Sabes cual
creo que es el lado oscuro de vivir un mes lleno de visitas maravillosas,
paseos, carcajadas y demás? Que cuando regresas a tu calma habitual, la
realidad pega más fuerte. Y de pronto, te encuentras sentada; rodeada de la
paz, la seguridad y el silencio que ofrece tu hogar y empiezas a escuchar
dentro de ti los latidos de tu corazón.
Y mientras
repasas las fotos de las últimas semanas llenas de adrenalina y de perfección;
algo te invade y te sofoca, recordándote que la herida persiste. Es esa angustia
que provocan las situaciones arrebatadoras; como cuando pierdes a alguien
querido o cuando tienes un problema serio por resolver.
Te
encuentras en medio de cualquier actividad. Cocinado, leyendo, viendo la tele,
esperando que el semáforo cambie a verde; con aparente normalidad, tal vez
tarareando una canción o en simple silencio; y de pronto, el recuerdo te viene
a la mente. Y sientes que el corazón se te aprieta y que el aire te falta; tal
vez un nudo se forma en tu estómago. Los demonios de la angustia, del dolor y
la decepción sobrevuelan tu cabeza. La bestia dormida se despierta, se vuelve
loca, empieza a tirar golpeas en todas direcciones y entonces; tu aparente
tranquilidad, tu superflua normalidad, bueno… se va al carajo.
Me pasa, a
veces. Muchas veces. Y cuando me pasa, trato de respirar profundo. De
recordarme a mi misma que es normal, que todo está bien, que es parte del
proceso. Si me toma muy de sorpresa, me es más difícil combatirlo. La bestia
gana, y es cuando pienso: este va a ser
un mal día. O una mala tarde. O lo peor… una mala noche. Las noches siempre
son las peores. Aplica para las gripas, aplica para el corazón.
En otras
ocasiones, alcanzo a subir la guardia. Me planto sobre mis dos pies, y doy
pelea. He aprendido a ganar. Voy ganando terreno poco a poco, y lo que voy
conquistando; lo defiendo bien. Me protejo lo mejor que puedo, y he ido
perfeccionando mis técnicas de guerra en estos meses. Cuando siento el golpe
sofocante, abro bien los ojos. Si Nico está cerca, lo abrazo y lo beso. Me
concentro en los colores. Me salgo al jardín a limpiar las plantas. Incluso,
agarro el teléfono y llamo. A quien sea, a donde sea. Me lavo la cara. Canto.
Me distraigo. Tomo aire y sigo con mi día.
Un par de
días antes de que llegaran de visita mis cuñados; un destello de realidad me
pegó en el centro. Me puse muy nerviosa, solo de pensar que ellos estaban por
venir. No me malinterpretes, AMO tener a mis cuñados conmigo; la cosa no va por
ahí. Verás, empezaré desde el principio.
Vayámonos
un poco hacia el pasado. 2007. Nos mudamos al que sería nuestro nuevo hogar.
Donde le daríamos la bienvenida a Nico en un par de meses. Y eventualmente,
donde le daríamos la bienvenida a nuestros
futuros hijos. Nunca se lo dije a Luis, pero secretamente, mi plan siempre
fue tener tres hijos. No se lo confesé jamás por temor a que entrara en pánico
antes de tiempo. Así que podemos tomar esto como una confesión. Miñi, siempre quise tener tres hijos.
Siempre imaginé nuestra vida con tres hijos. Listo, lo dije.
Como sea…
nos cambiamos. Desde que la casa estaba en obra negra, ya había designado a
Nico su habitación. La que daba a la terraza trasera le tocaría al siguiente. Por mientras, sería el cuarto
de visitas; y un día, no muy lejano, el cuarto del bebé. Tiempo después,
Nico lo re-bautizaría como “el cuarto de
Bibi”. El cuarto es 100% habitable. Con todos los
servicios: mini split, televisión con SKY, cama cómoda. Pero es
definitivamente, la habitación en mi casa, que menos atención ha recibido
durante los casi 5 años que hemos vivido ahí.
