Cuando eramos chiquitos, recuerdo que esperaba con emoción los días de verano. Verano en Mazatlán = 40 grados con humedad del 200%.
Y no, no es que yo fuera masoquista, tengo una explicación bastante convincente para ilustrar tal emoción. Resulta que cuando llegaba el verano, llegaba también la hora de prender el aire acondicionado. Y como se trataba de ahorrar y bajarle ceros a la cuenta de la electricidad, la estrategia a seguir era la siguiente: dormir todos en la misma recámara.
Mi recámara -nuestra, de mi hermana y mía- es bastante amplia. Por lo que era la sede durante los veranos, en donde recibíamos el colchón de mi mamá; mismo en donde dormían ella y mi hermanito. El día que empujábamos el colchón por la puerta de mi recámara, es uno de los recuerdos más felices que tengo de mi infancia.
Estoy segura que todo era un caos, que la recámara siempre se veía desordenada con un colchón tirado por varios meses, que sudaba de manera ininterrumpida y que el calor sofocante y húmedo de la ciudad mantenía con los nervios de punta a mi madre; pero esa parte no la recuerdo. Solo recuerdo esa sensación de completa seguridad y comodidad de dormir todos juntos. Recuerdo la diversión que representaba el poder brincar de mi cama al colchón todas las tardes, y la satisfacción de escuchar cada noche los cuentos inventados que mi mamá le contaba a mi hermano.
Estoy segura, que algo parecido le sucederá a Nico cuando sea grande. Y seamos realistas, no todas nuestras aventuras son perfectas... corrijo, NINGUNA de nuestras aventuras son perfectas. Pero dudo que cuando sea grande, recuerde que durante nuestra caminata por Chipinque lloró al picarse con una espina de una planta salvaje. Más bien, segura estoy que recordará esto:
Y esto:
Y esto:
No creo que recuerde que ayer, durante nuestro rato juntos sembrado árboles, se cayó del columpio y se raspó la rodilla. Mas bien, creo que recordara como se divirtió en los columpios y lo padrísimo que se veía su curita de Cars en su rodilla mientras se refrescaba con sus amigos.
Estoy verdaderamente muerta de cansancio. Salir de viaje, siempre implica estres antes y despues. Pero aun así, hice espacio para ayer llevarlo de compras a Costco conmigo; porque para Nico, Costco es algo así como Disneylandia. Y se que no recordará mi regaño por haber derramado el jugo en el asiento de atrás, pero si se va a acordar de como corrimos divertidamente para llegar al baño antes de que sucediera un accidente a media tienda. Y también, que después de las compras, se divirtió y cenó unos taquitos de arrachera en compañía de su querida Sophie.
Hoy, caí en la conclusión que los recuerdos perfectos de nuestra infancia son perfectos sólo para el niño que llevamos dentro, y eso es lo más importante. Pues yo no recuerdo si la envoltura de mis regalos de Navidad estaba bien restiradita, o si tenia un moño bonito. Yo solo recuerdo que eran millones! (cuando seguramente eran tres o cuatro) y que estaban llenos de colores y que la sensación de romper el papel de regalo era sólo el principio de una emoción que no se paga ni con todo el oro del mundo.
Así que seguiré construyendo recuerdos para Nico. Y dejaré de preocuparme si nuestras aventuras no salen al pie de letra o sin desperfectos. Finalmente, en su extraordinaria mente de niño, esas imperfecciones no existen. Y los recuerdos que quedarán en su mente, serán recuerdos perfectos.
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