jueves, 20 de junio de 2013

Carpe Diem

Ah… vivir el momento. No malgastar el día, la vida. Cuando te conviertes en mamá, es lo único que escuchas. Disfrútalo, crecen volando. Las desveladas son unos cuántos meses, se pasa rapidísimo. Atesóralo mientras te pele.
 
Y entonces así va una, estresadísima por la vida tratando de disfrutar cuando el lindo angelito embarró de caca el edredón recién lavado. Ya sabes, PORQUE HAY QUE DISFRUTARLO. Y cuando se levantó con la luna y no deja de llorar nomás porque sí, CASUAL. En tu desesperación te repites que no debes de renegar por ello y sentirte HARTA hasta las pestañas. ¡¿Por qué cómo?! MALGRADECIDA. El chiquillo berreante va a crecer en el próximo parpadeo y TUNOVIVISTEELMOMENTOALMAXIMOYFELIZ. (Así es, sin espacios y con mayúsculas)
 
Yo me considero una mamá Carpe Diem. En general, trato de vivir y CREAR momentos memorables con mi hijo. De estar presente al 100%. De saborear y empalagarme de su energía, de su inocencia, de su belleza. Porque las advertencias tienen algo de cierto. Efectivamente el tiempo pasa rápido. Tengas o no tengas hijos. Disfrutes o no disfrutes el momento. ¿La vida? La vida pega carrera y no espera a nadie.
 
También por supuesto, hay momentos que no quiero atesorar ni revivir. Muchos. Como la esterilización de sus biberones durante 365 días de mi vida. O el agonizante entrenamiento para ir al baño, que fue más doloroso y largo que un boot camp militar. Entre MUCHOS, muchos otros. Carpe Diem? Carpe Diem mis…
 
Hace poco leí un libro, en el que la autora liberaba a sus lectores del CARPE DIEM. Del a veces, incisivo y ofuscante, Carpe Diem. Decía ella que no es necesario Carpe Diemizar todo el día, todos los días. Que bastaba con tener un par de momentos Carpe Diem en el transcurso del día para que fuera suficiente. Creánme, he tenido días en el que el Carpe Diem ni se aparece. Brilla por su ausencia. El Carpe Diem es faltista, la verdad.
 
¿Pero cuando decide aparecerse? Ah, ese Carpe Diem no repara en gastos de producción. Y entra por la puerta con un espectáculo de primer nivel. Luces y sonido. Pavoneándose con ritmo y soltura. Carpe Diem es una diva.
 
Ayer tuvimos una de ésas tardes. Que se desdoblaron de manera inesperada y sorpresiva. De ésas que sí vale la pena disfrutar. Atesorar. Que malgastar sería un sacrilegio.
 
Tuve la brillante idea de irme al gimnasio a las 4 de la tarde. Por aquello de que mi despertador no pudo contra mi implacable fuerza de voluntad de quedarme dormida en la mañana. Excuso decirles que hoy en la mañana me levanté al primer ring. Lección aprendida: No se debe ir al gimnasio a las 4 de la tarde durante el mes de Junio en este pueblo. A no ser que quieras desfallecer y sufrir miserablemente como yo lo hice ayer. Corría en la caminadora y me repetía: Carpe Diem, Carpe Diem, Carpe Diem. Carpe Diem seguramente andaba en el spa recibiendo un buen masaje mientras yo moría. Gente, no hay Carpe Diem al hacer ejercicio a 37 grados. NO HAY.
 
Pero Carpe Diem estuvo presente durante el entrenamiento de Nico. Siempre lo está.
 
 

 No sólo mientras nada y perfecciona su técnica.

 
 
Está presente en sus carcajadas mientras juega con su profesor. Mientras aprende a nutrir lo que le apasiona.
 
 

 
 Mientras compite contra sí mismo y sale a la superficie con una sonrisa, mirándome a través de sus googles de Angry Bird Bomba.
 

Está presente en tardes como la de ayer. En las que ignoro mi cuerpo tembloroso y sudado y terminando clase, sin pensarlo ofrezco una parada en la playa antes de ir a casa.
 

Carpe Diem está escondida entre esas dos manitas que se daban valor una a la otra antes de entrar al mar revoltoso.
 

Está presente en esa cara de felicidad simplemente por estar ahí, en un miércoles cualquiera.
 

Carpe Diem es mi nerviosismo al verlo irse más y más lejos de la orilla sin más protección que el de su cuerpo y su amor por el agua. Carpe Diem es mi continuo grito “¡Nico, no te vayas tan lejos!”, y la forma en la que mira de reojo y se hace el disimulado pretendiendo que no escuchó.
 

Es la complicidad entre él y Elisa. Y la manera gentil en que tomaba su manita y le decía: “No tengas miedo, te agarras de mi”.
 

Es llegar a casa y ver sus ojitos impacientes pidiendo permiso para seguir la fiesta acuática en la alberca con Leo. Porque dos horas en el agua no han sido suficientes.
 
 

“Carpe Diem. Estoy cansada, sudada, mato por un baño y él quiere seguir chapoteando. Carpe Diem. Porque esto no va a ser siempre. Carpe Diem”.
 

Carpe Diem es él. Simplemente él.

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