Por momentos,
me veía tentada a remodelarlo. A ponerlo bonito.
Pero siempre me detenía el mismo pensamiento: Para qué? Si voy a tener que desbaratarlo nuevamente para hacerlo el
cuarto del bebé. Que poquito sabía yo… Pero así, durante todos estos años,
hasta el último momento, me aferré a ese cuarto a medio terminar. Tal vez,
pensar en darle otro uso, me obligaba a reconocer que el cuarto del bebé no sería necesario. Y Dios sabe, que hasta hace
muy poco, yo no estaba dispuesta a reconocer esa realidad.
Pero a todos
nos llega el momento. Y el mío me llegó poco después de mi cumpleaños. Entré al
cuarto a buscar un álbum al que quería meter unas fotos y entre todas mis
imágenes, y materiales de scrapbook y listones y calcomanías; como en las
películas, se me cayó una tira de stickers donde había una que decía “big
brother”, entre algunas otras. Sentí que el cuarto me dio vueltas, me senté en
la cama y empecé a llorar desconsoladamente. Nico estaba dormido en su
recámara, así que traté de recuperar el control y aventé la tira de stickers a
la basura.
En ese
momento decidí, que ya era tiempo. Había llegado la hora de seguir adelante. De
avanzar.
Sabía que
en Abril, nuestro bed & breakfast
estaría lleno. Así que los tiempos eran perfectos. Las siguientes semanas me servirían
para poco a poco y en silencio, despedirme
de lo que no fue. Acomodar mis ideas y mis nuevos planes. Decidir en que iba a convertir ese cuarto de bebé,
que nunca llegó a concretarse.
A pesar de
la tristeza, algo dentro de mi empezó a emocionarse. Todos sabemos que me gusta
todo eso. La creatividad me pone feliz. Así que empecé a armar ideas en mi
cabeza, buscar opciones en internet, comprar algunos objetos, hacer algunos
bosquejos. Siempre quise tener mi propio espacio dentro de la casa. Un lugar
donde pudiera desconectarme totalmente de todo y de todos, para poder escribir,
para poder leer, para desplegar mis libros. Así que era obvio lo que tenía que
hacer. El cuarto del bebé que nunca llegó, se convertiría en un estudio.
Justo unos
días antes de que llegaran mis cuñados, platicando con Luis le dije: ‘Necesito que vayamos el fin de semana a
buscar la pintura que quiero para el cuarto. Y una tele gigante. En cuanto se
vayan tus hermanos quiero empezar a reconstruir ese cuarto’. Y así,
instantáneamente, mi voz se quebró y lágrimas empezaron a brotarme de los ojos
sin poder controlarme. Era la primera vez que lo decía en voz alta. Luis guardó
silencio, porque cuando no sabe qué decir, mejor no dice nada. Y al día
siguiente, me compró un ramo de rosas. No tendrá las palabras pero tiene la
voluntad. Y sabe que las flores me hacen feliz, así que me compra flores. Eso
es lo que él hace, reemplaza las palabras que le faltan con lindos detalles.
Ese mismo
día, compré por internet unos elementos decorativos de los que me enamoré y con
pasitos pequeños, fui preparándome para este cambio. Para este adiós. Y para
esta bienvenida. Que tal vez suene ridículo, tal vez alguien pueda pensar que
estoy magnificando algo sin sentido, sin importancia. Pero así soy yo.
Obstinada, analista y ciclada. Lo que ese cuarto representaba, era la vida que
planeé para mi desde los 8 años. Una vida de la que he tenido que despedirme
para siempre.
Y así fue.
Ese mismo fin de semana, compramos un tapete. Escogimos los colores para las
paredes. Recuperamos unas repisas viejas de la bodega. Vimos muebles. Y
adquirimos una pantalla de 46 pulgadas. Y por primera vez, imaginé ese cuarto
terminado, y sonreí sinceramente. Poco a poco, sin saberlo, estaba avanzando.
Daba un paso más para soltar mis cadenas.
