La boda
estuvo a.b.u.r.r.i.d.i.s.i.m.a.
Claramente, no nos divertimos.
Después de
este sábado, llegue a la inteligente conclusión, que eventos como éste, solo
puedo soportarlos una vez al año.
Todavía me
duelen las piernas de tanto bailar en zapatillas de tacón #12. Gracias a las
cuales, casi sufro una caída atroz en medio de la pista de baile. Que pese a
que mi compadre divulgue lo contrario, fue meramente por efectos de la
combinación del piso mojado y mi torpeza con los zancos. He aquí uno de los
muchos simulacros aclamados por el público, después de mi casi caída. De la que
fui rescatada por mi príncipe azul.
La aventura
empezó temprano en casa de Flor, que se convirtió en salón de belleza, para
transformarnos y por una vez al año; sacar a relucir el glamour que llevamos
por dentro.
Como
siempre, las prisas e inconformidades nunca faltan (mi vestido incómodo que más
bien parecía blusa, el copete quemado de la comadre, el mal de orín de Nico,
etc). Llegamos casi 20 minutos tarde a la ceremonia religiosa, pero a tiempo
para ver a nuestro amigo y a su compañera de vida darse el sí definitivo en el altar.
Fuera de
los protocolos, lo que más me gusta de las bodas, es la vibra de la que viene cargada
la comitiva. Dicen bien, que la boda es únicamente la bienvenida al matrimonio;
y que al apagarse la música y las luces, empieza la realidad. Pero ver a tanta
gente reunida, celebrando a dos personas, siendo testigos de un nuevo plan de
vida en común; por cursi se que pueda escuchar, es inspirador.
Todos
coincidimos. Gloria se veía espectacular. Las novias tienen un brillo especial.
Los flashes
se estrellaban por todos lados. Todo el mundo quería capturar recuerdos del
momento. Cada quien con los suyos, bien perfumados, maquillados y producidos.
Así que
mientras los novios tenían su sesión de fotos en la playa; nosotros nos
aseguramos de hacer nuestra propia sesión. Y antes de que el whisky terminara
por transformarnos, sí de guapos nos veíamos todos.
El reloj
indicaba la hora para mandar a Nico a casa. Tengo esta política, que se basa en
un principio sencillo: frente a mi hijo, no tomo. Es decir, no maratónicamente.
Asi que una vez tomadas las fotos obligatorias para el recuerdo, besé la frente
de mi hijo y la fiesta me empezó por dentro.
Llegó la
hora del vals. Y no pude evitar recordar el mío. Y me pregunté si ellos también
estarían diciéndose cosas como: ‘estoy
sudando como puerco’, ‘ya se me congeló la sonrisa’, ‘huelo a chivo correteado’,
entre otros; mientras sonreían románticamente y los invitados pensaban que se
decían las palabras más bonitas y cursis que puedan existir.
Creo que a
partir de los fuegos artificiales (que es imposible que no emocionen a
cualquiera), no paree de reír y de bailar, por el resto de la noche.
Mi comadre
fue la dealer del ramo, y alcanzó a estirarse lo suficiente, para que se lo
ganara mi hermana.
Los tragos
iban y venían, y con ellos las carcajadas, los bailes chuscos y las
conclusiones profundas a las que solo una buena borrachera te puede llevar.
Nada mejor
que una noche entre tus amigos más queridos para sentirse revitalizado. De
espíritu, por supuesto. Porque físicamente, el alcohol pasa su factura. Si no,
pregúntenle a mi querido esposo.
Esta es mi
foto favorita de todas. Si ustedes conocieran las historias que guardan estos
tres juntos, también seria la suya.
Hoy ya es miércoles,
y nos seguimos recuperando. De la cruda, de las amargas despedidas, del trabajo
acumulado, del cansancio de tres semanas de visitas diferentes, aclimatándonos al
verano de 33 grados que llegó anticipado y sin avisar; combinando la rutina con
la excitación de albergar en nuestra casa a gente especial para nosotros. Ha
sido un mes intenso, por muchas razones. Un mes feliz, si. Con delfines, con el amor de mi mamá, con la energía de mis compadres. Con sus bajones también, pero
ahorita, estamos viviendo ocupados, de prisa. Ya habrá tiempo para recuperar la
calma y el silencio habitual en nuestras vidas. Pero no durante los próximos días.
Nos estamos preparando para otra visita especial, la última del mes; la última
en algún tiempo.
Por lo
pronto, que vivan los novios!
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