Odio pensar que vivo en un mundo en donde la calma y la
armonía es tan solo una farsa. Un monumento de palillos chinos mal montado, frágil
y vulnerable. En peligro de venirse abajo en cualquier momento. Odio tener que
resignarme a la idea de haber traído un hijo a un lugar en donde la maldad y la
injusticia tienen un radio de alcance mayor que la generosidad y el amor al
prójimo.
Los eventos en el maratón de Boston contagian de un
sentimiento de tristeza y asco. Dan ganas, por un momento, de perder la fe en
la humanidad. La reelección del partido chavista en Venezuela OTRA VEZ invaden
a un pueblo y a sus espectadores foráneos de un sentimiento de impotencia y
desmoralización. ¿Qué estamos haciendo con este mundo? ¿A quién estamos
permitiendo que nos controle?
Pero soy una eterna soñadora. Una optimista con reserva, sí,
pero al final alguien que cree que el amor gana. Que en el mundo somos más los
que queremos construir y no destruir. Los que queremos un espacio en donde las
maravillas de esta Tierra nos abriguen. Los que queremos ser inspirados e
instruidos por la luz de un Ser Superior.
Aunque le pongamos diferentes nombres. Me aferro a la idea de que el mundo está
plagado de personas buenas. Y que al final, aquellos que hacen el mal, serán
siempre dominados por la fuerza del amor.
Cuando Nico era un bebé, empecé a sensibilizarme mucho más
con la gente a mi alrededor. De repente, rodearme de personas que aportaran más a mi vida empezó a ser una
prioridad. Dicen que se necesita de toda una comunidad para educar a un niño.
Le pedía a Dios que me ayudara a escoger a personas maravillosas para formar ésa
comunidad que educaría a mi bebé. Que tuviera a su alcance el ingenio y la
sabiduría de gente que pudiera compartirle sus conocimientos e historias de
vida que pudieran inspirar la suya.
Me sentía un poco culpable e insegura de estarlo criando en
un pueblito como éste. En el que ciertamente, se carecen de algunas de las
oportunidades que existen en ciudades más grandes, más civilizadas. En donde,
nosotros en lo personal, nos encontramos lejos de nuestra familia. Un lugar en
el que conocía a poca gente. Un paraíso perdido en donde a diario llegaban
llegan personas de todas partes del mundo a empezar de nuevo. Como un día hace
8 años llegue yo. Tenía cierto temor de verlo crecer en medio de desconocidos.
De gente que tal vez viniera huyendo de un oscuro pasado.
Es un mundo brutal, éste en el que vivimos. Un mundo en el
que se asesina a niños inocentes. Un mundo en el que se cometen atrocidades que
incluso a veces la mente promedio no alcanza a comprender. Y sin embargo, sigue
siendo un lugar extraordinario. Lleno de almas con energías increíbles,
repletas de emociones maravillosas por ofrecer.
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| Nico y sus googles de "Angry Birds" patrocinados por Bibi. El hit de la tarde. (BlackBerry photos, olvidé mi cámara) |
Nico retomó sus entrenamientos de natación ayer por la
tarde. 5 meses en pausa le parecieron millones de años. Cuando vio a su
profesor, corrió y se le abalanzó. Vi como él, su profesor, lo levantaba del
piso y se lo llevaba a los brazos apretándolo fuerte. Y entonces caí en cuenta
que mis oraciones se escucharon.
Hay una comunidad amorosa detrás de mí, ayudándome a educar
a mi hijo. Personas que un día fueron desconocidos y que ahora son un ejemplo e
inspiración para mi hijo. Aquí, en esta puntita del mundo, vine a encontrarme
con alguien que enseñó a nadar a mi hijo en 2 horas. Y más importante aún, que
le enseñó a creer en sí mismo. En creer que él solito puede llegar a la otra
orilla. Y él es tan solo una muestra.
El amor gana. Mi hijo está rodeado del cariño de personas
que no llevan su sangre y que por encima de ello, se han convertido en su
familia. En nuestra familia. Su mundo
está protegido por personas que trabajan todos los días para convertir este
mundo en un lugar mejor. Que se esfuerzan y se sacrifican como nosotros para
construir para sus hijos la mejor niñez. Los mejores recuerdos. Personas que se
echan la mano. Que se apoyan. Como en Boston, desconocidos que se ayudan entre
sí, para reconstruir lo que se ha querido destruir. La confianza, la paz, el
amor.
Ayer por la mañana, vi llegar a la oficina a mi asistente
con la cara desencajada. “Perdimos,
Dulce. Mi país está perdido.” Hace 3 años que salió de Venezuela a buscar
una historia de vida de mejor. La abracé fuerte en silencio, y después le dije
lo que siempre le repito a Nico cuando en la película parece que los villanos
van a vencer. “Los buenos siempre ganan.
Acuérdate. Al final, el amor gana.”

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