Mis cuñados
ya se fueron. El tiempo se terminó. Ayer por la mañana, entré a la recámara y
observé. Donde había imaginado una cuna, habrá un escritorio donde escribiré
sobre nuestra vida; una vida, en la que ese bebé no existe, pero que es
absolutamente maravillosa. Donde había imaginado un estante de juguetes, estará
la televisión que será testigo de cómo Nico aprende a jugar videojuegos como un
pro en unos años. Donde imaginé una cómoda llena de ropa con olor a bebé,
adaptaremos una cama que servirá para cobijar a nuestras visitas.
Tengo que
ser honesta, sentí un nudo en el estómago. Hoy empiezan los trabajos de pintura
y reacomodo de muebles. Hoy, se vuelve
real. Antes, podía sentir que un bebé –mi bebé- me observaba desde una
estrella, esperando el momento perfecto para bajar a mis brazos. Ya casi no
puedo sentirlo. Se está desvaneciendo… Y eso me provoca una dualidad. Luché
tanto tiempo por mantener esa conexión, le hablé tantas veces a mi estrellita;
diciéndole que aquí estaba yo, esperando para darle todo mi amor. Y a veces,
podía sentir que me respondía. Y después, poco a poco, la conexión se fue
desgastando. Y sentí miedo. Empecé a perder de vista el destello de mi estrellita.
Y ahora, casi se ha ido por completo. Ya no puedo sentirlo. No sé exactamente qué, pero ya casi no puedo sentirlo.
Sé que
debería estar feliz. Finalmente, lo
estoy logrando. Pero por alguna razón, me siento culpable y me siento
triste. De ya no escucharlo. De haber perdido esa conexión. De, a partir de
hoy, deshacerme de lo único tangible
que me quedaba. Estoy sintiendo algo que no vi venir. Estoy sintiendo miedo…
miedo de superarlo. Sé que no hay marcha atrás. Que hay que seguir caminando
sin voltear. Pues si volteo, tengo miedo de salir corriendo en el sentido
contrario, y retroceder lo avanzado. Y tampoco quiero eso. Pero la vida es así,
absurda.
Hace un par
de semanas terminé de leer un libro, y una frase que dice la autora se me tatuó
en el cerebro. Ella dice: Life
didn't go as planned for me, and I've never been happier. Sueño y trabajo por el día en que yo pueda
decir esas mismas palabras, con todo mi corazón. La vida no salió como lo planeaba, y nunca he sido más feliz. Eso
es lo que quiero aprender a distinguir. Pues se que es mi propia verdad, solo
me falta reconocerla. Y después, enseñársela a mi hijo.
No planeé
ese destino para mi cuarto del bebé.
Pero sé que los resultados, me harán muy feliz. Sé que es lo correcto y lo
mejor. Sé que no soy una mala persona por haber perdido esa conexión. Sé que si
esa estrella no fue para mí, es porque fue o será para alguien mejor que yo. Sé
que está bien dejarlo ir. Es tiempo de avanzar. Estoy doblando la esquina. Y
estoy aterrada. Pero muy dentro de mí, se que al doblarla me encontraré con una
sorpresa maravillosa. Y que todo esto quedará en el pasado. Que la bestia se irá.
Que fue algo que me definió por algún tiempo, pero no definitivamente. Soy más
grande que eso. Y no quiero ser recordada o referida como ‘Dulce, la que no pudo tener más hijos y vivió el resto de su vida en
la tristeza’. Quiero ser referida como ‘Dulce,
la que tuvo una enorme capacidad de hacer lo MEJOR con lo que tuvo a su
alcance. La que hizo algo GRANDE con la vida que le tocó vivir’.
Este es el
final. Estoy llegando a la esquina. Nadie puede detenerme. Adiós cuarto del bebé. Adiós vida que no tuve. Adiós estrellita.
Gracias por hacerme más grande. Gracias por llevarme por este camino y hasta
esta esquina. Puedo ver ya la luz que me espera al dar la vuelta. Puedo entender
por fin; que la vida que nunca imaginé, que nunca planeé, que nunca deseé, es
la que me hará inmensamente feliz.
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