ese es el
puente por donde cruza el rio Saone en la ciudad de Lyon. Te lleva del Vieux
Lyon al Centro y viceversa. Era un punto de referencia. Y también un punto de
encuentro. Cuando el frio que te congela el cerebro por fin cedió, justo ahí nos
juntábamos después de clases. A comernos un panini y descansar. Planear el
resto de la tarde y noche.
Fue en ese puente
donde se me congeló el pelo por primera y única vez. Donde tenía que respirar
hondo antes de cruzar, cuando a -25 grados centígrados, el frio calaba hasta
los huesos.
La primera
vez que crucé ese puente fue con Luis. Ese puente representa uno de los
recuerdos más maravillosos de mi existencia. Desde ahí, podías ver Fouviere (la
Iglesia de Lyon, en lo más alto de su montaña). Y que en las noches, se
iluminaba junto con las estrellas.
Desperté
deseando más que nunca volver a Lyon. Pasear por las calles de Republique y
Victor Hugo.
Tomar el
bus #30, que nos llevaba de Bellecour a Allix y viceversa. En algún
momento, pensé que con el tiempo olvidaría detalles, nombres y lugares; temí
hacerlo. Pero este año, se cumple una década de esa aventura. Y sigo recordándolo
todo. Incluso en mi sueños.
Es uno de
mis propósitos principales. Está en mi list-to-do-before 40. Con un poco de suerte y ahorros,
Luis y yo podremos volver a ese lugar donde nos volvimos a enamorar. Donde
pasamos los meses de nuestra adolescencia tardía más perfectos que uno pueda
imaginarse. El lugar donde nació el mismísimo creador de El Principito. Donde
las librerías no son una especie en peligro de extinción y donde se hornean los
mas deliciosos postres de este mundo.
Sueño con
el día en que vuelvan a inhalar mis pulmones el aire del Parc de la Tete D’Or.
Puedo
imaginarme perfecto llegar en el tren desde Paris a la estación de Perrache. De
la mano con Luis, compartiendo la misma sonrisa y la misma emoción. Una que
solo nosotros entendemos. Lyon nos marcó para siempre. Nos hizo crecer. Ahí aprendí
a perder y encontrarme. Ahí vi la nieve caer por primera vez.
Descubrí
que ir en solitario al cine es una experiencia espectacular. Ahí también subí
10 12 kilos y di el único botonazo de mi vida. Entre sus bares aprendí a
tenerle respeto y a aborrecer el vino tinto (con el que empiezo a tener una
lenta reconciliación). En Lyon, vi la película del ‘Exorcista’ por primera y única
vez. Dejé mis pulmones tirados con un principio de neumonía.
Ahí conocí
a mis queridas argentinas. En Lyon, viví sola por primera vez. Me hice cargo de
mi misma por primera vez.
Espérame,
Puente rojo, que no te he olvidado. Nos volveremos a encontrar, no te quepa
duda de ello.





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