Ha sido una
semana intensa. Sin mucho tiempo para escribir, y a veces, sin muchos deseos.
De vez en cuando, es necesario permanecer callado por unos días. Observar y
absorber todo lo que se está viviendo, y después continuar. Mayo, como cada
mes, fue un mes de aprendizaje. Mayo, llega a su fin. Mayo, no te extrañaré. Mayo,
gracias por lo que me enseñaste.
Mayo me enseñó,
o más bien, me recordó, que la vida es una montaña rusa de momentos y
sentimientos. Que por más temerosos que estemos, de que un día determinado llegue;
el tiempo no perdona. Que más vale estar listos para enfrentarlos. También me enseñó,
que tengo ciertas cualidades creativas. Que tengo la capacidad de lograr que los
bosquejos que imagino en mi mente, saben convertirse en una acertada realidad.
El nuevo cuarto está casi terminado. Stay tuned.
Mayo me enseñó,
que el paraíso donde vivo, siempre tiene cosas nuevas que ofrecernos. Desde
atardeceres con cielos rosados hasta parques acuáticos escondidos. No se trata
de cuantas opciones tengamos, sino de lo que hacemos con ellas y cuanto nos
esforzamos para encontrarlas.
Mayo me enseñó
a hacer galletas. Más bien, mi querida Bren me enseñó. Pero durante este mes. Gracias amiga, por darme una herramienta más
para construir maravillosos recuerdos con mi hijo. El chef Nico y su madre estarán
moldeando galletas deliciosas muy pronto.
Mayo me enseñó
que cuando uno empieza a olvidar las grandes lecciones de la vida, Dios siempre
se asegura de recordárnoslas… Y para esto, comparto una pequeña historia
personal:
Un par de
horas antes de que Nico naciera, en medio de las contracciones más fuertes y
desgarradoras que había conocido hasta el momento (aunque después se pondrían peor);
me cayó el veinte de lo que estaba sucediendo. Estaba yo ahí, maldiciendo a
Luis por hacerme pasar por aquel dolor endemoniado, cuando algo me golpeó en el
centro y comprendí que el momento había llegado. En algunas horas, todo habría terminado.
Un pequeño bebé se resbalaría fuera de mi cuerpo para siempre. Ya no sería una
mujer embarazada. Y tristemente, me di cuenta, que no había disfrutado mi
embarazo como hubiera querido. Entre el drama que se suscitaba en mi trabajo en
ese entonces, la cantidad enorme de responsabilidades que cargaba, el riesgo de
no ser remunerada durante mis meses de maternidad y otro montón de estupideces
que me persiguieron durante esos meses; no me permití disfrutar como habría querido
ese proceso único y maravilloso de hacer vida dentro de mí. Y ahora, ya no había
nada que hacer. Yo había permitido que eso sucediera. Y entonces ahí, en medio
de gemidos y dolor, me prometí a mí misma, que la próxima vez, sería la mujer embarazada más radiante y feliz que
el mundo hubiera conocido. Poco sabía yo, que Dios no otorga segundas
oportunidades siempre. No a todos.
Y si, tal
vez, siempre llevaré en mi conciencia esa ‘falta’ de valoración total de mi
primer y único embarazo. Pero me queda la tranquilidad y la satisfacción de
saber, que en ese mismo día, un par de horas antes de expulsar a mi hijo de mi
absoluto calor y protección; me di cuenta de la importancia de disfrutar la
vida a pesar de las dificultades. Y aunque suene al cliché más repetido de
todos, así fue. Y a partir de ese momento, aprendí a empaparme de la vida. Y conocí
el amor absoluto y la pasión infinita. Y puedo decir con orgullo y total
confianza, que he disfrutado inmensamente a mi hijo desde su primer llanto. Y
me llevaré esa alegría a la tumba. Y le agradezco infinitamente a mi Padre,
haberme iluminado ese 10 de Septiembre; pues de no ser así, el día de hoy; no tendría
únicamente que lamentarme el no haber disfrutado un embarazo. Tendría que
lamentarme de no haber disfrutado los primeros años de vida de mi hijo; las
desveladas que provoca un recién nacido, ni el perfecto olor de su piel, ni la
angustia de su primera fiebre. No volveré a vivir nada de eso, pero estoy en
paz por saber, que cuando tuve la oportunidad, la tomé y la viví con toda mi pasión,
todo mi amor, y toda mi fuerza.
Y lo sigo
haciendo, pues se convirtió en mi filosofía de vida. Pero como a todos, de vez
en cuando, la memoria me falla. Y pierdo valiosos días, como los últimos, sin
disfrutar los momentos que tengo a la mano; dejando que cosas que no puedo
cambiar, los opaquen.
Dicho esto,
Mayo se encargó de recordarme que mas me vale no perder un segundo de mi
privilegiada vida lamentándome por banalidades. Pues la factura después, se
paga cara y con creces. Y me consta. Y generalmente, como me pasó a mí en mis últimas
horas de embarazo, ya no hay nada que hacer para cambiarlo. Lo entendí
demasiado tarde. Y vivo todos los días, tratando de no tropezar de nuevo con la
misma piedra.
Finalmente,
Mayo me enseñó que el tiempo sigue pasando demasiado rápido. Que el verano ya está
aquí. Y que hay que hacerlo inolvidable.
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