El sábado cumplí 29 años, y mi casa se convirtió en un recinto carnavalero. El objetivo de la fiesta, fue celebrar a las 3. Pero en realidad, la fiesta fue planeada para celebrar a mi mamá.
Tardamos toda una mañana en decorar, pero valió la pena. El techo se cubrió de dorado, verde y morado. Las mascaraas estaban listas, la rockola encendida y las ganas de festejar con familia y amigos siempre presentes.



Poco a poco, a partir de las 6 de la tarde, la casa se fue llenando de personas especiales. De amigos incondicionales, de esos que verdaderamente están ahí en las buenas y en las malas... y en los carnavales.
Los 90's nos invadieron a través de los no actualizados discos de la rockola, lo que transporto a la mayoría de los presentes a sus años mosos. Los flashes de las cámaras se disparaban por todos lados, y felices posamos con nuestras coloridas máscaras para el recuerdo.
Chicos y grandes nos divertimos, nos reímos y disfrutamos de la mutua compañía. Llegó la hora del brindis. Y yo, decidí levantar mi copa y brindar por mi hermosa mamita. Pues la noche del sábado, cumplí un sueño que me rondaba la cabeza desde hace un buen tiempo... Por fin, pude -con ayuda de mi hermana- organizar una fiesta para ella. Como una de tantas, que ella organizó para mi. SALUD por eso! (Con Martinelli's, no con Dom Perignon)
La noche estuvo llena de momentos especiales, apagar las velitas fue uno de ellos. Es increíble la magia que puede llegar a sentirse en una habitación, cuando un grupo de personas, cantan a coro y desde el corazón "Las Mañanitas". Las velas encendidas, una sonrisa gigante en los labios, 3 pasteles de 3 diferentes sabores y tres mujeres que se aman entre si, fueron el marco perfecto para esta bella tradición de cumpleaños.
Y esa noche, no pedí ningún deseo al apagar mis velas. Pues voltee a mi alrededor, y vi, que todo lo que podría desear, lo tenia conmigo en ese momento. A mi familia reunida y a mis amigos cantando con alegría y haciéndome sentir especial. Mi deseo fue cumplido, antes de apagar esas velitas.
Siguieron las poses, las mascaras, las carcajadas y la música por un largo rato. Poco a poco, los presentes se fueron despidiendo y al final de la noche sólo quedamos algunos cuantos. Llego la hora de afinar gargantas... He de decir, cantamos como verdaderos ángeles.
Solistas, duetos, cuartetos y mucha, mucha diversión. Mucho amor, mucha alegría, muchas desafinaciones.
Fui feliz. Canteee, bailee, me reí, brindé, abracé y fui abrazada. Me divertí como hacía mucho no lo hacia.

Gracias queridos amigos por acompañarnos. Tienen la maravillosa habilidad de convertir simples noches, en noches inolvidables. Empiezo el último año de mi segunda década de vida feliz, recargada, agradecida y renovada.
Mi cabeza ya empieza a planear la próxima celebración. Me es imposible no pensar en ello... vivo por este tipo de momentos!
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