jueves, 31 de mayo de 2012

Mayo me enseñó

Ha sido una semana intensa. Sin mucho tiempo para escribir, y a veces, sin muchos deseos. De vez en cuando, es necesario permanecer callado por unos días. Observar y absorber todo lo que se está viviendo, y después continuar. Mayo, como cada mes, fue un mes de aprendizaje. Mayo, llega a su fin. Mayo, no te extrañaré. Mayo, gracias por lo que me enseñaste.

Mayo me enseñó, o más bien, me recordó, que la vida es una montaña rusa de momentos y sentimientos. Que por más temerosos que estemos, de que un día determinado llegue; el tiempo no perdona. Que más vale estar listos para enfrentarlos. También me enseñó, que tengo ciertas cualidades creativas. Que tengo la capacidad de lograr que los bosquejos que imagino en mi mente, saben convertirse en una acertada realidad. El nuevo cuarto está casi terminado. Stay tuned.

Mayo me enseñó, que el paraíso donde vivo, siempre tiene cosas nuevas que ofrecernos. Desde atardeceres con cielos rosados hasta parques acuáticos escondidos. No se trata de cuantas opciones tengamos, sino de lo que hacemos con ellas y cuanto nos esforzamos para encontrarlas.

Mayo me enseñó a hacer galletas. Más bien, mi querida Bren me enseñó. Pero durante este mes. Gracias amiga, por darme una herramienta más para construir maravillosos recuerdos con mi hijo. El chef Nico y su madre estarán moldeando galletas deliciosas muy pronto.

Mayo me enseñó que cuando uno empieza a olvidar las grandes lecciones de la vida, Dios siempre se asegura de recordárnoslas… Y para esto, comparto una pequeña historia personal:

Un par de horas antes de que Nico naciera, en medio de las contracciones más fuertes y desgarradoras que había conocido hasta el momento (aunque después se pondrían peor); me cayó el veinte de lo que estaba sucediendo. Estaba yo ahí, maldiciendo a Luis por hacerme pasar por aquel dolor endemoniado, cuando algo me golpeó en el centro y comprendí que el momento había llegado. En algunas horas, todo habría terminado. Un pequeño bebé se resbalaría fuera de mi cuerpo para siempre. Ya no sería una mujer embarazada. Y tristemente, me di cuenta, que no había disfrutado mi embarazo como hubiera querido. Entre el drama que se suscitaba en mi trabajo en ese entonces, la cantidad enorme de responsabilidades que cargaba, el riesgo de no ser remunerada durante mis meses de maternidad y otro montón de estupideces que me persiguieron durante esos meses; no me permití disfrutar como habría querido ese proceso único y maravilloso de hacer vida dentro de mí. Y ahora, ya no había nada que hacer. Yo había permitido que eso sucediera. Y entonces ahí, en medio de gemidos y dolor, me prometí a mí misma, que la próxima vez, sería la mujer embarazada más radiante y feliz que el mundo hubiera conocido. Poco sabía yo, que Dios no otorga segundas oportunidades siempre. No a todos.

Y si, tal vez, siempre llevaré en mi conciencia esa ‘falta’ de valoración total de mi primer y único embarazo. Pero me queda la tranquilidad y la satisfacción de saber, que en ese mismo día, un par de horas antes de expulsar a mi hijo de mi absoluto calor y protección; me di cuenta de la importancia de disfrutar la vida a pesar de las dificultades. Y aunque suene al cliché más repetido de todos, así fue. Y a partir de ese momento, aprendí a empaparme de la vida. Y conocí el amor absoluto y la pasión infinita. Y puedo decir con orgullo y total confianza, que he disfrutado inmensamente a mi hijo desde su primer llanto. Y me llevaré esa alegría a la tumba. Y le agradezco infinitamente a mi Padre, haberme iluminado ese 10 de Septiembre; pues de no ser así, el día de hoy; no tendría únicamente que lamentarme el no haber disfrutado un embarazo. Tendría que lamentarme de no haber disfrutado los primeros años de vida de mi hijo; las desveladas que provoca un recién nacido, ni el perfecto olor de su piel, ni la angustia de su primera fiebre. No volveré a vivir nada de eso, pero estoy en paz por saber, que cuando tuve la oportunidad, la tomé y la viví con toda mi pasión, todo mi amor, y toda mi fuerza.

Y lo sigo haciendo, pues se convirtió en mi filosofía de vida. Pero como a todos, de vez en cuando, la memoria me falla. Y pierdo valiosos días, como los últimos, sin disfrutar los momentos que tengo a la mano; dejando que cosas que no puedo cambiar, los opaquen.

Dicho esto, Mayo se encargó de recordarme que mas me vale no perder un segundo de mi privilegiada vida lamentándome por banalidades. Pues la factura después, se paga cara y con creces. Y me consta. Y generalmente, como me pasó a mí en mis últimas horas de embarazo, ya no hay nada que hacer para cambiarlo. Lo entendí demasiado tarde. Y vivo todos los días, tratando de no tropezar de nuevo con la misma piedra.

Finalmente, Mayo me enseñó que el tiempo sigue pasando demasiado rápido. Que el verano ya está aquí. Y que hay que hacerlo inolvidable.

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