La graduación de preprimaria de Nico fue hoy y quisiera
poder ponerme a escribir todo lo que siento en este momento, pero las emociones
todavía se mezclan en mi cabeza y en mi corazón. Respiraré profundo el resto
del día y archivaré en mi memoria cada minuto de esta mañana tan especial. Absorberé
el momento y seguramente mañana con más calma y raciocinio podré narrar a
detalle el maravilloso día que tuvimos.
Por lo pronto, y también con motivo de su graduación, vale
la pena documentar aquí el “Get away graduation party” que tuvieron los niños
durante el fin de semana.
Terminando la competencia, y después de un delicioso
desayuno en compañía de tutia Valeria y Sophie, manejamos directo al hotel
donde nos encontraríamos con el resto de la generación de Nico para pasar el
fin de semana celebrando la culminación de sus estudios preescolares. Un fin de
semana planeado con muchos meses de anticipación y que por fin se convertía en
realidad.
Fue durante este festín de momentos, que Nico tuvo el
accidente con sus dientes. Y durante los últimos dos días me he atormentado por
no haber evitado que sucediera. El diagnóstico: Por lo menos tres o cuatro
meses con una férula permanente en sus dientitos, para volver a acomodarlos en
su lugar y evitar que se caigan antes de tiempo.
Mientras la dentista hacía los procedimientos con Nico y lo
veía acostadito bajo su reflector, no podía evitar culparme por lo que estaba
sucediendo. Me sentí irresponsable y arrepentida de haber ido el fin de semana
al hotel. Y desee estar yo en su lugar y ser yo la que necesitara arreglos. No
él y sus dientitos perfectos.
El lunes fue uno de esos días en los que la parte
sobreprotectora de mi instinto materno salió a flote y quise poder tener una
burbuja impenetrable donde meter a Nico por el resto de su vida. Me sentí
enojada y deprimida por no haber podido evitarle el golpe, el sufrimiento y las
inconvenientes consecuencias. Tuve unas ganas endemoniadas de encerrarme en mi
casa con él y no salir nunca más. Protegerlo del mundo y sus riesgos a toda
costa.
Al día siguiente un poco más tranquila, bajé las fotos del
fin de semana a mi computadora y empecé a verlas.
Una tras otra, risas y alegría.
Y a pesar de la comida incomible y de dudosa procedencia,
las albercas atiborradas de gente cuan Acapulco en pleno Julio, el calor, el
cansancio y toda posible incomodidad; el sábado fue un día inolvidable.
De esos que alimentan al lobo y lo dejan satisfecho. Y en
este caso, que también lo dejan agotado y bien bronceado.
Los niños jugaron, chapotearon, brincaron y se deslizaron
por el tobogán por horas y horas.
Recibieron su gorra y su playera del recuerdo.
Tuvieron una noche cinema, tirados en sillones y
compartiendo palomitas.
Los adultos perdimos un poco más las formalidades y nos
conectamos todavía más que los últimos meses.
Fue entonces cuando comprendí que mis desvaríos de tener a
Nico en una burbuja no son más que esos, desvaríos. Intentos desesperados por
evitar que se lastime. Reacción normal y comprensible en cualquier mamá.
Y aunque quisiera regresar el tiempo y evitar su golpe,
entiendo que este fue uno de muchos trancazos en el camino. Que Alejandro Sanz
tiene razón cuando dice que “Vivir es lo más peligroso que tiene la vida”.
Pero también lo más divertido.
Lo más maravilloso y lo único que vale la pena.
Sé que en unos meses, el episodio de sus dientes quedará
atrás y en el olvido para él. A decir verdad, creo que ya se le ha olvidado.
¿Pero esto?


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