jueves, 27 de junio de 2013

Vivir es peligroso

La graduación de preprimaria de Nico fue hoy y quisiera poder ponerme a escribir todo lo que siento en este momento, pero las emociones todavía se mezclan en mi cabeza y en mi corazón. Respiraré profundo el resto del día y archivaré en mi memoria cada minuto de esta mañana tan especial. Absorberé el momento y seguramente mañana con más calma y raciocinio podré narrar a detalle el maravilloso día que tuvimos.
 
Por lo pronto, y también con motivo de su graduación, vale la pena documentar aquí el “Get away graduation party” que tuvieron los niños durante el fin de semana.
 
Terminando la competencia, y después de un delicioso desayuno en compañía de tutia Valeria y Sophie, manejamos directo al hotel donde nos encontraríamos con el resto de la generación de Nico para pasar el fin de semana celebrando la culminación de sus estudios preescolares. Un fin de semana planeado con muchos meses de anticipación y que por fin se convertía en realidad.
 
Fue durante este festín de momentos, que Nico tuvo el accidente con sus dientes. Y durante los últimos dos días me he atormentado por no haber evitado que sucediera. El diagnóstico: Por lo menos tres o cuatro meses con una férula permanente en sus dientitos, para volver a acomodarlos en su lugar y evitar que se caigan antes de tiempo.
 
Mientras la dentista hacía los procedimientos con Nico y lo veía acostadito bajo su reflector, no podía evitar culparme por lo que estaba sucediendo. Me sentí irresponsable y arrepentida de haber ido el fin de semana al hotel. Y desee estar yo en su lugar y ser yo la que necesitara arreglos. No él y sus dientitos perfectos.
 

El lunes fue uno de esos días en los que la parte sobreprotectora de mi instinto materno salió a flote y quise poder tener una burbuja impenetrable donde meter a Nico por el resto de su vida. Me sentí enojada y deprimida por no haber podido evitarle el golpe, el sufrimiento y las inconvenientes consecuencias. Tuve unas ganas endemoniadas de encerrarme en mi casa con él y no salir nunca más. Protegerlo del mundo y sus riesgos a toda costa.
 
Al día siguiente un poco más tranquila, bajé las fotos del fin de semana a mi computadora y empecé a verlas.
 

Una tras otra, risas y alegría.
 

Y a pesar de la comida incomible y de dudosa procedencia, las albercas atiborradas de gente cuan Acapulco en pleno Julio, el calor, el cansancio y toda posible incomodidad; el sábado fue un día inolvidable.
 

De esos que alimentan al lobo y lo dejan satisfecho. Y en este caso, que también lo dejan agotado y bien bronceado.
 

Los niños jugaron, chapotearon, brincaron y se deslizaron por el tobogán por horas y horas.
 

Recibieron su gorra y su playera del recuerdo.
 
 

Tuvieron una noche cinema, tirados en sillones y compartiendo palomitas.
 
 

Los adultos perdimos un poco más las formalidades y nos conectamos todavía más que los últimos meses.
 

Fue entonces cuando comprendí que mis desvaríos de tener a Nico en una burbuja no son más que esos, desvaríos. Intentos desesperados por evitar que se lastime. Reacción normal y comprensible en cualquier mamá.
 

Y aunque quisiera regresar el tiempo y evitar su golpe, entiendo que este fue uno de muchos trancazos en el camino. Que Alejandro Sanz tiene razón cuando dice que “Vivir es lo más peligroso que tiene la vida”.
 

Pero también lo más divertido.
 

Lo más maravilloso y lo único que vale la pena.
 

Sé que en unos meses, el episodio de sus dientes quedará atrás y en el olvido para él. A decir verdad, creo que ya se le ha olvidado. ¿Pero esto?
 
 
 

Esto difícilmente se le olvidará rápido.
 

Son niños privilegiados. Y me alegra que mi hijo forme parte del privilegio. Del privilegio de disfrutar, de jugar con sus amigos, de casi romperse los dientes y tenerlos enteros para contarlo. De vivir al máximo… aunque sea sumamente peligroso.


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